sábado, 6 de abril de 2013

LISTADO DE OFICIALES, SUBOFICIALES y SOLDADOS DE LA CIA. MANTENIMIENTO


CENTRO DE INSTRUCCIÓN LOGÍSTICO "GENERAL LEMOS"

Ca. MANTENIMIENTO

ORGANIZACIÓN DEL PERSONAL DE LA EXPRESADA

POR DESTINO PARA LA

EDUCACIÓN, ORDEN INTERNO E INSTRUCCIÓN


GRUPO COMANDO DE COMPAÑÍA

Cap. D. SERGIO JUAN SANCHEZ Jefe de Ca.
Tte.1º D. JORGE ARTURO DE VICIEN Oficial Instructor
Subof. Pr. LUIS MARIA PANIAGUA Enc. Ca.
Sgt. Ay. INOLFO ELPIDIO GODOY Enc. Depósito Intendencia
Sgy. Ay. JACINTO TIMOTEO SALINAS Enc. Sala de Armas
Sgt. ALDO ARISTÓBULO ROMERO Enc. Comedor de Tropa

1.S/C. 42 CORDERO, Jorge Raúl  - (Falleció en Mar del Plata en Septiembre de 2014)
2. S/C. 42 CASEY, Jorge Raúl -  (Falleció en Venado Tuerto el  08/02/2014)
3. S/C. 42 CEBALLOS, Jorge -  (Falleció en Martínez, Prov. de Bs.As.)
4. S/C. 42 DIAZ, Marcelino
5. S/C. 42 JOSEFF, Alfredo
6. S/C. 42 RAMOS, Víctor
7. S/C. 42 VITALI, Juan Carlos (Reside en la ciudad de Casilda, Sta.Fe)
8. S/C. 42 WALLACE, José (Reside en la ciudad de Venado Tuerto Sta.Fe)
9. S/C. 42 ZORUBA, Sergio (Reside en Canadá)

SECCIÓN INTENDENCIA

GRUPO COMANDO

Subof. Pr. JOSE EDUARDO CASTRO

1. S/C. 42 BARBARESCHI, Enrique   (Falleció en Venado Tuerto)
2. S/C. 42 QUINTEROS, Ernesto

RANCHO DE TROPA
EQUIPO Nº 1

Sgt. 1º Coc. ANTONIO GUTIÉRREZ

1. S/C. 42 CESSANO, Domingo
2. S/C. 42 FALLONI, Rubén
3. S/C. 42 GAITAN, Juan
4. S/C. 42 GASTALDO, Raúl (Sold. Carnicero)
5. S/C. 42 PAVAN, Eugenio   (Falleció en Córdoba)
6. S/C. 42 PELLEGRINO, Oscar
7. S/C. 42 VILLEGAS, Víctor

EQUIPO Nº 2

Cabo Coc. BAUTISTA DONDO

1. S/C. 42 AUDICIO, Luis
2. S/C. 42 MARCHISSO, Tomás
3. S/C. 42 MONZON, Alberto
4. S/C. 42 OCHOA, Juan
5. S/C. 42 ROSAROLI, Rolando
6. S/C. 42 TROILO, Antonio (Sold. Carnicero)
7. S/C. 42 VICENTE, Omar

GRUPO PANADERIA

Sgt.Ay. Pan. JUAN BRAVO
Sgt. Pan. JUAN HERNÁNDEZ

1. S/C. 42 BANEGAS, Aldo
2. S/C. 42 FLORIT, Miguel
3. S/C. 42 GONZALEZ, Juan
4. S/C. 42 LAGOS, Juan
5. S/C. 42 LEDESMA, Rolando
6. S/C. 42 MEDINA, Pedro
7. S/C. 42 MOLINA, Ezequiel
8. S/C. 42 SALINAS, Cesáreo
9. S/C. 42 SCARAMELLA, Juan Carlos
10. S/C. 42 SORIA, Germán

DEPÓSITO DE CANJE

Subof. Pr. JUAN JOSÉ GIONTO
Sgt. 1º ADOLFO GALILEA

1. S/C. 42 CARDOZO, Ambrosio
2. S/C. 42 LOMBARDO, Omar (Comisión Cpo. Cdo. 1º Ej.)

TALLER DE SASTRERÍA

Cabo 1º Sastre MANUEL MERCADO
Cabo.1º Sastre HUGO CALIZAYA
Cabo Sastre JORGE VILLARREAL

1. S/C. 42 PADILLA, José Daniel   (Falleció en Buenos Aires)
2. S/C. 42 VERÓN, Luján   (Falleció)

TALLER DE ZAPATERIA

Subof. Pr. Zap. PEDRO LEONI
Sgt. Ay. Zap. JOSÉ ADOLFO HORNAK

1. S/C. 42 BOGGINI, Adolfo (Falleción en Banfield –BsAs- el 26/05/2015)
2. S/C. 42 RIVAROLA, Víctor

SECCIÓN MATERIAL

Subof.Pr.Mec.Arm. MARTÍN DÍAZ
Sgt.Ay.Mec.Expl. OSVALDO PARRONDO
Sgt.Ay.Mec.Arm. ALBERTO ZBORIL
Sgt.Ay.Carp. MIGUEL OWENZARI
Sgt.Ay. Tal. ROSARIO CANZONIERI

1. S/C. 42 ALTAMIRANO, Oscar
2. S/C. 42 BARATTI, Néstor
3. S/C. 42 BODINI, José
4. S/C. 42 CARDINALE, Ricardo (Falleció en Firmat, Sta.Fe)
5. S/C. 42 CÓDEGA, Roberto
6. S/C. 42 DOCE, Carlos
7. S/C. 42 FENOGLIO, Esmer
8. S/C. 42 GRIFFHITS, Héctor
9. S/C. 42 KRAMER, Ernesto
10. S/C. 42 MARTÍNEZ, Eduardo
11. S/C. 42 MARTINI, Héctor
12. S/C. 42 QUIROGA, Armando
13. S/C. 42 TATO, Daniel
14. S/C. 42 VELÁZQUEZ, Oscar Alcides

SECCIÓN TRACCIÓN MECÁNICA

Subof. Pr. Mec.Mot. HORACIO BARRANDEGUY
Subof. Pr. Mec.Mot. JOSÉ ANTONIO TORNI
Sgt.Ay.Cond.Mot. NICOLÁS CORZO
Sgt.Ay.Mec.Mot. OBDULIO ÁVILA
Sgt.Ay.Cond.Mot. ANTONIO ALLEGRETTI
Sgt.Ay.Cond.Mot. HORACIO LÓPEZ
Sgt.Mec.Mot. ALFREDO DE NEGRIS

1. S/C. 42 BOZICOVICH, Constante  (Falleció en Arequito, SFe, el 25 de abril de 2013)
2. S/C. 42 CAMPOS, Florencio
3. S/C. 42 CASADEY, Modesto  (Falleció en La Plata en el año 2005)
4. S/C. 42 CORNACHIOLI, Pablo (Comisión Taller Mantenimiento)
5. S/C. 42 CRISOL, Félix Ángel
6. S/C. 42 D'ONOFRIO, Ángel
7. S/C. 42 DEBIASI, Arturo
8. S/C. 42 DEGREGORIO, Pascual
9. S/C. 42 DELBORGO, Pedro (Falleció en la ciudad de Río Cuarto, Cba.)
10. S/C. 42 DELFIOL, Juan
11. S/C. 42 DI PASCUALE, Juan
12. S/C. 42 DIAZ, Raúl
13. S/C. 42 DIGUARDI, Albino Armando
14. S/C. 42 DIVANO, Juan Carlos (Chofer del Coronel Babini)
15. S/C. 42 ESCUDERO, Norberto
16. S/C. 42 ESPINOSA, Nicolás  (Falleció en Armstrong, Sta.Fe)
17. S/C. 42 FERRARI, Enrique
18. S/C. 42 GARRO, Alberto
19. S/C. 42 GRAVINO, Enrique (Chofer del Coronel Babini)
20. S/C. 42 KLEER, Agustín
21. S/C. 42 LANDRO, Alfredo (Asistente del Director del Centro)
22. S/C. 42 LEALI, Carlos (Falleció en Venado Tuerto en 2015)
23. S/C. 42 MARTINI, Juan Carlos
24. S/C. 42 MAURO, Antonio
25. S/C. 42 MERLINI, Héctor
26. S/C. 42 MOCOSKY, Ernesto
27. S/C. 42 PACE, Antonio (Falleció en Máximo Paz)
28. S/C. 42 PALAVECINO, Benjamín
29. S/C. 42 PIZARRO, Héctor Víctor (Chofer del  Director del Centro)
30. S/C. 42 PONSONE, Rogelio (Falleció)
31. S/C. 42 RICHARD, Ernesto (Falleció en Buenos Aires)
32. S/C. 42 ROVERA, Miguel
33. S/C. 42 SOTERAS, Oscar
34. S/C. 42 SPESSOT, Rubén (Reside en Ramallo, Santa Fe)
35. S/C. 42 STALAR, Juan
36. S/C. 42 STEFANINI, Delfor
37. S/C. 42 UVINI, Enrique
38. S/C. 42 VIEYTES, Norberto (Chofer del Coronel López)
39. S/C. 42 VILLARROYA, Jesús
40. S/C. 42 ZÁRATE, Roberto


SECCIÓN MANTENIMIENTO E INSTALACIONES

Subof. My. JOSÉ RAMÓN CAMUSSO
Sgt.Ay. CONSTANTINO CORONA
Sgt.Ay. FÉLIX DEL CASTELLO

1. S/C. 42 AGUETTI, Luis
2. S/C. 42 ALADINO, José
3. S/C. 42 ALONZO, Héctor
4. S/C. 42 ARNAUDO, Bartolo
5. S/C. 42 BARROZO, Miguel
6. S/C. 42 BERARDO, Julio
7. S/C. 42 BERNARDI, Juan
8. S/C. 42 CAPELARI, Eraldo (Falleció en Córdoba)
9. S/C. 42 CECCONI, Nelsi
10. S/C. 42 CERULLO, Juan Carlos
11. S/C. 42 CERUTTI, José
12. S/C. 42 CHAINA, Roberto
13. S/C. 42 CISMONDI, Víctor
14. S/C. 42 CORAPI, Martín (Falleció año 2011 en San Lorenzo)
15. S/C. 42 COSIO, Eduardo
16. S/C. 42 EYHERABIDE, Jorge
17. S/C. 42 FLORES, Ramón
18. S/C. 42 GALLIZIO, Juan Eduardo
19. S/C. 42 GARIZ, Víctor
20. S/C. 42 GENOVES, Ricardo
21. S/C. 42 GIANTOMASI, Alberto
22. S/C. 42 GOMEZ, Julio
23. S/C. 42 GUESELEVICH, Carlos
24. S/C. 42 JUAREZ, Hugo Rosa
25. S/C. 42 LACOMBE, Oscar
26. S/C. 42 MARTINEZ, Andrés
27. S/C. 42 MARTINEZ, Miguel Ángel
28. S/C. 42 MARTINEZ, Osvaldo
29. S/C. 42 MERCADO, Santiago
30. S/C. 42 MIGLIORINI, Eduardo
31. S/C. 42 MOREDA, Antonio
32. S/C. 42 PUSETTO, Dante
33. S/C. 42 RÍOS, Ernesto
34. S/C. 42 RODRIGUEZ, Osvaldo
35. S/C. 42 RUIZ, Tomás Evaristo
36. S/C. 42 SEGURA, Francisco
37. S/C. 42 STECK, Victorio

SECCIÓN VETERINARIA

Subof. Pr. UMBERTO BARONE
Sgt. Ay. GUILLERMO JACOBO VAN DER GROEF

1. S/C. 42 AIZCORBE, Ramón
2. S/C. 42 CECCALONI, Juan
3. S/C. 42 CENTANI, Luis
4. S/C. 42 FERNANDEZ, Osvaldo
5. S/C. 42 FERREYRA, Norberto
6. S/C. 42 MASI, Guillermo

SECCIÓN SANIDAD

Tte.1º D. EDUARDO MARCOS MAMMERCHTEIN
Sgt. 1º MIGUEL IGNACIO LANGONE
Sgt. 1º Prep.Farm. GERMAN GARAY
Cabo 1º Prep.Farm. HUGO TEJERINA
Cabo Prep.Lab. JORGE RAMÓN GONZÁLEZ
Sgt. Odont. RAFAEL MOSCATO
Sgt.Ay.Enf.Grl. MARIO CARELLA
Subof. Pr. (R.A.) MANUEL ALBA
Cabo Enf. Grl. HIPÓLITO GUZMÁN

1. S/C. 42 AMALFITANI, Miguel - (Falleció)
2. S/C. 42 BAROTTO, Américo
3. S/C. 42 CHIDERSKY, José
4. S/C. 42 CONTI, José María
5. S/C. 42 CONTRERAS, Héctor
6. S/C. 42 DOBARRO, Héctor
7. S/C. 42 GOLDSMAN, Abel
8. S/C. 42 LÓPEZ, Alfredo Jorge
9. S/C. 42 LUCIANI, Miguel
10. S/C. 42 MARTINEZ DERITA
11. S/C. 42 PEREZ, Manuel
12. S/C. 42 PIERRARD, Carlos
13. S/C. 42 RIVERO, Jorge
14. S/C. 42 SUAREZ, Enrique

CAMPO DE MAYO, 15 de noviembre de 1963.-

Nota: El listado de los soldados ha sido redactado por orden alfabético.






Sgt.1º Adolfo Galilea
Sgt.Ay.. Ay. Felix Del Castello



Tte.1º D. Jorge Arturo De Vicien
en su NSU Prince 


RECUERDOS DE LA COLIMBA
Instituto de Instrucción Logística "Grl. Lemos" Campo de Mayo
Por Ex Soldado clase 1942
José B. Wallace



Las dos primeras semanas

Hacía más de una semana que estábamos incorporados y todavía teníamos la ropa civil. Mi pantalón se había roto al engancharse en el alambrado del ferrocarril cuando esperábamos la llegada del tren y estábamos sentados a la vera de las vías. Uno de mis hermanos que vivía en Rosario fue hasta la estación a despedirme. Cuando le comenté que se me había roto el pantalón, se fue hasta una farmacia y me trajo una caja de “curitas” con las que emparché el pantalón del lado interior, de manera que, vuelto al derecho había quedado como una costura. Con ese parche anduve hasta la primera salida, creo que fue a los 15 días de nuestra incorporación. Recuerdo que al atardecer estábamos de descanso recostados sobre la gramilla bajo los árboles y Ramón “el turco” Rodríguez de Venado Tuerto me dice: “Wallace, qué dirían nuestras amistades si nos vieran en este estado”. Sin afeitarnos ni bañarnos, siempre con la misma ropa, parecíamos pordioseros. Dos o tres días después nos permitieron bañar y afeitar (ni decir lo que eran esas hojas de afeitar, “Legión Extranjera” dorada, no cortaban ni el agua,) y nos entregaron unos pantaloncitos (shorts) verdoso claro que ajustábamos con un cordón y que parecían para tipos de 120 kilos. A mí me sobraba por todos lados. Íbamos a trabajar a la oficina, a cortar yuyos y a hacer ejercicios nada más que con el short y alpargatas. En ese tiempo yo estaba en Destinos, donde trabajé en la oficina de Intendencia y estaba a cargo, junto que otros soldados, del depósito de comestibles. Antes que me transfirieran a la compañía Mantenimiento, compartí alrededor de dos meses con Osvaldo Saraceni, un muchacho de Diego de Alvear que trabajaba en la Cooperativa Agropecuaria del pueblo. Nuestro jefe directo era el Cabo 1º de Intendencia Ramón Antonio Morales, un muchacho con buena onda y muy capaz. En Intendencia había muchos subtenientes, que eran de nuestra edad, y si bien había respeto, no andaban con tanta rigurosidad disciplinaria con eso de llamar atención, pararse, ponerse firmes, saludar cuando entraba o nos cruzábamos con algún superior. La mayoría de los muchachos eran cordobeses y el clima que se vivía era de otro mundo, muy distinto al que teníamos que soportar cuando nos poníamos bajo las órdenes de los oficiales y/o suboficiales de infantería, que siempre andaban a los gritos y dando órdenes con agresividad y prepotencia, en muchos casos con palabras ofensivas, que es lo que más nos dolía. A mi criterio el superior debe dar órdenes concretas y con firmeza para mantener la disciplina, pero con respeto hacia el subordinarlo, algo que brillaba por su ausencia, especialmente cuando las impartían personas de bajo nivel educativo, que los había y en abundancia.

Siempre traté de contactarme con Saraceni dado que, como dije antes, compartimos uno o dos meses juntos, pero nunca dí con él hasta que me encontré con el portero del edificio donde vive uno de mis hijos en Buenos Aires que resultó ser de Diego de Alvear. Este señor Jorge Arias, me dijo que lo conocía a Saraceni y que estaba trabajando en la Provincia de La Pampa administrando una estancia, pero que se había enterado que estaba jubilado y tenía la intención de volver a radicarse en el pueblo. El 23 de abril de 2011 lo busqué por Facebook, y dí con él. Efectivamente, se jubiló pero todavía continúa trabajando en La Pampa y cada tanto se hace una escapada al pueblo. Quedamos en encontrarnos en algún momento cuando viaje a los pagos de Diego de Alvear. 

Tabla y Madera– Hay un dicho que dice “Dios los cría y ellos se juntan”. En este caso se juntaron dos apellidos sinónimos: Tabla y Madera. El primero era un recluta de la Clase’42 y el segundo un soldado de dos o tres clases anteriores que estaba castigado por desertor. No recuerdo qué destino tuvo Tabla, pero Madera (que era homosexual declarado) deambulaba por todo el cuartel cuando lo dejaban salir para que tomara aire. ¡Era increíble cómo se calentaban los colimbas cuando se cruzaban con este tipo! Algunos lo cargaban y le hacían bromas, pero ninguno lo rechazaba; todos querían estar con él. Donde había un grupo de soldados excitados y a las risotadas, seguro que en el medio estaba Madera que contaba sobre sus preferencias sexuales. 

Siempre se tuvo como cierto que las personas homosexuales eran exceptuadas del servicio militar. Una invención que nunca tuvo sustento. ¿Quién podría descubrir que un muchacho de 20 años era homosexual? Por otra parte (y más aún en aquellos años) ¿quién se iba a declarar homosexual? 

En la Escuela Lemos, entre los oficiales, suboficiales y soldados había homosexuales. Si bien no se declaraban abiertamente, buscaban relacionarse entre sí. Algunos fueron descubiertos in fraganti, pero nunca se llegó al escándalo. Recuerdo que había un flaco de la clase 41 en la compañía “Abastecimiento y Transporte” que se jactaba de haberse penetrado a un pato que andaba dando vueltas por el parque durante una noche de joda en la que participó con algunos suboficiales. Fue él quien nos marcó entonces quienes eran marcha atrás. Claro, nosotros recién entrábamos y nadie creyó lo que el flaco decía y mucho menos registramos los nombres ni le prestamos atención a sus comentarios. Éramos nuevitos y teníamos otras cosas de qué ocuparnos. 

En nuestra compañía hubo un caso comprobado. Se trataba de un chico de Buenos Aires, cuyo nombre mantendré en reserva. Según su propia versión, cometía actos de indisciplina para que lo encerraran en el calabozo así podía tener relaciones íntimas con los presos. Una noche, ya cumplido su arresto, estuvo con nosotros en el detall y charlamos largo y tendido sobre el tema. Tal vez alguno de los otros furrieles recuerde algo más de lo que conversamos. Como acababa de salir del calabozo, tenía la cabeza totalmente rapada (propio de un preso) y se había sacado una foto para recordar su paso por el calabozo. Era un chico de baja estatura, piel morena (casi negra), nariz chata y ojos claros muy grandes. Diríamos que no era un tipo de pinta. Todo lo contrario. Cuando le preguntamos cuándo había comenzado a sentir inclinación por los hombres, nos dijo que a su ingreso al cuartel nunca se le había ocurrido tener este tipo de relaciones. “Siempre me gustaron las minas, -aclaró- pero cuando comenzamos a ir a las duchas desnudos y ver esas pijas grandes y dormidas, empecé a hacerme el bocho pensando cómo pararlas…Y me comenzaron a gustar” Confesó con total normalidad, sin avergonzarse. Recuerdo que nos marcó a aquellos que la tenían larga y se sonreía mirando de reojo cuando nombraba a los que la tenían corta. Nosotros festejamos sus comentarios y lo tomamos en broma, pero él lo hacía con mucha seriedad. Curiosamente, a pesar de nuestra insistencia, jamás reveló el nombre del soldado con el que tuvo su primera relación. 

El Polígono

El 2 de abril de 1963 después del mate cocido nos ordenaron cargar nuestros bártulos (jarro, plato, cubiertos, servilleta) y partir rumbo al polígono. A medida que avanzábamos por Campo de Mayo, observábamos los distintos cuarteles que compone todo el complejo militar. Llegando al polígono, nos encontramos con el acantonamiento de otras unidades militares que estaban de maniobras. Era algo impresionante ver la cantidad de carpas y soldados que había en las adyacencias del polígono. El día se presentó gris con mucha neblina aunque no hacía tanto frío. A media mañana se disipó la bruma y el sol comenzó a calentar el ambiente. Apenas llegamos nos ordenaron sentarnos sin romper filas. También permitieron que se fumara. En eso estábamos cuando súbitamente nos ordenaron ponernos de pie y formar filas, media vuelta a la izquierda y marchar de regreso. Los suboficiales estaban más desorientados que nosotros, hasta que el rumor comenzó a correr y nos enteramos que se había desatado otro quilombo entre los “azules y colorados” al que se habría plegado la marina. Cuando tomamos la ruta 8 rumbo a la 202, los camioneros que pasaban, y estaban enterados de lo que ocurría, gritaban entre otras cosas: “Suelten a esos muchachos…” ó “Larguen a esos muchachos…” y tras cada uno de esos gritos venían los saludos para las madres de los militares. Nosotros nos cagábamos de risa (en silencio), pero los suboficiales se mantenían mudos, embroncados, estaban como hartos de estos desaguisados que armaba la cúpula del ejército y que los mandaran al frente, como no podía ser de otra manera.

Como consecuencia de este quilombo, fueron movilizados los soldados de las compañías “Comando y Logística” y “Abastecimiento y Transporte”, que salieron del cuartel. Felizmente todos volvieron sanos y salvos y pudieron contar sus experiencias. Los que más se despachaban eran los Suboficiales, muy calientes porque los colimbas de la marina comían y vestían mejor que ellos y estaban provistos de mejor armamento. En definitiva, los colimbas de la marina tenían una mejor calidad de vida que la de los suboficiales del ejército. El descontento de éstos se registró tiempo después cuando se desató una asonada interna reclamando “mejoras laborales”. 

Terminado el despelote entre “Azules y Colorados” volvimos al polígono; esta vez salimos por la guardia que está detrás de la Escuela, cuyo acceso está frente a la curva de la ruta 202 que va a Don Torcuato. Todavía estaba oscuro cuando pasamos frente a la residencia del Subdirector de la Escuela Superior del Ejército, en ese entonces el Coronel Alejandro Agustín Lanusse, a quien pudimos ver por los amplios ventanales de una de las dependencias iluminadas, junto a otras personas de su entorno familiar. 

Aquél día hubo práctica de tiro, pero esta vez tampoco pude tirar con el viejo Mauser porque iniciamos el regreso antes que me tocara el turno, ya que por el abecedario era uno de los últimos de la lista. Recuerdo un hecho cómico, a pesar de que pudo haber sido trágico. Nuestro grupo tenía como instructor de tiro al Principal Juan José Gionto, que a su vez contaba con la asistencia del Cabo Cocinero Bautista Dondo (auxiliar ayudante). El cabo seguramente era buen cocinero, pero de armas sabía tanto como yo de medicina. Mientras estábamos en plena actividad en el polígono, en un momento determinado le recibió el arma a uno de los soldados que acababa de tirar y comenzó a enseñarle al siguiente cómo debía cargar el Mauser. Pero he aquí que daba las instrucciones con el arma en posición horizontal, lo que era, además de peligroso, no muy profesional. En ese momento el Principal Gionto que estaba a unos cinco metros aproximadamente a espaldas del Cabo, observó la maniobra y comenzó a gritar desaforadamente: “¡Cabo, baje el arma! ¡Cabo baje el arma carajo!” y al mismo tiempo ordenaba que nos tiráramos:“¡Cuerpo a tierra!” mientras él se deslizaba agazapado detrás de los bancos que había a lo largo de la galería, tratando de llegar lo antes posible adonde estaba el Cabo que, a causa de los disparos y la conversa del ambiente, no oía lo que Gionto le ordenaba, hasta que llegó a sus espaldas y le pegó el último grito: “¡Cabo, por Dios baje el arma!” El cabo se dio vuelta sorprendido, y se cuadró con el arma apuntando horizontalmente, y Gionto de un manotazo la empujó la punta del caño hacia abajo. ¡Qué calentura que tenía ese viejo! ¡Quería cagarlo a trompadas! Creo que el negro Alberto Olmedo no hubiera hecho un skech tan cómico como el Cabo Dondo cuando se cuadró ante Gionto poniendo cara de boludo. ¡Era terrible! En ese momento entró el oficial instructor Tte.1º Jorge Arturo De Vicién y se llamó a silencio. Gionto giró sobre sus talones y se cuadró ante el oficial informándole que todo estaba bajo control. Pero la cara que puso el oficial cuando se retiró indicaba que no se había tragado el verso, intuía que algo raro había pasado. Enseguida todo volvió a la normalidad, pero Gionto aprovechó para volver sobre el tema. Con la carabina entre sus manos reinició su prédica con mucha tranquilidad, pero a medida que avanzaba, su voz iba aumentando de volumen y el termómetro marcaba subida de temperatura, hasta terminar con una última advertencia más caliente que ají molido: “¡No jodan con las armas y comiencen a usarla como se les ha instruido manga de pelotudos!” ¡Ja! Pelotudos los soldados, el cabo no.

Furrieles

Habíamos formado un equipo bastante homogéneo, donde cada uno tenía -además de una tarea asignada- alguna cualidad particular. Cordero era un muchacho muy inteligente y escribía a máquina con mucha rapidez. Casey había estudiado medicina y sabía todo lo relacionado a las enfermedades y remedios recetados por lo que estaba encargado del libro de enfermería y los partes diarios de racionamiento. Vitali se destacaba por tener una letra muy legible y prolija; además estaba acostumbrado al manejo de expedientes razón por la que le encargaban trabajos relacionados a los legajos personales que debían hacerse manuscritos. Yo no recuerdo cuál era mi tarea específica, pero sé que compartía con Cordero todo lo que había que pasar a máquina. Cordero confeccionaba los listados de guardia diaria de la compañía en el que había una rotación permanente de soldados. También pasábamos a máquina todas las directivas que el Capitán Sánchez escribía a mano y otra documentación que nos enviaban de mayoría. Respecto a las guardias, siempre había quien -por una u otra razón- pedía el cambio de fecha. Esto lo hacían algunos para especular, otros porque habían acordado una cita para ese día y querían salir. Si por error se los ponía de guardia muy seguido, se armaban discusiones y -con justa razón- los perjudicados se quejaban al Encargado de la compañía, lo que no era bueno para nosotros porque nos creaba un problema ante la superioridad. También había quienes pagaban las guardias. Esto era tan común, que los superiores lo permitían porque sabían de la necesidad de dinero que tenían muchos colimbas del interior y esta era la oportunidad de hacerse de algún mango para sus gastos personales. Los colimbas de Buenos Aires estaban siempre en ventaja respecto a los del interior, porque iban a sus casas a dedo y comían en sus casas, en cambio el del interior tenía que rebuscársela para tener un mango cuando salía el fin de semana. 

Armando Diguardi (que aparece en la foto con los furrieles) era el asistente del Sgt. Ay. C.M. Antonio Allegretti, Auxiliar encargado de la oficina del sector Tracción Mecánica desde donde se hacían las compras, se elaboraban los presupuestos de reparación, stock de repuestos, etc. Diguardi vivía en Santos Lugares y recuerdo que una oportunidad me invitó a su casa y me llevó a conocer la casa de Ernesto Sábato, no recuerdo bien, pero creo que estaba a pocas cuadras de la suya. Los Diguardi tenían un hotel u hostería en la zona turística de Caruhé en el sur, donde años más tarde se produjo una gran inundación que arruinó toda la zona turística. No sé si el pueblo se recuperó e ignoro si todavía ellos tienen la hostería. 

No recuerdo bien cuáles fueron los motivos por el que se apodó:“El Cholo”, a Juan Carlos Vitali, un sobrenombre que le quedó hasta el día que nos dieron de baja. No tengo la certeza, pero creo que cuando llegó aquella noche a la compañía, Paniagua lo hizo pasar al Detall para hacerle las preguntas de rigor y recibir la documentación que traía para su incorporación. Entonces le preguntó de dónde era y Vitali le dijo “Chabás” y cuando se retiró a dormir, Paniagua comenzó a repetir palabras como “Chola” “Choza” “Chala” hasta que dijo “Cholo” porque no tenía la menor idea dónde quedaba Chabás y mucho menos recordaba su nombre. Creo que Cordero fue el ideólogo del sobrenombre.

Había dos cosas que yo no soportaba. Una que me tocaran el culo y la otra que se tiraran pedos en la oficina. “El Cholo” gozaba cuando me calentaba por estos motivos. El muy atorrante, antes de salir de la oficina se tiraba un sordo, cerraba la puerta y rajaba. “¡La puta qué olor!” me quejaba y abría puertas y ventanas aún en pleno invierno mientras los demás que cagaban de risa. Un día me puse de acuerdo con Cordero para hacerle una broma. Sabíamos que era alérgico al “flit” y estábamos en el mes de octubre de 1963 próximos a la primera baja y había un asunto que nos intrigaba: “quién sería el que se iba en la primera baja”. Aunque se descartaba que fuera Cordero el beneficiario, no teníamos la certeza de cuántos y quiénes se irían. Podría ser uno o dos, ya que en la mayoría de los casos era el 50% de cada sector) “El cholo” estaba harto de la colimba y desesperado por rajar, entonces estaba ansioso por saber cuántos nos íbamos en la primera baja. Esto no quiere decir que los demás quisiéramos quedarnos, sino que estábamos más dispuestos a aguantar hasta fin de año, antes que hacernos la falsa ilusión de salir en la primera baja. En cambio “el Cholo” no se resignaba y lo manifestaba abiertamente.

¿Qué broma le hicimos? Cerramos puerta y ventanas del Detall y lo inundamos de “flit”, salimos a la galería y lo llamamos diciéndole que habíamos encontrado en el escritorio del Capitán la lista de la primera baja. “El Cholo” exaltado se vino rajando, se metió como un caballo en el detall y nosotros nos quedamos afuera y le echamos llave. Adentro “El Cholo” atrapado, comenzó a estornudar y a putearnos… ¡Cómo puteaba ese cristiano! Mientras gritaba: “¡José, nunca esperé esto de vos!” gemía como una magdalena mientras seguía estornudando y pidiendo “¡Abran la puerta hijos de puta! ¡Achís!, ¡achís!...” Cuando le abrimos la puerta salió con los ojos llorosos y tapándose la nariz con el pañuelo. El nazo parecía un tomate perita, estaba rojo e inflamado. “Eso es por los pedos que te rajás en la oficina” le dije mientras todos los que se habían amontonado afuera se cagaban de risa… Finalmente él también se sumó a la broma, pero se había puesto tan mal que yo particularmente me asusté. Temí que se descompusiera. 

"El puntazo"

Había un soldado (Germán S.) de “La Carlota”, Provincia de Córdoba, que tenía características muy particulares. De piel morena, ojos saltones, ñato con mentón prominente y de escaso nivel de instrucción. Se caracterizaba por tener un extremo acento cordobés muy arraigado en esta zona del sur de la provincia. Cuando hablaba tenía un dicho que usaba permanentemente y que se transformó en su propio sobrenombre: “el puntazo”. Cuando íbamos al baño a ducharnos, no era cuestión de descuidarse y darle la espalda, porque el negro no le hacía asco a nada y le gustaban algunos culos, según lo manifestó él mismo en más de una oportunidad. Era un peligro andante.

En nuestra jerga, para referirnos a una persona sin nombrarla decimos “el punto”. (Verbigracia: “el punto se quedó piola por temor a que lo descubriesen”) Pero este cordobés decía:“el puntazo”. En cierta ocasión estábamos trabajando con los legajos personales de todos los soldados de la compañía, y nos causó gracia el contenido de su expediente, donde constataba que había ido preso en varias ocasiones por “raterismo”. Una de las tantas detenciones registradas, daba con lujo de detalles su ingreso a prisión “por hurto reiterado de aves de corral”. Este dato marcaba la personalidad del individuo, que no era ni más ni menos que un “chorro de gallinas”. Sin dudas, uno de los delitos más leves, pero delito al fin. 

“Viajar en tren sin boleto”

Cuando salíamos de franco (por lo general los miércoles por la tarde) nos íbamos de paseo a la capital. Los de Buenos Aires decían que iban “al centro”. Tomábamos el tren en San Miguel y la aventura comenzaba en la estación, cuando subíamos sin boleto y nos escapábamos de los guardas que nos corrían por todos los vagones para hacernos bajar. Cuando algún guarda nos acorralaba, nos bajábamos mansamente en la primera estación y esperábamos el próximo tren. Sin dudas era una locura, pero a su vez una manera desahogarnos de los sapos que nos comíamos en el cuartel. Con esa transgresión, corríamos el riesgo de ser “botoneados” por algún guarda embroncado (que los había), aunque la mayoría hacía la vista gorda y evitaban tener problemas. Si alguno nos delataba, podríamos ser detenidos por la seguridad ferroviaria y consecuentemente reportados ante nuestros superiores, lo que sería fatal. Pero más allá del sentido aventurero de este proceder, teníamos un signo de “hermandad”, que iba mucho más allá de la solidaridad entre colimbas. Es increíble como uno llega a sentirse hermanado con otro después de convivir tanto tiempo, soportando el mismo trato, comiendo el mismo guiso, tomando el mismo mate cocido. Si hay algo positivo de la colimba, es precisamente eso, el aprecio y el afecto que uno llega a tener por sus compañeros. Tal vez haya quienes no sientan lo mismo, pero creo que en su gran mayoría ese sentimiento primó sobre cualquier otro. Digo esto porque había quienes no tenían necesidad de viajar sin pagar el boleto (que era barato) pero había otros que cuidaban el mango al extremo y en vez de gastar en boletos, preferían tomarse una cerveza o un vino. Ante esta situación, los que podían pagar el boleto no lo hacían y acompañaban a aquellos que cuidaban sus pesos y preferían gastarlo en algún gusto personal. 

Incursiones por el bajo 

Otro cordobés muy especial fue Eraldo Capellari. Vivía en zona rural de Sampacho, en la Provincia de Córdoba, y era muy chueco. Tenía las piernas que parecían paréntesis ( ). Un muchacho al que todos querían porque era muy divertido, pero cuando se enojaba, no era fácil tranquilizarlo. Se ponía muy loco.

Una noche nos fuimos en patota con el chueco a la Capital. Después de comer milanesas con papas fritas y tomarnos unos cuantos vinos, nuestra cita obligada era el bajo. Allí estaban todos los piringundines de mala muerte repletos de marineros extranjeros. Había que andar con mucho cuidado, porque a esa altura de la noche ya tenían un pedo mortal, y además de cantar, llorar y franelear a las meretrices, los tipos estaban fuera de control, de manera que si alguno se salía de madre, había que aguantársela ante una eventual gresca, porque se venían todos encima. 

Esa noche, como lo hacíamos habitualmente, entramos a varios boliches, todos lúgubres y fétidos En el primero dimos una vuelta tratando de tocar algo, pero no conseguíamos nada, estábamos -como era habitual- secos para esos trotes, entonces cuando las minas se ponían pesadas tratando de sacarnos el mango que no teníamos, nos retirábamos mansamente ante el riesgo de ser vapuleados por los bravucones que estaban atentos, acurrucados atrás de un biombo que había en el fondo. Más adelante entramos a otro piringundín donde estábamos de lo mejor; había música de los “Wawanco”, muy pegadiza y de moda. De repente se armó una gresca cuando Capellari le metió la mano bien adentro a una gorda culona que estaba semi agachada… ¡Para qué!.. La gorda se recalentó y comenzó a cagarlo a palos por el lomo; el chueco salía corriendo acurrucado y detrás de él todos nosotros que tratábamos de escapar por la puerta angosta, mientras recibíamos azotes de todas las mujeres que se plegaron a la furia de la gorda. ¡Qué despelote! Felizmente logramos salir de la ratonera… La noche estaba muy fría, y al salir sentimos una brisa fresca y reconfortante que nos sacó el sofocón. Fuera de peligro, a la distancia pudimos observar que los rufianes ya se habían puesto en pie de guerra y nos observaban semiocultos detrás de la puerta. Si hacíamos algún movimiento raro se nos venían encima y seguramente nos cagarían a palos. Eran tipos grandotes y corpulentos, con trajes negros y camisas blancas con rayas negras, sombreros al tono y zapatos blancos con alguna veta marrón. ¡Qué julepe nos pegamos! Algunos dijeron que no habían sentido miedo ¡las pelotas! Estábamos todos julepeados porque el despelote fue muy grande. Además, no éramos pendencieros y mucho menos estábamos preparados para estas grescas. Al gringo Capellari se le fue la mano con la gorda, pero bueno, el diablo lo tentó y no pudo con su genio. Pero nada más que eso. Fue solo el manotazo de un seco lo que desató la furia, lo que no quita que fuera ¡una noche inolvidable!

Marineros holandeses

Recuperados de la feroz batalla que originó la manotada de Capellari, partimos hacia otro boliche. Los burdeles estaban uno al lado del otro, con faroles y guirnaldas de colores rojo, amarillo y verde que adornaban la entrada con alguna leyenda atractiva para los potenciales clientes. Recuerdo uno escrito con letras fuleras que decía algo así como: “Un ángel te espera” o “El Ángel azul”. Finalmente entramos a uno que tenía el dibujo de una manzana sobre la que se leía en letras blancas: “La manzana de Eva”. Más de una vez pensé que con estas ofertas, el paraíso estaba en decadencia. Frente a cada local había una o dos mujeres en minifaldas que mostraban sus muslos ampulosos con medias caladas y sus pechos exuberantes sostenidos por corpiños ajustados que disimulaban su flaccidez. Y en medio de todo ese fárrago, se olfateaba una atmósfera saturada por un fuerte olor acre, que hasta parecía impregnarse en la ropa.

El boliche “La manzana de Eva” estaba lleno de marineros holandeses con un pedo tremendo. Cuando entramos estaban cantando a toda voz una canción típica de su patria y aunque los tipos cantaban totalmente desafinados, la canción parecía ser muy melancólica, porque los gordos lloraban como bebés. Uno de ellos, pelirrojo rechoncho, se cayó del taburete de la barra y se golpeó la cabeza con el posa pies. El tipo pesaba más de 100 kilos y quedó inconsciente; sus compañeros desesperados hacían lo imposible por reanimarlo, pero la mole no respondía. Finalmente abrió medianamente un ojo y emitió algún sonido; unos segundos más tarde quería incorporarse para seguir cantando, pero sus compañeros lo llevaron a la rastra hasta una pieza contigua. Al rato el clima volvió a la normalidad y nuevamente se reinició la jarana. De la alegría que tenían, nos pagaron unas vueltas de cerveza, mientras que una de las chicas intentaba reanimarlo y sacarle -además del pedo- todo lo que llevaba encima; aunque a esta altura el tipo ya no tenía ni guita ni energías para derrochar. Estaba totalmente KO. Cada tanto el gordo amagaba incorporarse para volver a la joda, pero la mina lo mimaba y lo volvía a recostar. En ese boliche no hubo gresca, pero la noche ya estaba muy avanzada y tuvimos que regresar al cuartel, al día siguiente nos esperaba una larga jornada y había mucho para comentar. 

“¡Tanto quilombo por un botón!”

Paniagua, como buen encargado de compañía, andaba siempre husmeando y observando lo que acontecía en las instalaciones. Un día, cuando todos los soldados habían regresado de sus destinos y estaban en orden cerrado antes de ducharse, el tipo observó que a mitad del pasillo central del dormitorio, se reflejaba la silueta de dos soldados en una posición complicada. Desde el hall de entrada, Paniagua seguía sin descifrar lo que acontecía porque los movimientos eran lentos, entonces avanzó un poco más y se detuvo nuevamente para observar con más detenimiento. Súbitamente pegó el grito: “¡Soldados! ¡Por favor! ¡Vengan para acá inmediatamente!” Ese “por favor” no era un ruego. Era como decirles“¡Boludos! ¡¿Qué carajo creen que están haciendo?! ¡Parecen degenerados!” Los soldados a toda carrera se cuadraron. 

-“¿¡Qué es lo que están haciendo?!” los apuró Paniagua

-“Le estaba cosiendo un botón…” respondió Rogelio Ponzone poniendo cara de boludo.

Sin dudas Paniagua captó lo que estaban haciendo, pero no podía creer que dos hombres grandotes fueran tan pelotudos para montar semejante escena. Totalmente sacado, los comenzó a bailar:

-“¡Cuerpo a tierra! ¡Salto rana! ¡Arrastrase! ¡Pararse! ¡Salto rana! ¡Arriba! ¡Abajo! ¡Flexiones uno, dos, tres, cuatro, cinco! ¡Pararse! ¡Saltar!” – gritaba Paniagua caliente como bosta e’mono. Estaba fuera de sí.

El cuadro difuso que se veía, era la de Ponzone arrodillado cosiéndole un botón de la bragueta al gordo Leali, que estaba parado con las piernas abiertas. Sin dudas la imagen a contraluz era desagradable, y a Paniagua lo sacó de cause. “Parecían dos trolos haciendo chanchurrias”, dijo luego en el detall, y esta vez sí que estaba caliente. Nosotros no podíamos contener la risa y el viejo nos cagó a pedos también. 

Con música propia

Era una de las tantas mañanas de formación frente a la compañía. Ya habíamos tomado el mate cocido, yo había llevado la bicicleta de Paniagua al depósito y en el detall mis compañeros preparaban el parte del diario para que el oficial de semana presentara el personal al Jefe de la compañía. Este era un ritual al que nos acostumbramos como si fuera una necesidad diaria y no era otra cosa que un acto protocolar que hace al orden y la disciplina. ¡Si habremos dibujado los números de esos partes! Pero continúo con lo que quería contar. Mientras se esperaba que llegara el capitán, Paniagua normalmente hacía una incursión ocular previa ante la formación. Era una manera de pasar revista y ver si los soldados estaban presentables: cabello corto, afeitados, ropa limpia, botones cosidos, borceguíes lustrados y no sé cuántas macanas más. En eso estaba cuando de pronto, en el silencio de la mañana, sus oídos captaron una musiquita muy débil, que parecía muy lejana, pero que en realidad estaba ahí, muy cerca. Curioso como era, Paniagua siguió avanzando frente a la formación y cada vez la música era más nítida. De pronto se detuvo en seco y paró la oreja. Ahí estaba el sonido, un soldado de la segunda fila con música propia. Lo tomó de la campera y lo llevó al frente. Delante de todos le metió la mano en la campera y como por arte de magia, sacó una pequeña radio portátil que difundía un alegre chamamé. Como vio que el soldado tenía los demás bolsillos inflados, siguió metiendo mano. ¡Oh sorpresa! sacó un salame enorme, después un trozo de queso cuadrado y finalmente una enorme galleta casera. Paniagua no aguantaba la risa (aunque no podía mostrarla) y fingiendo mucha seriedad le dijo al soldado que viniera al detall por la tarde para buscar la radio y que por ahora, guardara todo en sus bolsillos y se volviera a su lugar. La risa se expandió y Paniagua chocho, había logrado hacer reír a la compañía y a la vez hacerse el hombre malo que baja la caña a quienes no cumplen con las reglas. Sin dudas, era un buen showman. El dueño de la radio, el salame, el pan y el queso, era nuestro común amigo José Constante Bozikovich. ¡Toda una institución!

Noches de San Miguel

Después que se iba el Capitán y la compañía quedaba a cargo del oficial y suboficial de semana, todo parecía tranquilizarse. Era el momento del sosiego y la tertulia. Algunos se agrupaban para charlar, otros miraban televisión. Después de la jura de la bandera el 20 de junio, todo pareció tranquilizarse, porque el período de instrucción ya había acabado y solamente íbamos a nuestro lugar de trabajo. Por consiguiente no existía tanta rigidez por parte de la superiores y nosotros ya estábamos habituados a las normas existentes y nos arreglábamos para gambetear las boludeces a las que nos habían acostumbrado. Después de la primera baja que se produjo el 22 de noviembre de 1963 se notó un cambio de 180 grados. Fue cuando comenzamos a salir todas las noches. Generalmente los miércoles íbamos al centro y los demás días a San Miguel. Aunque en el Detall nos turnábamos porque había trabajos que presentar al día siguiente. 

Una noche como tantas de aquél verano del 1963/64, nos fuimos a San Miguel. Estábamos boludeando por la plaza y nos encontramos con José Bozicovich que andaba en una estanciera color té con leche y una franja blanca. Como siempre, todos estábamos al salto buscando algo para carnear. Según Bozi, alguien le había dicho que a escasas tres cuadras de la plaza se podía conseguir algo bueno y seguro. (Libre de toda chinche y ladilla) Con este dato posta, no perdimos más tiempo y nos fuimos a comer a un bodegón que estaba pegado al Cuartel de Bomberos, donde antedía una piba muy linda y hacían unas pastas exquisitas. Aunque todos estábamos calientes con la mina, nadie se atrevía porque era la hija del dueño, un tipo de buena onda pero de pocas pulgas. El hombre infundía respeto. Por eso, además de portarnos como buenos caballeros, la pasábamos muy bien y la comida era buena y accesible. Esa noche cenamos en el patio a la luz de las estrellas y acompañamos las pastas con unos cuantos pingüinos de vino tinto. La noche estaba para disfrutarla a pleno y todos estábamos contentos y festejando por adelantado lo que se venía. 

Terminada la cena nos apiñamos en la estanciara y partimos rumbo a la casa señalada. No recuerdo bien, pero creo que fue el “Cholo Vitali” el que se bajó para hacer las averiguaciones correspondientes (tarifas, turnos, ambiente). Tengo grabada en mi memoria el momento en que tocó timbre y lo atendió un muchacho con quien inició un breve diálogo. Sorpresivamente nuestro mensajero dio media vuelta y al tranco largo se vino hasta la estanciera. Apenas subió, pegó el portazo y sin muchas explicaciones dijo medio aturdido: “¡Rajemos!”. Bozi puso primera y arrancamos a toda máquina, intuyendo que algo grave había pasado y que podría armarse alguna gresca. Intrigados, y no sin recelo, miramos hacia atrás y vimos con sorpresa que de la casa salía un enjambre de chicos homosexuales. ¡Nunca había visto algo igual! Los tipos estaban tan asombrados como nosotros. Tal vez ellos también esperaban tener fiesta esa noche, porque nos hacían señas para que regresáramos. Cuando le preguntamos a Bozi quién le había pasado el dato, nos respondió: 

-“El negro Zárate” 

-“¡La puta que lo parió!” exclamamos todos juntos y nos entramos a cagar de risa. ¡El negro atorrante nos había hecho una joda genial!

Terminamos la noche en un club de barrio de San Miguel, donde había unos cuantos suboficiales con sus familias. El ambiente no era el mejor, pero ideal para cumbiar.

La siestita de Casey

Cuando volvíamos de franco cada uno traía algo para comer: Un matambre arrollado, dulce casero, tortas, salamines, algún pollo al horno, milanesas, y a veces hasta un buen vino solía escabullirse entre el bolso. Era el mes de octubre y el clima se estaba poniendo pesado. Ese lunes arrastrábamos el cansancio de un fin de semana de trasnochadas, más un viaje de 6 horas el domingo por la noche, bajar en ruta 8 y caminar hasta el cuartel y apenas dormir una hora, era fatal. Para colmo, a la mañana temprano habían traído a la compañía un montón de colchones que había que clasificar y luego distribuir a otras compañías. Los colchones fueron apilados en la pieza de trastos que había entre la armería y el depósito de ropa. Ese mediodía ya habíamos comido lo que habíamos traído de casa, pero igual teníamos que concurrir al comedor con el resto de la compañía. Cuando regresamos nos metimos en el detall y Jorge Casey, con mucho sueño acumulado, se metió en la pieza de los colchones para dormirse una siestita. Antes de entrar nos pidió que vigiláramos que nadie lo sorprendiera in fraganti. Pero he aquí que sucedió lo que nunca. No recuerdo muy bien a qué hora se reiniciaban las actividades, pero eran alrededor de las dos de la tarde, cuando imprevistamente, aparecieron conversando tranquilamente el Cap. Sánchez y el Pr. Paniagua, quienes ni siquiera entraron al Detall, fueron directamente a la pieza de los colchones y “¡Oh! ¡Sorpresa!” encontraron a Jorgito Casey desparramado entre los colchones durmiendo plácidamente una merecida siestita. Se produjo una escaramuza en medio de voces de mando que sacudieron el ambiente y Casey, que salió cabeceando entre dormido, recibió del Cap. Sánchez un patadón en el culo que lo hizo tambalear. El viejo gritaba desaforado no sé que improperios, pero estaba recaliente. En tanto Paniagua no salía de su asombro. Estaba como estático con la boca entreabierta. Rojo como un tomate y caliente porque ahora tenía que aguantarlo al viejo rezongar durante el resto de la tarde. Estos hechos de indisciplina o pereza, eran puntos en contra para el encargado de la compañía, por lo que seguramente alguien pagaría los platos rotos. Desde el detall, Cordero, Vitali y yo, al igual que Paniagua, no podíamos salir del asombro. Es que había sucedido todo tan rápido, que solamente alcanzamos a verlo a Casey salir oscilando entre dormido y restregándose los ojos. ¡Qué cagada! No le pudimos avisar al gordo. ¡Los muy guachos se presentaron de golpe y no nos dieron tiempo a nada! No sé qué pasó después. Tal vez haya habido algún apercibimiento para Casey, pero no pasó a mayores. Nuestras faltas solían ser blanqueadas por Paniagua, que en el fondo, nos cuidaba como si fuéramos sus hijos. 

Cada uno tuvo sus vericuetos en su lugar de trabajo. Un día me llamó el capitán desde su oficina. Inmediatamente acudí y me dijo que me preparaba para tomar nota de unas órdenes que debía luego transcribir a máquina. Es sabido que todo Furriel debe estar siempre preparado con lápiz y papel en mano para anotar las directivas del superior (tipo edecán), pero he aquí que lo único que yo tenía en mano era papel, entonces maquinalmente estiré la mano para tomar una de las lapiceras que había en el tintero de su escritorio. Apenas amagué me pegó el grito: “¡No soldado! ¡Usted tiene que tener su propia lapicera!” y no sé cuántas cosas más me dijo. Instintivamente salí como tiro para buscar una y ahí al toque estaba Paniagua extendiéndome una birome para salvar mi situación. Con esto quiero significar que Paniagua no era un tipo de mala leche, pero si uno se mandabas alguna cagada ¡había que aguantársela! 

Los calzoncillos largos de Cardinale

Ingresamos en febrero, pero ya estábamos a fines de abril y todavía usábamos ropa de verano. Por la noche hacía un torniquete que ni les cuento. Recuerdo que a causa del frío, una madrugada me vinieron unas ganas terribles de ir al baño. Aunque la purga ya la habíamos pasado, pensé que estos hijo’eputa nos habrían metido otra vez algunas sales en la comida a fin de aflojar el vientre. Pero no era este el caso. Esta vez era el frío y la falta de abrigo adecuado. Como no estaba permitido usar los baños internos, me fui hasta los de afuera que estaban aproximadamente una cuadra de la compañía. Todavía las luces estaban encendidas y había mucha niebla, clima natural de la zona en época otoñal. Mientras iba hacia los baños, los intestinos estaban apurando el trámite y yo no llegaba a tiempo, por lo que me largué a un costado y evacué sobre el césped. ¡Qué alivio! Para justificar mi salida por si me topaba con algún oficial de guardia (que a veces andaban dando vueltas al pedo) me fui hasta el baño y conversé brevemente con el soldado imaginaria y luego regresé al dormitorio, lamentando para mis adentros que algún colimba, al día siguiente, tuviera que hacer un cuerpo a tierra sobre mi cagada. 

Conté lo que me pasó a causa del frío, porque al lunes siguiente sucedió algo muy divertido. Habíamos regresado de franco y a las seis de la mañana sonó el fatídico pitazo del oficial de semana, seguido del habitual griterío: “¡Al pie de la cama!”. Ese lunes no fue la excepción y enseguida nos alineamos para escuchar al furriel de turno que pasara lista, que a lo largo de un año llegamos a memorizar como el padrenuestro. Comenzaba con Asenci, Antonio – Aguetti, Luis – Aizcorbe, Ramón y así sucesivamente por riguroso orden alfabético mientras cada cual daba su “¡PRESENTE!” en voz alta y clara, tal cual nos habían enseñado. Todos los lunes cortábamos clavos, porque si algún colimba faltaba sin justificativo, se armaba el despelote desde el vamos. Esa mañana se demoró un poco más de lo normal el pase de lista porque uno de los colimbas alineados al pie de la cama, sobresalía del resto. El tipo se había venido equipado con un pulóver rojo furioso y calzoncillos largos. Todos nos entramos a cagar de risa y el suboficial de semana se calentó. Creo que era el Sgto. Ay. Félix Delcastello porque se originó una catarata de carcajadas que alborotó a toda la compañía, y el petiso Delcastello, que era muy nervioso, no podía poner orden a pesar de sus gritos de “¡SILENCIO!” una y otra vez sin lograr su propósito. Calentito se fue hasta el soldado y le preguntó qué hacía con esa ropa antirreglamentaria. Claro, no hacía falta aclarar mucho, el hombre tenía frío. Pero he aquí que el suboficial comenzó a cagarlo a pedos diciéndole que solamente estaba permitido vestir “los elementos provistos por el ejército” (calzoncillo corto blanco y camiseta blanca) y que no se podía usar ropa de color. El alboroto fue grande y finalmente hubo orden después de un espectáculo cómico, cuyo protagonista no podía ser otro que nuestro recordado amigo: Ricardo Cardinale. Demás está decir que la ropa fue incautada y devuelta cuando salió en el próximo franco. 

Calefacción

Como dije en otra secuencia, tanto el jefe de la compañía Mantenimiento como el encargado, aspiraban a que la compañía fuera “la modelo” de toda la escuela. Por eso procuraban equiparla con todas las comodidades mínimas para el bienestar de todos: oficiales, suboficiales y soldados. 

Así como habían calefaccionado el dormitorio de los soldados, también querían hacer otro tanto con el Detall (de paso el Capitán trabajaría más a gusto si el ambiente era cálido). Durante el invierno de 1963 Sánchez le encomendó a Paniagua que gestionara la provisión de una estufa para calentar el ambiente administrativo. No sé qué trámites realizó el Principal, pero la cuestión es que llegó la calefacción al Detall. Entonces Paniagua le pidió al soldado letrista de la sala de Armas Sergio Zoruba, que hiciera un cartel que dijera: “Cerrar la puerta – calefacción”. Todo iba de diez con el cartelito y el clima cálido que nos permitía trabajar cómodamente, hasta que una mañana muy fría llegó el Tte. 1º De Vicién y cuando intentó abrir la puerta del Detall estaba trabada por dentro. ¡Para qué! Le pegó un patadón que nos sacudió a todos. De un salto Jorge Casey la fue a abrir y del empujón que le dio el oficial casi lo estampa contra la pared. De Vicien muy caliente manoteó el cartel clavado a la puerta, lo tiró al suelo y ordenó que se abrieran todas las puertas y ventanas. (De paso, y para colmo, se levantó una uña) ¡Qué calentura mamita querida! Esa mañana trabajamos como si estuviéramos en el medio de la plaza. Paniagua caminaba para no enfriarse y taconeaba de una punta a la otra del Detall silbando bajito… “Parece que se calentó el Tte. 1º” fue lo único que susurró y siguió silbando bajito.

Cordobeses vs. Porteños

La Compañía estaba llena de cordobeses. La mayoría (como dice José Bozicovich en sus memorias) provenían mayoritariamente de la zona sur de córdoba cuyos distritos principales son: Río Cuarto, Laboulaye y La Carlota. Los que provenían de las zonas de influencia de estas tres ciudades mayoritariamente trabajaban en el campo. Muy trabajadores y divertidos, pero de pocas pulgas. No se amedrentaban ante nada ni nadie. Eran tipos batalladores. Entre cordobeses y santafesinos no había rivalidad; en cambio entre cordobeses y bonaerenses había mucha pica, y la convivencia no era nada fácil. Para los cordobeses los bonaerenses y capitalinos era lo mismo y para éstos, nosotros éramos de ellos. Por consiguiente, estábamos en el medio del choripán. 

Los cocineros tenían como líder a César Rosaroli, (Elena, Prov. Córdoba). Cuando comían asado los rancheros, llegaban al dormitorio después que el resto de la compañía con bastante carga etílica y se armaban grandes desboles.

Tal vez Juan Ochoa pueda contarnos con lujo de detalles lo que allí acontecía, pero hay algunas cosas que recuerdo vagamente. Eugenio Paván, era de Río Cuarto, y batió todos los récords en prepararse la comida propia. Un fin de semana se comió tres docenas de huevos fritos de un saque. Le agarró una hepatitis fulminante y tuvo que ser internado de gravedad. El cordobés se salvó, pero esquivó el guadañazo de casualidad. Así de audaces eran estos cordobeses.

Cicatriz 

Antes de finalizar el año, el ejército promueve los ascensos, los pases a retiro y diagrama los nuevos destinos para sus cuadros de oficiales y suboficiales. Todo ello se hacía previo a la incorporación de la nueva clase de reclutas que cumplirían con el servicio militar obligatorio. En el caso nuestro nos licenciaron definitivamente el 23 de marzo de 1964, y lo que les voy a contar sucedió un mes antes de la baja. 

Era un día caluroso de febrero, cuando el soldado Esmer Fenoglio (Las Rosas, Prov. Santa Fe) estaba boludeando por la escuela haciéndose la rata. El sol ardiente del mediodía lo obligó a sentarse a la sombra sobre el cordón de una de las calles internas. En es estaba cuando pasó una de las estancieras del ejército que a los pocos metros frenó bruscamente y retrocedió hasta estacionar frente él. Su conductor se bajó y Fenoglio al ver que se trataba de un pescado gordo, se puso de pie y en posición de firme, pero con la cabeza descubierta. Enseguida reconoció las insignias: se trataba de un Coronel, a quien muy pocos conocían. 

Ante la pregunta del superior sobre los motivos por los que estaba haraganeando y sin birrete,supuestamente  Fenoglio le contestó que estaba descansando reponiéndose del intenso calor. 

Lógicamente, ante semejante respuesta se vino una tremenda cagada a pedos feroz y le ordenó que se presentarse de inmediato a la guardia. Supuestamente Fenoglio no lo hizo y se fue directamente a su destino. Pero he aquí que el oficial lo estaba esperando en la guardia. Pararon varios minutos y ante la evidencia de la rebeldía del soldado, el oficial comenzó a buscarlo a través de las fotos que había en los archivos obrantes en Mayoría. El tipo se recorrió minuciosamente más de un centenar de fotografías una por una, hasta que finalmente dio con el hombre buscado. ¿Cómo llegó a dar con él? Muy simple: Fenoglio tenía una leve cicatriz en una de sus mejillas (derecha o izquierda, no recuerdo bien) y de esa manera lo ubicó de inmediato. El Coronel tomó los datos de archivo y se fue directamente al destino del prófugo. Sin vueltas lo agarró de las pestañas y lo zampó en el calabozo, previo rape total de cabeza. Fenoglio se chupó un mes adentro. Se salvó de no quedar enganchado hasta después de la baja. El Coronel resultó ser el nuevo Director de la Escuela a quien, ni siquiera los oficiales subalternos y los suboficiales, conocían. 

Esta fue una de las tantas boludeces que cometíamos los colimbas veteranos. Arriesgar nuestro licenciamiento al pedo, creyendo que porque éramos soldados “viejos” y prontos de salir de baja, los milicos no nos tenían en cuenta. Craso error, el milico es milico desde que se levanta hasta que se acuesta. Aunque en la vida privada, no sea tan cojudo. 

Contaba el Soldado Norberto Vieytes (Caseros, BsAs), asistente de un Tte. Coronel Jefe de la Escuela (petiso y chueco), que en más de una ocasión oyó las violentas discusiones que tenía con su mujer. Una mañana, cuando lo fue a buscar a la casa, la gresca pintaba ser muy grosa, porque la mujer lo siguió hasta la puerta de calle a los gritos pelados: “¡A gritar al cuartel! ¡Acá no me vas a tratar como a un pobre soldadito!” y dio el portazo final. Según el asistente, el petiso venía hacia el auto al tranco largo y cabeza gacha. Cuando subió lo único que dijo fue: “¡Mujeres! Con las mujeres ya ni siquiera se empata” y no abrió más la boca hasta llegar a la Escuela. 
Esto da la pauta de que el milico hace la vida de cuartel las 24 horas del día. Lo lleva en el alma, no puede salirse de la huella en la que fue formado. Aunque a veces el tiro le salga por la culata, como en este caso.

El birrete

Muchas veces había oído a otros soldados putear contra los cadetes del ejército por el trato que le daban a los colimbas en la vía pública. Había que tener mucho cuidado con estos individuos, porque si te pescaban infraganti (campera desabrochada, sin el birrete puesto o simplemente jaraneando) seguro que la ibas a pasar mal. Los cadetes son los peores botones del ejército. Los milicos viejos andaban por la calle de civil, y si veían algo raro, generalmente hacían la vista gorda y no se involucraban; en cambio los pendejos, que vestían el uniforme de gala y se exhibían por todas partes con mucha arrogancia, eran capaces de matar a la madre con tal de prepotear a un pobre colimba. No creo exagerar si digo que dormían con el uniforme puesto. Recordemos que estoy hablando de una época en que los militares ejercían mucho poder. 

En una ocasión estábamos en Estación Retiro esperando el horario del tren para regresar a San Miguel. Como todo colimba o estudiante, durante esas esperas no se hace otra cosa que joder y hablar boludeces para pasar el rato. Más aún si uno está cargado con algunos tintos de más. En esa ocasión yo estaba apoyado contra una baranda, de espaldas a la puerta de entrada a los andenes, revoleando el birrete entre las manos. De pronto siento una seguidilla de golpes fuertes en el hombro derecho. Me doy vuelta como para putearlo al tipo que me estaba jodiendo y me encuentro con un cadete de uniforme azul y blanco con algunas franjas rojas y ribetes dorados (las tengo incorporadas a mi memoria). Todo fue tan sorpresivo que no atiné más que a calzarme el birrete y ponerme firme. El tipo parecía una máquina de espetar palabras. ¡Me pegó una cagada a pedos feroz! No tengo en mente la sarta de boludeces que me dijo, pero sé que, como colimba viejo acostumbrado a estos excesos, no me quedaba otra que asentir todo lo que decía con la promesa formal de “portarme como debe hacerlo un soldado de la patria”. El pendejo agrandado estaba con otros cuatro compañeros que lo esperaban a unos metros más adelante, y cuando terminó de increparme se unió a ellos y se fueron, mientras yo, como un pelotudo, me quedé en medio de la risa de mis compañeros. 

Mientras escribo esto, me viene a la memoria lo que relató el periodista Daniel Mendoza en ocasión de abordar el helicóptero que trasladaba al General Alejandro Lanusse a la Casa Rosada para entregar el mando a Héctor Cámpora en mayo de 1973. Según el periodista, mientras el helicóptero tomaba altura, Lanusse mirando hacia abajo le dijo: «¡Mire a ese pelotudo! ¡Vamos a llegar a las nubes y todavía sigue haciendo la venia!». Se refería ni más ni menos que a Jorge Rafal Videla, un milico completo, si los hay.

NUEVOS JEFES

Como dije en otro relato, a fin de año se hacen los pases y promueven los ascensos. Dos meses después de la primera baja ocurrida el 22 de noviembre de 1963, nos trasladamos al pabellón nuevo que está a dos o tres cuadras atrás de la vieja compañía mantenimiento, orillando la ruta 202, cerca de la cuerva frente al arco de entrada. El Capitán Sánchez y el Tte.1º De Vicien ya habían sido trasladados y los cargos de Jefe de Compañía y Oficial Instructor fueron ocupados por el Capitán Cases y el Tte. 1º Pedro Durán Sáenz. 

El capitán Cases era la antítesis de lo que fue el Capitán Sánchez. Era un gordo culón, que se desplazaba dentro del cuartel en bicicleta y estaba muy poco en la compañía. El tipo recorría las dependencias siempre en bicicleta. Un día me agarró boludeando en el patio mientras fumaba un cigarro mirando trabajar a unas hormigas en su recorrido por la pared y el hormiguero, así de simple. El tipo se asomó por la puerta de atrás del detall y me gritó con voz socarrona: “¿Querés que lo ayude a pensar? No es hora de andar boludeando. ¡Póngase a trabajar soldado!”. Apagué el pucho y me fui de raje al detall, pero el gordo ya se había ido. Así de fugaz fue su paso por la compañía. No estaba nunca. El que manejaba todo era Paniagua. La verdad es que tuvimos muy poco trato con él. 

Junto con el gordo, también había caído a nuestra compañía el Tte.1º Pedro Alberto Durán Sáenz. El tipo, según nos dijo, estaba castigado porque era del grupo de los “colorados”, que todavía seguía enfrentado a los “azules”, partidarios de Onganía, que dominaban la situación. Por lo que nos contaba, le correspondía tener el grado de Capitán, pero lo habían relegado por haberse plegado a los “colorados”.  Y algo de lo que decía era verosímil, porque estaba pasado en años para ser teniente primero. Yo no le creía un pepino, más bien pensaba que no ascendía por inútil. 

Siempre andaba boludeando, como “volando cachilos”, porque nunca estaba enterado de nada. El que lo ponía al tanto de todo era Jorge Casey. Un día estando en el detall no le gustó un chiste que le hice, como que andaba en bolas ante un hecho sobre lo que no tenía la menor idea. Posiblemente venía de alguna oficina burocrática, porque no conocía su función dentro de la compañía. Se sentía como que estaba al pedo. Fue en ese momento que me ordenó que aleteara como un pájaro volando y que comenzara a correr alrededor del detall diciendo algo así como: “Soy un pájaro bobo, soy un pájaro bobo”. Todos nos comenzamos a reír y el tipo se prendió también, porque el asunto no daba para más. Pero estaba claro que no le había gustado el chiste. Desde ese día me cuidé las espaldas, porque no me inspiraba confianza; podía joderte en cualquier momento.  Era un tipo no fiable. 

Su conversación favorita era hablar de mujeres y contarnos sus hazañas como conquistador. A los pocos días que llegó a la compañía se puso a mirar la lista de oficiales, suboficiales y soldados de la compañía, y enseguida preguntó quién era Wallace. “¡Cagamos!” pensé: “¿Qué carajo habré hecho?” Para colmo en esos días Fenoglio había sido encanado por el director de la escuela, y se corría la pelota que tenía cagando a todo el mundo, por aquello de que “escoba nueva barre bien”. Cuando le dije que yo era Wallace, simplemente me comentó que la mujer tenía el mismo apellido y que vivía en General Alvear, Provincia de Buenos Aires. 

Un fin de semana quedó a cargo de la Escuela. Era a la hora de la siesta cuando le ordenó a Jorge Casey que se fuera a hasta San Miguel en su autito Renault Duphine, a buscar una mina. Jorge me pidió que lo acompañara, por si las moscas, y hacia allá partimos. Cuando llegamos al lugar señalado vimos a una mujer parada en una de las esquinas de la plaza con una criatura tomada de la mano. La pobrecita era tan humilde y carente de toda belleza que dudamos que fuera la señalada. Para asegurarnos de que se trataba de la misma mujer, Jorge estacionó unos metros más adelante para ver la reacción de la mujer y comprobar de esa manera si era la indicada. Efectivamente, la mujer se acercó el auto y preguntó si nos mandaba el teniente primero. Al confirmar que era ella, Jorge puso primera y regresamos. No podíamos creer que el tipo tuviera sexo con una pobre mujer a quien le faltaban algunos dientes y encima cargada con un niño. Cuando volvimos sin el paquete, Jorge se la tuvo que aguantar por no cumplir con la orden impartida. Sólo basta un botón de muestra para catalogar a este personaje.

Directamente, tanto el capitán como el Tte. 1º, no tuvieron mayor contacto formal con nosotros, pero sí seguramente con los colimbas de la clase 1943. 

Años más tarde Durán Sáenz sobresalió en las noticias a raíz de ser acusado de violar los derechos humanos durante la dictadura militar. 

Según las crónicas, Durán Sáenz era el oficial de mayor jerarquía dentro del campo de concentración “El Vesubio” y actuaba con el apodo “Delta”. Según los anales judiciales, vivía de lunes a viernes en el centro clandestino y los fines de semana volvía a su residencia de Azul, donde asistía a misa los domingos. Tenía cinco hijos, uno de ellos cursando estudios en el Liceo Militar.

Sus víctimas lo detectaron cuando apareció en una fotografía periodística en ocasión de la visita del presidente Raúl Alfonsín a México, donde había sido designado Agregado Militar, precisamente por el gobierno radical. 

A raíz de la denuncia de un periodista, cesó en sus funciones y pasó a retiro. Luego fue asesor de la Secretaría de la Producción de la Municipalidad de General Alvear, lo que originó la solicitud de informes de un grupo de Senadores que proyectaban su destitución.

Justo cuando se cumplía la última etapa del juicio oral en su contra (con otros siete imputados por violaciones), el tipo se muere. 

Pedro Durán Sáenz falleció el 06 de junio de 2011 a los 76 años a raíz de una afección respiratoria. Había alcanzado el grado de Coronel ®.


MIS RECUERDOS DE LA MILI

APTO PARA TODO SERVICIO

Constante Bozicovich
ex soldado clase 1942

Escribe el ex soldado c/42 Constante Bozicovich

El día que me entregaron la Libreta de Enrolamiento, y con ella una hoja n blanco con fecha 14 de mayo de 1942, tuve una sensación conmovedora, porque además de ser un ciudadano argentino, pasaba a ser un "hombre", la puerta de la emancipación a la que todo joven ansioso desea llegar. Para la libreta, de tapas color marrón claro y suave al tacto, elegí la mejor foto, la que consideré me acompañaría para siempre, en la que anotaría los pasos de mi vida y por donde se reflejarían mis penas y alegrías, mi fe y mis esperanzas en el porvenir. Allí quedarían estampados mis recuerdos a medida que pasaran los años. Muchos formaríamos una familia, otros no lo harían y el paso del tiempo los sorprendió solos. Tal vez pensaron que los padres vivirían para siempre, y no se ocuparon por tener descendencia. Yo particularmente recuerdo mis proyectos y los grandes deseos que tuve por constituir una familia. La mayoría de los muchachos íbamos a los bailes buscando conquistar a la chica de nuestros sueños, a la mujer que nos haría felices y con quien formaríamos nuestro hogar. Entonces con un poco de suerte, las sacaríamos a bailar, y si nos gustaba, seguro que le propondríamos noviazgo y de ahí en más, salvo que no llegáramos a concretar nuestro compromiso, la llevaríamos al altar.

El tiempo fue avanzando y por fin llegó la cédula de llamada para revisación médica en el Regimiento 11 de Infantería Gral. Las Heras de Rosario (este regimiento está ahora instalado en la Provincia de Mendoza). Todos los de mi clase (1942) nos comenzamos a preparar para la partida. Algunos se fueron el día antes, otros lo hicimos el mismo día en ómnibus o el tren. Estando en Rosario nos tomamos un colectivo de línea que nos dejó frente al cuartel. Nos hicieron pasar, nos tomaron los datos y luego nos citaron frente al Comando para sacarnos radiografías. Mientras esperábamos nos hicieron sentar en el cordón de la vereda. Recuerdo que hacía mucho calor, y no nos quedábamos quietos ni un minuto. Cada chica que pasaba recibía una andanada de piropos. Luego volvimos al 11 de Infantería para continuar con las revisaciones. En un determinado momento "¡a bajarse los pantalones!" fue la orden que recibimos. Allí apareció un médico calzándose guantes de goma. "¡Agacharse!" fue la orden que siguió, y así lo hicimos todos en hilera con el culo al aire para que el médico nos metiera el dedo para el tacto prostático. ¡Nosotros que lo habíamos cuidado tanto y perder el invicto de esa manera, no era justo! Luego siguieron las demás revisaciones, pie plano, pie de atleta, dentadura, oídos, vista, etc. Finalmente nos devolvieron la libreta y de vuelta a casa con la mejor noticia ?

"Apto para todo Servicio". Gracias a Dios y a todos los Santos, regresamos mostrando nuestra libreta con el sello de aptitud.
El tiempo siguió su curso y llegó el día del sorteo. A mí me tocó el Nº 584. Enseguida aparecieron los quinieleros para jugarlo y alguna tía que salió a comprar un billete de lotería esperando tener suerte. Por otra parte había familiares que se ofrecían para hacer gestiones que me salvarían del servicio militar. Decían tener contactos y que les constaba que era posible zafar de la obligación. Como yo no aceptaba la oferta, me decían que me iba a arrepentir de no haberlo hecho.

CÉDULA DE LLAMADA

El tiempo transcurría hasta que un día mi viejo me trajo un sobre marrón con grandes sellos. Cuando lo abro me encuentro con el aviso de presentarme para mi incorporación: "Día 10 de febrero de 1963 a las 07:30 horas en la Estación de Trenes Rosario Norte".
Ese día amaneció soleado y muy caluroso. Lentamente, nos íbamos acercando a la estación. Algunos venían solos, otros en grupos y también había quienes venían acompañados por familiares; para ellos la despedida fue más triste porque dejaban a sus seres queridos y alguna novia que moqueaba en el andén, rodeada de algunos gavilanes y caranchos dispuestos a devorarla mientras en noviecito partía a la colimba. De los presentes, algunos nos conocimos del día de la revisación médica, otros eran de mi zona, algunos conocidos del club, los bailes y también de nuestro trabajo cotidiano. Enseguida un oficial nos llamó a silencio y nos ordenó agruparnos según nos iba nombrando. Luego nos hicieron sentar al costado de las vías para esperar el tren y después subir en fila ordenadamente.
Eran alrededor de las diez de la mañana cuando apareció el tren, al que se denominaba "lechero" porque paraba en cada una de las estaciones por donde pasaba. Había tres vagones de pasajeros para los reclutas y los asientos de madera podían ubicarse en dos posiciones. Subimos más asustados que vacas al matadero. El contingente estaba a cargo de dos oficiales y algunos soldados. Frente a los baños habían puesto de guardia a un soldado para evitar que se hiciera uso del servicio cuando el tren estaba parado. En aquellos tiempos no existían los baños químicos, y lo evacuado caía sobre las vías, razón por la que solamente era permitido usarlos cuando el tren estuviese en movimiento. El convoy arrancó alrededor de las 12:00 horas y para este entonces nuestro buche estaba chiflando, entonces nos dieron un paquete de masitas secas y paté para untar. Eso alivió nuestro malestar estomacal.
Mientras el tren avanzaba pude ver escenas que me resultaban muy familiares, ya que nací, me crié y trabajé en el campo con mis padres. En una estación vimos a una romería de vascos lecheros vestidos con sus bombachas anchas, boina y una faja negra ceñida a la cintura. Según versiones, la faja servía para proteger la columna del frío y el gran esfuerzo que debían hacer para cargar tachos de 50 litros de leche en la jardinera o vagonetas de 4 ruedas cubiertas por un toldo de lona. Arriba de la lona, ponían bolsas mojadas para evitar que el sol calentara la leche y se pusiera ácida, lo que equivalía a perder su valor real. El tambero trabajaba con su familia a la intemperie y no había lluvia, viento, frío o calor que les permitiera dejar de ordeñar las vacas. En ese entonces no había ordeñadoras mecánicas, se hacía todo a mano. Tampoco había piso de cemento; en algunos casos los animales eran mansos y no era necesario maniatarlos, pero a otros había que atarlos a un palenque. El ordeñador llevaba ceñido a la cintura un banquito de tres patas para sentarse, lo que aliviaba el cansancio de estar agachado durante el ordeñe.

ESCUELA GENERAL LEMOS 

Mientras el traqueteo de tren continuaba, algunos nos dormimos, otros estaban a las cabeceadas y había quien se encargaba de fastidiar al resto tratando de animarlos y mantenernos despiertos. Cada tanto pasaba un vendedor de sándwiches, alfajores y gaseosas. En tanto la tarde declinaba y nosotros no sabíamos adónde íbamos a parar, si bien antes de partir de la estación nos comunicaron que iríamos al "Instituto de Instrucción Logística General Lemos" ubicado en Campo de Mayo. De pronto uno de los oficiales nos dijo que bajaríamos en la estación Miguelette (ya en la Provincia de Buenos Aires) y nos gastó con que allí nos esperaría una banda música y chicas para darnos la bienvenida. Eran las 22 horas cuando el tren hizo un alto en el medio del campo, entonces nos ordenaron bajar para luego subir a camiones del ejército con toldos. Los colimbas viejos se divertían con los nuevos angelitos que acababan de llegar y gozaban de nuestra situación ya que ellos -muy cancheros- sabían que sus días de cuartel estaban contados. Cuando íbamos en el camión, el negro Roberto Zárate (un vago de San Lorenzo) pispeó por un agujero de la lona y nos dijo que ya estábamos en Campo de Mayo, Puerta 4, Barrio Sargento Cabral y nos relataba: "... ¡vieran qué lindo lugar para pasar un fin de semana!.." se divertía el muy guacho. Enseguida tomamos otra ruta (era la 202 que cruzaba la ruta 8) y al toque estábamos en la Escuela General Lemos, nuestro destino final. Allí estaríamos todo el año. Al pasar por la guardia un oficial nos dio la bienvenida: "Muchachos, acá se van a preparar para ser hombres. Acá tienen que dejar colgados sus huevos y a partir de este momento seremos nosotros los que dispondremos de ustedes, en la vida, en la salud, en el aprendizaje. Acá sabrán lo que es respetar y hacerse respetar porque deberán valerse por ustedes mismos. Acá no hay tu tía que valga y todo lo que hagan será responsabilidad de ustedes, no hay otro que se haga cargo y si hacen las cosas bien, será para bien de ustedes y nadie más". En ese momento recordé la fábula del congreso de perros y porqué se huelen el culo.

Esa noche fuimos destinados a la compañía de Abastecimiento y Transporte, donde nos dieron sopa caliente y a dormir. Ahí nos proveyeron una bolsa con los elementos necesarios para la merienda: Plato y jarro de aluminio, servilleta, cuchara y tenedor. Estaban el instructor de Ca. Tte. Walter Rom y el encargado de Ca. Sgt. Ay. Ricardo Enrique Márquez. El Tte. Rom tenía una voz aflautada, era flaco de anteojos con bastante aumento y tenía un carácter podrido, propio de un recién recibido. Lo apodamos "el mosquito loco". El Sgt. Ay. Márquez, era de gran volumen físico y una voz chillona, aunque era de carácter bonachón. Lo que quiero decir que no era un tipo jodido.

Al día siguiente muy temprano nos dieron el mate cocido y un trozo de pan. El jarro de aluminio se calentaba de tal manera que lo teníamos que asir con la servilleta. Luego nos llevaron a los pabellones de Intendencia, donde los médicos continuaron revisándonos y haciéndonos preguntas relacionadas a nuestra salud. En otro sector nos pedían los datos personales, estudios cursados, trabajos realizados, especialidad, actividad actual y todo lo concerniente a un legajo personal. A continuación pasamos a la peluquería. Había un soldado viejo que nos laburaba la moral y nos decía que le pasáramos unos pesitos al peluquero por debajo de la bata, así no nos rapaba. Todo tenía que ver con todo, porque el corte de pelo, si bien no era totalmente rapado, lo dejaban bien corto y todos los colimbas teníamos el mismo corte. Un curro entre el colimba viejo y el peluquero. Al día siguiente nos llevaron a los depósitos de ropa de Intendencia donde nos pusieron a clasificar la ropa. Era una actividad por demás tediosa. Otro día aparecieron los médicos con enfermeros y nos aplicaron inyecciones. Ese día también nos dieron pastillas para desparasitarnos. Ni qué hablar de los efectos de esas pastillas. Había algunos de los reclutas que se desmayaban al ver las jeringas y otros tuvieron mucha fiebre.

Los encargados de los depósitos de Intendencia eran el Suboficial Principal Juan José Gionto y el Sargento Primero CoT Adolfo Galilea. Petiso, pelado y mal llevado como él solo. Usaba un birrete con copete bien alto y borceguíes con tacos altos para disimular su baja estatura. Otro de los suboficiales encargados de la ropa era el Cabo 1º Sastre Manuel Mercado.
Provisoriamente los primeros quince días estuvimos alojados en la Ca. Abastecimiento y Transporte (en ese tiempo el encargado de la Ca. era el Suboficial Principal José María Ibaldis, quien luego ocuparía el cargo de auxiliar en el Tren Divisional Escuela, cuyo Jefe era el Tcnl. Alfredo Gramajo Gutiérrez. Luego fuimos distribuidos en tres Compañías: Abastecimiento y Transporte, Destinos y Mantenimiento; a mí me destinaron a la Ca. Mantenimiento, cuyo Jefe era el Capitán Sergio Juan Sánchez, el Oficial Instructor el Tte. Jorge Arturo De Vicien y el Encargado de Ca. el Suboficial Pr. Luis María Paniagua.

COMPAÑÍA MANTENIMIENTO

El Detall

Los que no tenían descanso eran los furrieles. Paniagua eligió bien a sus colaboradores. Jorge Raúl Cordero , José Wallace, Jorge Casey y Juan Carlos Vitali . El primero en llegar al Detall fue Cordero, después se incorporó Wallace, y un tiempo más tarde llegó Casey. Finalmente, una noche que yo estaba de imaginaria, a eso de las 10, llegó Vitali. Lo recibió Paniagua, que en ese momento estaba de oficial de semana. Paniagua le recibió la documentación que traía consigo Vitali y le dijo que se fuera a dormir con el resto de los soldados que al día siguiente resolverían sobre su destino. Por la mañana fue incorporado al Detall.
Contiguo al Detall estaba la oficina del Jefe de la Compañía, Capitán Sergio Juan Sánchez y el soldado Marcelino Díaz era su asistente y a la vez trabajaba en el depósito de ropa a cargo del Sgt. Ay. Elpidio Inolfo Godoy. Marcelino fue otro de los soldados que ingresaron con posterioridad al resto de la compañía y era compañero de Jorge Zeballos.
Una mañana, después de tomar el mate nos hicieron formar y se comenzó a pasar lista. A medida que nos iban nombrando teníamos que corrernos a un costado y formar otro grupo en hilera, creo que de veinte por tres en fondo. El que pasaba lista era el Sgt. Ay. Osvaldo Parrondo, y a su izquierda había un tipo grandote con cara de malo. Lo que los militares llaman "cara de guerra", esto es, morderse l0s dientes para que sobresalgan las quijadas. El cabrón nos miraba como sobrándonos, con la vista perdida y la pera sobresaliente. Ese Suboficial no era ni más ni menos que el inefable Principal Luis María Paniagua, el encargado de la Compañía. Muchos de los que pasaron por la Gral. Lemos lo recuerdan y no pueden más que esbozar una sonrisa o algún comentario risueño cuando se lo nombra. Paniagua pasó a ser un personaje central de nuestra aventura colimbera. Era un fantoche temible, pero divertido.

Cuando nos trasladamos a nuestro "nuevo hogar", Paniagua nos indicó que debíamos ocupar las cuchetas de 3 camas. A mí me tocó la del medio. Los elásticos eran de flejes. Atrás, contra la pared, estaba el ropero que correspondía a cada cucheta, la nuestra (la de las tres camas cucheta) era la Nº 54 y allí "guardaríamos" nuestras pilchas y efectos personales. Como dije, a mi me tocó la cama del medio, pero el que estaba en la de arriba, cada vez que tenía que bajarse se tenía que apoyar en las dos de abajo. Era todo novedoso, pero complicado. Cuando tenía que bajar apurado, nos pasaba por arriba y te podía pisar la cabeza o arrancarte una oreja. Si se desataba algún desorden, sea por bromas, carcajadas, manteadas o por la apertura del orificio de salida con flatos sonoros, toda la indiada se alborotaba y ahí era cuando entraba suboficial de semana, hacía encender las luces al imaginaria y a los pitazos limpios nos ordenaba a los gritos el clásico: "¡Al pie de la cama!" y todo el mundo a levantarse rápido y ponerse firmes al pie de la cama. Enseguida a hacer flexiones, subir, bajar, correr. Claro que a veces dependía del vino ingerido esa noche en el casino y cuando se cansaba de romper las bolas nos dejaba ir a dormir.

La Cia. Mantenimiento era la encargada de hacer los trabajos esenciales de toda la Escuela, vale decir: sastrería, sanidad, zapatería, armería, carpintería, talabartería, mecánica automotor, cocina, veterinaria, electricidad, cloacas, agua, sanitarios, albañilería, pintura y desagües, y todo lo relacionado al mantenimiento del parque (poda, transplante y extracción de árboles, corte de césped y cuidado de flores). Siempre había un soldado de guardia para cada uno de estos servicios, de manera que todo estaba conforme a lo diagramado.

Todas las mañanas se hacía la distribución de los soldados para que fueran a las distintas dependencias, y como siempre, se pasaba lista una y otra vez para verificar si estaban presentes todos los soldados y darle el parte al jefe, comunicándoles la cantidad de soldados presentes, tantos ausentes (y los motivos de esa ausencia); luego se los iba nombrando por sector. De esa manera, después de una semana de práctica con este sistema, comenzó formarse todas las mañanas frente a la compañía. No recuerdo bien el orden, pero comenzaba con los furrieles a la derecha y luego continuaban los de tracción mecánica, mantenimiento instalaciones, y así sucesivamente. Cada suboficial encargado del sector formaba junto a los soldados a su cargo para luego llevarlos a su destino (Cocineros, talabarteros, zapateros, sastres, etc.) Por la tarde teníamos instrucción teórico prácticas sobre las insignias correspondientes a los grados de oficiales y suboficiales. Sobre una pizarra se podían ver los soles de los Oficiales Superiores, las estrellas de los Oficiales Subalternos y más abajo las tiras de los suboficiales cuyas figuras se encuentran en los Anexos I y II. Antes de fin de año se ascendían a dragoneantes a aquellos soldados que se destacaron en su labor durante el año de servicio. Se nombraban tres por compañía y se los galardonaba con una tira roja en "V". De nuestra compañía fueron designados: Jorge Raúl Cordero (Furriel) Félix Crisol (Tracción Mecánica) y Oscar Pelegrino (Mantenimiento y Servicios).

También estaban los voluntarios, hoy equivalentes a soldados voluntarios. En aquél entonces el servicio militar era obligatorio, pero también había voluntarios, cuyas insignias figuran en el Anexo II y que actualmente corresponden a los soldados que voluntariamente prestan servicio para capacitarse profesionalmente.

En nuestra compañía había destacado un voluntario, cuyo nombre no recuerdo, que era nativo de la ciudad de Santa Fe; un personaje controvertido y no muy centrado, activista del tristemente célebre movimiento "Tacuara" muy en boga en esos tiempos y uno de los focos iniciales de la guerrilla que azotó a nuestra patria en la década del 70.

Por la mañana también nos llevaban al campo donde nos enseñaban cómo marcar el paso, saludar, desplazarse de izquierda a derecha, hacer puntería en un blanco con los fusiles apoyados en un trípode y cien boludeces más. Esto de saludo uno, saludo dos, vista al frente, alinearse por la izquierda etc. etc. era tan tedioso, que cada tanto para que no nos achancháramos, nos hacían correr, saltar, cuerpo a tierra, flexiones? Luego seguimos con el uso del armamento, cómo cargar y descargar los viejos fusil Mauser 1909 de 6 tiros. Había que tener mucho cuidado cuando se apoyaba al hombro para tirar, porque si se lo tenía flojo, el culatazo era muy potente y podía hacerte caer de culo. Había que sostenerlo con mucha firmeza, como decían los instructores, "apretarla como si fuera la novia". A las otras compañías les proveyeron armamento nuevo. Usaban fusiles tipo ametralladora de 25 tiros con dos cargadores y se podía tirar de a un tiro o en ráfagas, eran los FAL (Fusil Automático Liviano). Para que tengamos una idea: Entre los Mauser que usábamos nosotros y los FAL había 35 años de diferencia. De manera que si teníamos que ir a la guerra, seguro que éramos picadillo para los caranchos antes de arrancar.

Una mañana partimos hacia el polígono comandados por el Capitán Pellejero que practicaba equitación, y según nos decía, tenía un caballo muy bueno para salto. El turco Fayad de San José de la Esquina (Prov.Sta.Fe) era su asistente. Cuando pasamos frente a la Escuela de Caballería, vimos un cartel que decía, algo así como: "Aquí descansan los caballos que dieron gloria al hipismo Argentino - Ganadores de Palermo y San Isidro". Según Pellejero, cuando muere uno de estos caballos destacados en el hipismo, se lo entierra en ese lugar con todos los arneses y monturas, y se hace una gran fiesta con asado y guitarreada, de la que participan sus dueños, los jinetes que lo montaron y los soldados vareadores. Una manera muy particular de homenajear al equino muerto.

Cuando llegamos al polígono, nos indicaron cómo debíamos marcar los tiros con unas banderas blancas. Nos dieron orejeras y algodón para los oídos. El soldado Arturo Debiasi fue uno de los mejores tiradores. Los fusiles eran muy viejos y acertarle al centro era un milagro, pero Debiasi dio varias veces en el blanco.

Al regreso tomamos otro sendero para acortar distancia y pasamos por un lugar llamado "Plaza de Tiro" donde se hacían ejercicios de práctica con tanques y otros vehículos motorizados. Era interesante ver cómo se desarrollaban los ejercicios. Desde una torre se impartían las instrucciones y parecía como si estuviésemos presenciando un acto de guerra en vivo.

Finalmente, exhaustos, llegamos a la compañía y fuimos directo a las duchas, luego al rancho y finalmente a la cucha. Esa noche no hubo mosquitos ni pulgas, tampoco joda ni pedos sonoros. Todo el mundo nos fuimos a dormir como si fuéramos unos angelitos.

COMPAÑÍAS CON MAYOR INSTRUCCIÓN DE COMBATE

Las compañías "voladoras" recibían instrucción militar intensiva, y eran los primeros en salir al frente cuando se desataba algún quilombo político-institucional (golpes de estado). También colaboraban en socorrer a los inundados de la zona de San Miguel que se producían con regularidad y hasta fueron enviados a suplantar al personal del Hospital Vieytes que se había declarado en huelga. Allí estuvieron durante varios meses.
La mayoría de estos soldados adquirieron instrucción plena durante los primeros meses y fueron licenciados en la primera baja. Ellos cumplían con un período de nueve meses de maniobras en medio del campo, cargaban con una mochila pesada en la que llevaban -además de sus efectos personales- una parte del rompecabezas que era armar las carpas de campaña. Cuando regresaban al cuartel, siempre tenían que estar listos para el combate. Dormían vestidos, con sus armas cargadas al pie de la cama. Si surgía algún problema, eran los primeros en salir. Los chóferes iban siempre con la pistola cargada y la relación entre soldados y superiores, era muy buena, contrariamente a lo que sucede normalmente.
El uniforme de salida

Una mañana apareció el encargado del depósito de Intendencia Sgt. Ay. Elpidio Inolfo Godoy (alias ?El tordillo?) con sus ayudantes, los soldados Jorge Zeballos y Víctor Ramos. Los tres formaban un equipo muy sólido, les gustaba recibir ropa pero no canjear. Cuando alguien iba pedirle el canje de alguna pilcha porque estaba rota o gastada, el tipo lo sacaba zumbando. Godoy siempre tenía excusas para no aceptar canjes, pero cuando iba al taller era de lo más amable y cordial. Pedía que le lavaran el auto, o le cambiaran aceite o le limpiaran las bujías, pero para él, siempre estábamos ocupados y tenía que recurrir a nuestro jefe, el Principal Horacio Barrandeguy o en su defecto al que le seguía, el Principal José Antonio Torni. Lógicamente, siempre le hacían un lugar al tordillo, pero nunca un soldado satisfizo su pedido directamente, lo que sí hacían con otros suboficiales. Nuestros jefes sabían de nuestra actitud, pero jamás nos dijeron nada. Ellos conocían el paño mejor que nosotros.

Un día Godoy se apareció con un montón de ropa marrón terroso para que nos probáramos los trajes de salida. En el montón, había que encontrar la medida para cada físico. Era divertido, porque el gigante Nicolás Espinosa -uno de los chóferes del colectivo- no encontraba nada a su medida. Trajeron lo más grande que había en el depósito general de Intendencia y no le andaba. Lo mismo ocurrió con Modesto Casadei y el "negrito" Fernández, pero a la inversa. Eran tan chiquitos que todo lo que se probaban les sobraba por los cuatro costados. La mayoría de estos casos terminaron en la sastrería, pero otros se llevaron las pilchas a sus casas para que la madre, alguna tía o vecina modista se las arreglaran. El que estaba a cargo de la sastrería era el Cabo Manuel Mercado, un tipo joven, pero de cuarta. Siempre nos decía, entre dientes a los del interior que éramos unos "Cabecitas negras" (como si él fuera muy blanco y porteño). Cargado de resentimientos y de un intelecto muy bajo, daba la impresión de que le faltaba la dentadura inferior, lo que hacía que su boca formara un arco hacia abajo dando el aspecto de un tipo que andaba oliendo mierda. Cuando se produjo la primera baja lo cambiaron de destino y en su lugar vino otro suboficial de nuestra edad, que para nosotros era un soldado más. Pero claro, éramos soldados viejos y él siempre andaba seco y vivía mangueándonos.

Aromas traicioneros

Los edificios de todas las compañías son similares. A la entrada hay un pasillo (hall) muy amplio; a la derecha está el Detall y a la izquierda el depósito de armas y municiones (armería). Más adelante hay otro pasillo, o sala de estar, y a la derecha se entra a los baños (duchas y cuatro retretes); a continuación hay cuatro habitaciones chicas, dos a la derecha y dos a la izquierda, las que teóricamente ocupan el oficial y suboficial de semana respectivamente. Luego le sigue la "cuadra" o dormitorio, donde están todas las cuchetas camas de los soldados. Por la noche, de 22:00 a 06:00 de la mañana, se instala en la puerta de entrada del dormitorio un puesto de guardia a cargo de un soldado de la compañía. Esta guardia, cuyos turnos son de dos horas, se la denomina "imaginaria" y su obligación es vigilar el sueño de toda la compañía.

Los baños internos solamente podían usarse durante la noche, y en tanto que de día había que usar los sanitarios externos instalados en las cercanías de las compañías, independientes de éstas. En una ocasión, estando nuestra compañía de retén , al soldado Boggini le vinieron ganas urgentes de evacuar. Calculando que no llegaba a los baños externos, no dudó un segundo y se mandó a uno de los baños internos. La atmósfera traicionera, hizo que el olor se extendiera y llegara a las mismas narices del Principal Paniagua, que siempre andaba husmeando por toda la compañía, además de romperle las pelotas a los furrieles. Paniagua empezó a seguir el curso del aroma hediendo y a medida que se acercaba al baño se ponía más intenso e insoportable. Apenas llegó a los retretes se encontró con el de la puerta trabada. Había encontrado al trasgresor, y comenzó a patear la puerta gritando: "¡Quién está ahí! ¡Salga de ahí! ¡Le ordeno que salga inmediatamente!"
El mismo Boggini contó más tarde, que se había mantenido en silencio esperando que Paniagua se fuera y poder zafar del baile. Y efectivamente, dice que oyó que sus pasos se alejaban, pero enseguida escuchó ruido de tachos e inmediatamente una canilla que se abría y llenaba el balde con agua. Seguidamente volvió a oír los pasos que se acercaban sigilosamente y cuando menos lo esperó sintió el zampaso de agua que inundó todo el retrete. Despavorido abrió la puerta y salió corriendo. Fue cuando Paniagua soltó el balde y comenzó a perseguirlo gritando: "¡Cuerpo a tierra! ¡Salto rana! ¡Firme! ¡Flexiones! ¡Cuerpo a tierra!" El baile fue tragicómico, porque el pobre Boggini, además de cargar las cartucheras y el fusil, estaba todo empapado, y gordito como era, no podía aguantar mucho semejante milonga. Pero Paniagua no era un tipo tan jodido, y seguramente la situación le causó gracia porque no pasó a mayores, simplemente lo re-contra cagó a pedos y lo condenó a limpiar los baños toda la semana, además de la cuadra y no sé cuántas cosas más" A los dos días ya había otro castigado acompañando a Boggini en las tareas. El zapatero seguramente recordará la anécdota con más precisión, ya que fue su principal actor. Sin dudas él podrá agregar algún otro condimento a esta comedia grotesca, una de las tantas que se viven en la colimba.

MARCANDO TERRITORIO

El cuartel era "la viña del Señor", había de todo y para todos. Provenientes de las Provincias de Córdoba, Santa Fe, Buenos Aires y de Capital Federal, las diversas regiones de las que proveníamos estaban a la vista y marcaban las características particulares de cada una. Había un cóctel de capas sociales que iban desde lo más destacado intelectualmente hasta descender a un nivel de escasez cultural paupérrimo. En ese ambiente tuvimos que convivir, y se logró durante trece meses y trece días, seguramente debido al orden disciplinario, donde los huevos habían quedado en la puerta de entrada. De otra manera hubiese sido casi imposible. Desconozco los parámetros o estudios que utilizaban las fuerzas armadas para incorporar a los reclutas. Lo que sí sé es que los de Santa Fe proveníamos de toda la parte sur de la provincia, vale decir desde las localidades aledañas a la ciudad de Rosario como San Lorenzo, Ricardone, Las Rosas, Chabás, Casilda, Arequito, bajando hacia Firmat, Melincué, Godekën, San José de la Esquina, continuando hacia Elortondo, Murphy y las ciudades de Venado Tuerto y Rufino y todas las pequeñas localidades que circundan a éstas, como María Teresa, Christophensen, Diego de Alvear, Sancti Spíritu, Amenabar, Maggiolo. En tanto los cordobeses provenían de Río Cuarto, La Carlota, Laboulaye y algunos pueblos como La Cesira, Alcira, Gigena, Higueras, Achiras además de algunas otras localidades más sureñas como Canals, Arias, Alejo Ledesma. Curiosamente ninguno provenía de las ciudades de Rosario y Córdoba, los centros urbanos más grandes de estas provincias. También había soldados del norte de La Pampa, más precisamente de Huinca Renancó. Luego estaban los de Capital Federal y los alrededores de la Provincia de Buenos Aires. Tanto los porteños como sus vecinos de la provincia, creían que los santafesinos proveníamos de esos distritos, y nos consideraban uno de ellos en la disputa que tenían con los cordobeses. Éramos la salchicha del pancho.

EL RANCHO

Era costumbre del Capitán Sánchez pasarse horas en el taller observando silencioso los trabajos que cada cual hacía, y aunque no entendía un porno de mecánica, se mostraba interesado en aprender. Era un tipo muy especial. Disciplinado al máximo, con alma de milico y objetivos claros. Buscaba permanente el bienestar del soldado. Lo mismo hacía con las otras dependencias. Por ejemplo, iba muy seguido al rancho; dejó trascender muchas veces que se sentía muy mal porque los soldados del Cabo Donde trabajaban prácticamente a la intemperie. La cocina era un tinglado rodeado de lonas mugrientas de aspecto deplorable y ausente de higiene. Encima se cocinaba con leña, lo que hacía que el ambiente estuviera permanentemente impregnado de humo. No había gas ni querosén. Esto se debía a que la cocina originaria estaba totalmente destruida y aunque había un proyecto para su reconstrucción, no había presupuesto. Ignoro si con el tiempo se concretó la obra, porque hasta que nosotros nos fuimos de baja en marzo de 1964, todavía se cocinaba en el mismo lugar y con la misma precariedad. Cómo sería el sector donde trabajaban estos soldados, que
Rancheros
cuando venían a dormir (a veces bastante encopados) se oía el rezongo de los que dormían: "Cagamos, llegaron los rancheros" A decir verdad, los rancheros eran muy kilomberos. Llegaban muchas veces pasados de copas y había que aguantarlos. Pero aunque lo hicieran en silencio, el olor a humo fuerte y penetrante que traían los delataba porque impregnaban todo el ambiente. Estos muchachos merecen un capítulo aparte, porque, además de ser del sector más sacrificado de toda la compañía, las cosas que sucedían en ese ambiente no creo que pasen en otra parte. Los rancheros "eran únicos". El capitán Sánchez se encargaba de marcar esta situación cada vez que tenía la oportunidad para llamarnos la atención sobre nuestro comportamiento indisciplinado. Los ponía siempre como ejemplo por su trabajo sacrificado e insalubre. Esto ponía en evidencia su bronca de no poder concretar su proyecto para mejorar las condiciones del rancho. Tal vez el Capitán haya intentado hacerlo, pero era un oficial subalterno y su influencia era limitada. A la superioridad poco le importaba la situación del soldado y no había presupuesto para gastar en una cocina modelo, pudiéndolo seguir haciendo con un medio precario como el existente.


ESTACIÓN LAVADO Y ENGRASE

El soldado Miguel Ángel Roveda (Alcira, Gigena, PCba) tenía a su cargo del mantenimiento del Fiat 1100 del Capitán Sánchez. Estaba continuamente pasándole la aspiradora y la franela, a tal punto que uno podía peinarse perfectamente como si fuera un espejo. El negro hacía facha con su laburito, y se esmeraba por hacerlo bien porque se corría una fija que salía en la primera baja. Pero lamentablemente no pudo ser. El que la ligó fue el soldado Agustín Klerk, un ruso muy laburador, que ponía el mayor empeño en su trabajo. Era de la Provincia de Misiones pero transitoriamente vivía en Los Polvorines. El gringo tenía dos hermanas que daban la hora antes de tiempo y los muchachos se atropellaban para que el ruso los invitara un fin de semana a su casa para conocer a las pibas. Los que tuvieron la suerte de ir dijeron que las chicas eran unas rubias muy lindas, de cabellos largos hasta la cintura y ojos celestes transparentes. Pero Agustín era un tipo de pocas pulgas y un celoso guardián de sus hermanas. Según parece, el último colimba que invitó a la casa se pasó de la raya; lo sorprendió justo cuando atropellaba a la hermana mayor. Según comentarios, el gringo indignado se le tiró encima al colimba y tuvieron que sacarlo entre cuatro porque lo estaba cogoteando al hijo'eputa que se atracó la hermana. Desde ese día nadie se interesó por ir a Los Polvorines. Versiones, simplemente versiones.

También andaba por ahí el gringo Héctor Merlini, un muchacho muy temeroso y de pocas luces. Estaba permanentemente trabajado y no quería saber nada con meterse en cosas raras (salidas clandestinas, hacerse la rata, refugiarse en algún depósito para fumar y tomar mate, u otras picardías de colimba). Según se desprende de sus comentarios después de la baja, el haber hecho el servicio militar le sirvió de apoyo para la vida civil, porque le hizo ver y vivir cosas que de otra manera no las hubiera hecho. El soldado Juan del Filiol (de Huinca Renancó, La Pampa) también era un tipo muy activo y nos cubría las espaldas cuando junto al "negro" Rovera nos mandábamos a mudar diciendo que estábamos "en comisión". Hacíamos cualquier cosa con tal de no hacer nada y pasarla bien. Yo estaba encargado de los vales de combustible (nafta, gasoil, aceite) y teníamos una oficina en la parte trasera de lavado y engrase. Era un lugar especial para tomar mate y hablar al pedo. El Sgt. Ay. Antonio Allegretti era el encargado de esa sección junto al Sgt. Nicolás Corzo y el civil N. Rodríguez. ¡Tomaban mate todo el santo día! No había manera que dijeran "¡Basta!" A veces le calentábamos la bombilla con el vapor de la pava, pero igual no se daban por vencidos. Dejaban enfriar y luego continuaban tomando. Los primeros mates eran estimulantes, pero ya más adelante pasaban a ser laxantes y finalmente para el retrete.
Tracción Mecánica

Siguiendo con el sector Tracción Mecánica al que yo pertenecía, estaban también Antonio Pace de Máximo Paz, PStaFe, el gordo Carlos Leale y Carlos Di Pascuale de Venado Tuerto, PStaFe; Oscar Soteras de Vicuña Mackena, PCba, encargado del depósito de herramientas. De la sección "chapa y pintura", cuyo jefe era el Sgt.Ay. Obdulio Ávila, estaban Juan Carlos Martini de Laboulaye, PCba, Gerardo Richard de Capitán Bermúdez, PStaFe, un peligro total. Richard era muy buen chapista, pero había que seguirlo de cerca porque si lo dejaban solo era el caos. Un petiso muy tarambana. No tenía dos dedos de frente y siempre andaba jodiendo a los demás. En las formaciones, al que estaba delante lo jorobaba tocándole el culo, a veces con un palo o lo que tuviera a mano. Cuando al suboficial de semana le agarraba la locura y comenzaba a bailarnos a los gritos y pitazos, este Richard era tan chiquito que se escondía atrás de las camas donde nadie lo veía y se cagaba de risa de todos nosotros. No se podía contar con él para hacer algún reemplazo de guardia, porque por más que se pagaba por ello (en efectivo, cigarrillos o lo que fuere) el tipo nunca aparecía, entonces gran quilombo gran.

También estaban en Tracción Mecánica los soldados Ángel D'Onofrio de Caseros, PBsAs, Norberto Escudero de Río IVº PCba, Rubén Spessot de Firmat, PStaFe, actualmente radicado en Ramallo. Spessot vivía rezongando y quejándose de lo que le pasaba. Cuando convocaron a que se anotasen quienes querían ir a la Antártida, Rubén se alistó porque quería irse al carajo, no soportaba la colimba. Finalmente no se fue a la Antártida, desconozco los motivos. Lo que sí se es que era muy buen electricista y ya en aquél entonces incursionaba en el aprendizaje de aire acondicionado. Este grupo estaba a cargo del Sgt. Alfredo de Negris, que era un soldado más, no tenía alma de milico. Los chapistas y pintores eran unos vagos totales. Siempre tenían algún auto que emparchar o pintar y generalmente trabajaban hasta muy tarde en la noche de acuerdo a la necesidad que se tenía del vehículo. Un día apareció el Tte.1º Jorge Arturo De Vicien con su NSU Prinz, un autito alemán chiquitito, de mecánica muy complicada. Había tenido un pequeño roce y quedó medio estropeado de chapa y pintura. Ese auto sirvió para que durante toda una semana los tipos volvieran solamente a dormir a la compañía, porque comían unos suculentos asados (con bebidas espirituosas incluidas) que por orden (o sin ella) del Tte. 1º les entregaba el soldado carnicero Antonio Carlos Troilo (el gordo), que en la vida civil tenía carnicería. Troilo era de Hinca Renancó, pero estaba radicado en Tigre. Era sobrino de Aníbal Troilo y en varios aspectos, muy parecido al gordo tanguero. Tranquilo y de hablar pausado, con una voz ahogada, el gordo trabajaba fuerte por la mañana cortando las reses con otros soldados que lo secundaban, pero el resto del día era un duque. Además los tenía a oficiales y suboficiales agarrados de los huevos. Todos se llevaban suculentos recortes de carne de primera calidad. A la mañana temprano llegaban con los portafolios flacos que los asistentes dejaban en la carnicería (Los suboficiales de grados inferiores iban personalmente a la carnicería, no tenían ningún problema) Cuando por la tarde se retiraban, las carteras parecían preñadas de lo infladas que estaban. Se llevaban kilos de carne para toda la semana. Raúl Alberto Gastaldo, otro de los sondados carniceros, también de Huinca Renancó. Gastaldo falleció por incompatibilidad para recibir un trasplante de médula. Gracias a él muchos soldados de Tracción Mecánica conseguían carne para hacerse unos suculentos asados, mientras el resto tenía que conformarse con sopa, locro y polenta. Otra manera de conseguir carne era cuando surgía algún problema o emergencia y el oficial a cargo salía de recorrida fuera del cuartel. En las cercanías de Don Torcuato iban al matadero y se proveían de gran cantidad de carne para la guardia. En el taller había una ambulancia fuera desuso que servía de de cocina y matera. A veces hacíamos un rejunte entre nosotros (una especie de cooperativa) uno iba al rancho, el otro a la carnicería, otro más a la panadería, alguno al casino para alguna botella y hacíamos unos guisos suculentos. Esto era normal cuando estábamos reparando algún auto, entonces el dueño aportaba algún tinto. El único inconveniente era que no se podía disimular el olor a comida. Un día estábamos preparando un manjar que despedía un olor riquísimo. Era hígado con cebolla, ajo y otras verduras. Dos oficiales que estaban de recorrida entraron para averiguar qué estábamos cocinando, a lo que alguien respondió: ?Lo que usted está oliendo, si quieren prenderse, lo único que hace falta es el vino?. Estuvieron un rato conversando sobre los trabajos del taller y luego siguieron la recorrida. Al rato llegó un soldado de la guardia con dos botellas de tinto.

A los del sector lavado y engrase nos proveyeron un mameluco de lona que nos venía muy bien porque nos protegía del frío y evitaba que nos ensuciáramos la ropa de fajina. A mí se me había ensuciado con grasa, entonces se me ocurrió lavarlo con nafta. Lo lavé dos veces y quedó una pinturita, entonces lo puse a secar al sol estirado sobre el pastito. No era fácil secarlo y al estar impregnado había que dejarlo un buen tiempo al aire para que se evaporara todo vestigio de nafta. En eso estaba cuando apareció el petiso Richard junto con Norberto Pereyra ¡cuándo no!, tuvieron la brillante idea de tirarle un fósforo. ¡Para qué! Agarró fuego y al instante quedaron las cenizas. ¡Qué quilombo! Me los quería comer crudos a los atorrantes que se cagaban de risa. Por eso en la primera salida que tuve, me fui hasta Caseros a "La chinche" y me compré un equipo similar para poder devolverlo al depósito del Sg.Ay. Godoy.

EL COLECTIVO

El colectivo, que era conducido por los Soldados Félix Crisol (Río IV-PCba) y Nicolás Espinosa (Armstrong PStafe), hacía un recorrido diario para traer a oficiales subalternos y suboficiales que vivían fuera de la zona de San Miguel. El Sgt. Ay. Horacio López estaba a cargo del grupo, y era muy celoso de su trabajo. Si se hacía algo mal o no era de su agrado, tenía la costumbre de tomar al soldado de la visera del casquete y le pegaba un cabezazo. Al principio nos tomaba desprevenidos, pero con el tiempo todos sabíamos lo que se venía entonces apretábamos los dientes y esperábamos acusar el golpe.

El colectivo dejaba a los oficiales frente al casino; allí los esperaban sus asistentes que tenían las pilchas y borceguíes listos para que se cambiaran (venían vestidos de civil). Después cada uno iba a su lugar de actividades y el asistente recibía las directivas del día. A veces los asistentes hacían tareas dentro de la escuela, otras salían en comisión, o directamente se volvían a sus casas hasta la tarde o el día siguiente según lo ordenara el superior. En tanto los chóferes iban al taller, revisaban el colectivo y lo dejaban en condiciones para la próxima partida. Si no había que reparar y/o acondicionar algún desperfecto o avería, se tomaban un descanso.

AZULES Y COLORADOS 

Cuando el 2 de abril de 1963 se reinició la pelotera entre ?Azules y Colorados?, la Escuela Gral. Lemos fue el centro de operaciones, razón por la que muchos regimientos acamparon en las inmediaciones de la guardia principal, donde armaron el vivac, mientras los oficiales se acomodaron en el casino. La llegada masiva de personas que se instaló en las dependencias de la escuela, dio origen a los inconvenientes que comenzaron a surgir en las instalaciones de agua y cloacas. Había una mayor demanda de agua que no llegaba a todas las dependencias, de manera que hubo que aumentar la presión, razón por la que muchos caños no resistieron y reventaron. Era una instalación de más de 25 años. Esto provocó la falta de agua e inundaciones internas a causa de taponamientos y/o rotura de caños. De manera que hubo que comenzar a cavar en distintos sectores donde se presumía podrían estar las averías. Tampoco había que perder tiempo dado las circunstancias que se estaban viviendo y el solo hecho de baños inundados y falta de agua originaría un caos difícil de sostener mucho tiempo. Inmediatamente nos llamaron a formación y comenzaron a nombrar a los soldados para este trabajo. Lo que nos llamó la atención fue que nombraran a soldados que hacíamos trabajos rurales. Un oficial nos comentó más tarde porqué nos habían elegido para esta tarea y las razones que esgrimió fue que entre todos los que estábamos en la compañía, había muchos que eran de la ciudad y ni siquiera sabían agarrar una lapicera, mientras que los del campo sabíamos cómo manejar una pala. Con el tiempo este tipo de trabajos resultaron comunes, especialmente en épocas de lluvia, cuando se producían inundaciones y había que salir pala al hombro para hacer canaletas de desagüe. En esta ocasión, en la que se habían acantonado en la Escuela los azules comandados por Juan Carlos Onganía, el problema era mucho más grave porque estaba afectando las instalaciones edilicias. Una noche de mucho frío estábamos trabajando con el agua hasta la cintura. Mientras nos manteníamos en movimiento el frío era soportable, pero apenas hacíamos un alto, ¡mamita querida! ¡Que agarrotamiento nos agarramos! Recuerdo que trajeron unas lonas para atajar el viento pero era igual que nada, el frío era muy intenso. Entonces le pedimos al Sgt.Ay. Félix del Castello, que estaba a cargo de la obra, que nos consiguiera algo caliente, café, mate cocido o alguna botella de whisky, coñac o ginebra para calentarnos y levantarnos el ánimo, pero el viejo no se animó. Tenía miedo que nos pusiéramos en pedo y se nos saliera la cadena. Además era un momento jodido porque -como dije anteriormente- estaban los capos del ejército acantonados en el casino de oficiales y no era cuestión de andar haciendo macanas.

Durante esos días, cerca del mediodía, el General Onganía con su edecán y dos soldados, salió a recorrer la escuela. Cuando pasó cerca de adonde estábamos trabajando, se acercó para conversar con nosotros, que por supuesto nos cuadramos y saludamos como corresponde. Se interesó por el trabajo que estábamos haciendo y le explicamos la situación, entonces preguntó qué necesitábamos y nos escuchó atentamente. Enseguida sacó una libreta del interior del saco e hizo unas anotaciones, arrancó la hoja y se la pasó a uno de los soldados. Inmediatamente nos felicitó y siguió su recorrido. Antes de partir recuerdo que nos dijo: "Soldado cagón, no coge mujer linda" Al rato apareció un grupo de soldados con lo solicitado.

DE LOS SUEÑOS Y LOS RECUERDOS

Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es disfrutar dos veces. Ella no te necesita. Tiene tu recuerdo, que vale más que tu. Los hombres pasan, los recuerdos quedan, como quedan las obras de los que hacen algo. Los recuerdos son imágenes de nuestra mente y sentimientos en el corazón. Vivencias que se disfrutaron al máximo en el momento en que ocurrieron. Aprende a gozar de cada instante de tu corta o larga vida. Solo los sueños y los recuerdos son verdaderos ante la falsedad engañosa de lo que llamamos el presente y la realidad. No hay presente: Todos los caminos son recuerdos o preguntas?...los hombres viven del olvido; las mujeres de ilusiones. Cuando joven, de ilusiones; cuando viejos, de recuerdos. Legamos nuestro amor a nuestras mujeres; recuerdos a nuestros hijos, pero en los campos quemados por la envidia y el odio, a los amigos legamos el caminar juntos. Las palabras se las lleva el viento. Los recuerdos se los lleva el tiempo. Todavía te recuerdo, año de milicia.
El corazón es un cofre que encierra el tesoro de los recuerdos imborrables. Se debería abrirlo más seguido para disfrutar de ellos. Grandes recuerdos y nobles enseñanzas me dejaste. La vida es una constante ruleta de fracasos y decepciones, de tristezas y de lágrimas. Sin embargo, también existen los buenos recuerdos.

A todo esto, el tiempo fue pasando. Se pusieron de acuerdo los oficiales, los sub oficiales, y cada uno tuvo la oportunidad de pasarla con los seres más queridos. Los más jodidos fueron aquellos a los que le tocó hacer guardia. Ya sea porque no consiguieron quienes se queden a cubrirlos, por plata o amistad.

En la enfermería, para Navidad, Miguel Ángel Luciani (Ninín), de San Lorenzo, y Juan Barotto, de Gigena, pusieron la cama contra la puerta de entrada, para que no pudiera entrar nadie. Estaban con doble sueño:lo que habían tomado, la nostalgia de estar fuera de sus casas, ver esos fuegos artificiales, las vivas y hurras de los vecinos del cuartel, los de la caballería con los animales asustados y con peligro de lastimarse.

El capitán Pellejero, muy amante de la equitación venía a ejercitarse todos los días. Todo un caballero. Entre el día 26 y 27 de diciembre de 1963 fueron volviendo los soldados y oficiales. Caras alegres, buenas noticias.¿La familia bien? ¿futuros integrantes? - el novio de mi hermana mordió el anzuelo. Un buen partido. Trabajador y gaucho. ¡No arruga así nomás! - decía uno, y muy contento cada uno contaba las novedades. "Cuando nos den la baja nos casamos", decía otro. Y mientras nos contaban las buenas noticias, comíamos salamines caseros y otras cosas lindas que trajeron de sus casas y todos disfrutamos, hasta un litro de vino tinto mendocino, regalo de algún tío recién casado que se acordó del ahijado en su viaje de bodas. ¡Con el sobrino, el apellido estaría a salvo!

Los furrieles respiran tranquilos. Los nenes de mamá fueron a casa a pasar las dos fiestas y los secos sin plata aprovecharon esos días para juntar unos pesitos y tirar hasta la baja definitiva. Faltaba poco más de dos meses, los más largos, más aburridos?.ya venían los reemplazantes y nosotros, los viejos, hacíamos guardia, nada más. Andábamos más aburridos que choque de tortugas. Para comer teníamos que rebuscarnos. Lo más lindo era mortificar a esos pobrecitos soldados nuevos, tal como hicieron con nosotros un año atrás. Le sacamos el correaje a un oficial. El miedo y el desconocimiento hacían el resto; y siempre había alguno con estampa de oficial y voz de mando! "¡a correr alrededor mío!¡A salto rana!¡la vuelta a la manzana!" etc. A las viejas compañías que fueron nuestra casa en esa etapa de nuestra vida, los oficiales y suboficiales nos corrían porque les transmitíamos "malas ondas" (o sea, les enseñábamos todas las mañas) a los nuevos. Ahí aprendían cómo hacer de ahí en más como soldados, no pasarse, ni quedarse corto.

Los soldados nuevos completaron sus experiencias y podían hacer guardia o lo que fuera. Nosotros habíamos cumplido la cuota.

Llegó el ansiado momento. Volvíamos a ver nuestras libretas. 13 meses y 13 días nos llevó ese trámite. Última guardia: quinta del ministro, y a ponerse la ropa de civil. Volver a ser el pibe alegre y despreocupado; a trabajar, a pensar, formar una familia, cuidar esos descendientes, enseñarles a ser útiles a la sociedad, o mejor que nosotros. Hubo una formación, palabras finales del director, con la libreta en mano se inicia el desbande. Con algunos, nos veríamos seguido, con otros, nunca más, pero todos presentes en ese recuerdo. Petizo, alto, gordo o flaco, pero siempre presentes. Compartiste con el resto tus penas, alegrías, y esperanzas. ¿Nos volveríamos a ver alguna vez? Dios y el destino lo dispondrán. Y en el rincón más impensado, volver a encontrarnos; estrechar tu mano callosa a ese ser que compartió parte de su vida junto a vos. El destino nos lleva a nuevos lugares, por distintos caminos, o algunos, quizás, en una noche de brillante luminosidad nos esté mirando desde el cielo, y guiñando un ojo, nos diga: "soldados".duerman y sueñen tranquilos, que yo velaré por ustedes y sus recuerdos. Que nunca se apague esa luz, la necesidad de encontrarnos nuevamente. Hoy vienen acompañados por un hijo, un yerno, o un nieto, a mirar, 50 años después, a ese cuartel donde fueron parte, ese cuartel que fue cuna de presidentes; y contarles que hicimos guardia en ese puesto de guardia, y en el otro, mas lejano, "quinta de ministro", que ahí transcurrió parte de nuestra juventud y que ahí quedaron gran parte de nuestros recuerdos. Me acuerdo de todos, aunque con el paso del tiempo, involuntariamente se me fueron borrando los nombres de algunas personas, a otros los borré por mal compañeros, traicioneros y amarretes, y con la mayoría guardo hermosas vivencias que compartimos cada vez que nos encontramos en algún asado dominguero.

LOS COMPAÑEROS, SUS OFICIOS, Y ALGUNAS ANECDOTAS

El negro ROBERTO era chofer. Tenía un camión  a su cargo, y le gustaba hablar grandezas, siempre ufanándose de que él era el mejor. Por práctica y conocimientos, nadie ponía en dudas sus dichos. En  la vida civil fue encargado de una fábrica de pastas en Capitán Bermúdez.   En la fábrica, tenía bajo sus órdenes a  varios empleados, y durante los días de trabajo no quería que le tiraran el fideo; pero  los sábados y domingos tenía otra ocupación: era referí  de la liga rosarina y fue encargado de dirigir partidos importantes, como semifinales y finales. ¡Qué responsabilidad! le pagaban los pasajes en avión o colectivo a él y a sus dos compañeros hasta Tucumán y Salta,  de donde lo requerían distintas asociaciones. Según versiones, en una oportunidad tuvo que utilizar toda su energía y batir todos los records. El negro Roberto, como sabemos, es alto, muy flaco  y de andar ligero, y en esa ocasión tuvo que saltar unos tapiales. Parece ser que antes de salir de Rosario, ya había cobrado y durante el partido tuvo algunos errores. Errores que la hinchada no perdona, especialmente tratándose -como en este caso- de una final. Sabido es que en esos partidos se juegan muchos intereses no solamente deportivos, sino también económicos, cuyos resultados pueden resultar fatales.

Según dicen, los hinchas más calentitos, no quedaron muy conformes con el arbitraje y lo querían  comer crudo, pero como las hinchadas se olvidan  enseguida, al igual que los políticos y el tiempo sigue andando, a la semana siguiente hubo otra final, y  todo se había olvidado y vuelto a la normalidad.  Algunos, los que perdieron algunos pesos o pagaron  algunos asados bien  adobados y regados con buenos vinos, les dejaron al negro muchos saludos por varias generaciones. ¡Qué culpa tenia la pobre madre!

En nuestra compañía teníamos otro árbitro. Hugo Rosa Juárez, de Huinca Renancó, Provincia de La Pampa. Siendo soldado estaba a cargo de la bomba de agua que proveía a toda la Escuela General Lemos. Tenia varios soldados a su cargo, y ese puesto  estaba rigurosamente vigilado las 24 horas del día: por si se llenaba el tanque principal o por si surgía algún otro problema de abastecimiento. Además de tener que estar ahí, tenía una peluquería adonde concurrían algunos oficiales y sub-oficiales que hasta ¡se hacían afeitar con navaja y salían  lustrosos y perfumados!  A Hugo, que respondía   a  las filas de Félix  Del Castello y  José Ramón Camusso, lo acompañaba  Martín  Corapi, que durante la colimba supo vivir  en Ensenada, Provincia de Buenos Aires. Luego se trasladó a Rosario donde la muerte lo  sorprendió  a los 69 años. Estaba encargado del mantenimiento del servicio cloacal y las cañerías de agua y sus accesorios (canillas, duchas, desagües) de toda la escuela.  
Víctor Osvaldo Gariz, de Boulogne, Provincia de Buenos Aires, tenía como pasatiempo asistir al hipódromo de Palermo y probar suerte jugándose unos pesos a las patas de algún caballo que era la fija de ese día. Uno que lo acompañaba era Lorenzo Benigno Barroso, de Villa Dolores, Provincia de Córdoba, capital de la papa.  Su pasatiempo es la pesca. A veces  pesca algún resfrío y otras veces, las menos, trae algo para la sartén.  Si lo visita algún amigo, lo convida con distintos tipos de escabeches y vino casero.  Cuando hacía falta, lo ayudaban Osvaldo Moreda y  Santiago Antonio Mercado, de Achiras, Provincia de Córdoba, my cerca de Rio 4º. También había otros, que andaban  dando  vueltas por la escuela y se hicieron  ver antes de tiempo y los mandaron a trabajar.    

LA CINCHADA DE CAMIONES

Un día en el taller mecánico se estaba gestando un desafío entre los choferes y acompañantes de los camiones.  Había distintas marcas y modelos. No fue difícil que se  armaran las yuntas: los FIAT, los UNIMOG, Mercedes BENZ  Y OTROS… trabajaron los mecánicos  para ver cual se paraba  o lo arrastraban. El negro iba de un lugar a otro metiendo púa, los mecánicos tratando de darles más potencia  aumentando el caudal de la bomba o de los distintos cruces para así aumentar la R,P,M. Revoluciones por minuto, los cajistas estaban pendientes de qué relación de engranajes iba y con qué llanta y cubierta,  y el resto colaborada armando las cadenas o lingas para hacer las cuartas con las que se iba a tirar en la cinchada. Había que tener en cuenta varias cosas: como por ejemplo,  que el día elegido no quedara ningún oficial. Con los suboficiales era otra cosa. Estaban acostumbrados de ver  una o dos veces en el año, por cada clase que pasaba por la escuela. Ellos no veían ni escuchaban nada, pero el peligro era que algún  milico de los nuestros, o algún chupa medias, podía ir y contar lo que estaba pasando a un oficial. El negro, que estaba muy  seguro  con la organización de la cinchada o pulseada, vio el “negocito”, y hasta organizó una  venta de boletos para apuestas, tipo carrera de caballos. Si los ganadores de los boletos cobraron no lo supe porque el día  que se realizó yo no estaba en la escuela.  A los suboficiales esto les gustaba, pero no lo  manifestaban. Ellos decían que estas travesuras no perjudicaban porque hacían que los choferes  y mecánicos se esmeraban y tenían argumento para una situación real.

EL  sabio calla, el inteligente discute, el idiota grita, entonces quien soy en este momento

 RECUERDOS DE UN AMIGO

Dicen que nada es eterno. Y aunque sé que todo tiene un fin, los recuerdos son para siempre. Hice el servicio militar y en general nos enseñaron a querer y defender nuestra  patria, pero a su vez, a respetar a los pueblos y naciones vecinos y a sus caídos. En la batalla, lo más importante es vencer o morir, pero siempre y cuando sea con honor y respeto al enemigo, porque en el campo de batalla ambos son dignos héroes. Hice la colimba. Y eso significa “corré, limpiá, barré”. En la milicia estuve incorporado desde el 10/02/1963, hasta el licenciamiento total de la clase ‘42, el 23/03/1964. En total 13 meses, y 13 días. Y volviendo a la vida civil habiendo conocido la vida militar, podemos decir que como  en todas las  cosas, no es posible afirmar que todos estuviesen  equivocados  o que todos estuvieron acertados. Hice la colimba, y me cortaron el pelo. Cuando estuve frente al peluquero, al pasar, le repetí lo que me  decía mi abuelo, que era un genio: “Hijo, ni tan peludo que no se le vean los ojos, ni tan pelado que se les vean los sesos”.
Vive la vida tal  y como quieras, hasta que  la misma  te  pase la cuenta.

OCUPACIONES DE LAVIDA CIVIL: 

CAMIONEROS

El chofer Pascual DE GREGORIO  tenía camiones en la zona de TIGRE y el delta; y fleteaba   madera de álamos hasta los distintos aserraderos del lugar y siguió con  ella hasta su muerte por un cáncer fulminante. Su hijo continuó con la empresa, haciéndose muy conocedor del lugar. Pascual era muy amigo del negro MIGUEL ANGEL ROVERA,  DE  ALCIRA GIGENA. El negro viajaba a QUILMES BS AS  trayendo cerveza QUILMES y la distribuía de la zona de RIO 4 hasta BERROTARAN. En  GIGUENA se producía el cambio de choferes y  seguían con el reparto. Los más viejos de la familia a penas completaban los pedido, subían  los que estuvieron descansando, y a QUILMES NUEVAMENTE! Al camión le habían puesto un lindo cartel pintado, en el que se podía leer claramente “TOMO Y OBLIGO”, y no solo en mención al tango!  Al camión  lo tenían bien presentado, y también estaban muy actualizados con los vehículos de reparto, especialmente las chatas. Unas  F100, que por ser fuertes,  ligeras y  agiles,  las cargaban bien cargadas y encima, le enganchaban un carrito de dos ruedas, como para que la logística sea bien aprovechada.

FELIX CRISOL   era de RIO 4 tiene dos camiones un 350 y otro grande enganchados se dedica  a transportar pollos listos  para comer  y trae o lleva huevos y pollitos a los distintos criaderos y abastecedores o peladeros de la zona.  También sabía  dedicarse al transporte de jamones y bondiolas para distintos frigoríficos.  Eran fiambres que tenían que estar en cámaras un tiempo determinados para que tomen el gusto y sabor; y eso se lograba con el estacionamiento en la luneta delantera, donde se ponen tacos, cadenas o cuartas para  el remolque del camión en caso de averías o alguna rotura. Félix había escrito una frase muy oportuna, alusiva a su actividad: “NO ME ROMPAN LOS HUEVOS” 

ARTURO DEVIASI vive en BERROTARAN y tiene barios equipos enganchados, con sus choferes.  Generalmente trabaja en la zona de VICUÑA MAQUENA CBA. En ese lugar, el amigo y compañero de milicia Oscar SOTERAS tenia una gomeria, en la cual un día  estaba reparando una cubierta y al desprenderse  aro le dio en la cabeza matándolo en el acto.

JORGE SAMBONI era de San José de la Esquina, Santa Fe. Tocaba en la banda de música de la escuela GRAL LEMOS
El que también manejaba el colectivo, era NICOLAS  ESPINOSA, pero duró poco!  Nomás tuvo un choquecito  y lo mandaron a otro lado, siendo reemplazado por JORGE.

LA BANDA DE MUSICA

La Banda de Musica de la Escuela General Lemos, era una de las más numerosas de Campo de Mayo. Verlos tocar y actuar era un espectáculo muy limdo. Ensayaba todos los días ,estaban un buen rato calentando los instrumentos, se ponían de acuerdo y arrancaban a la voz de ..”MARCH”... y siempre  tocando las notas del pasodoble de Vicente PADILLA: “El gato montés”. Desfilaban. Llegaban hasta un montecito, cerca de las caballeriza y se paraban. Allí estaban buscando el solfeo o nota perdida, volvían la cuadra y de allí descansar. La vida que llevaban ellos era muy distinta a la nuestra. Encabezaban los actos patrios de distintos lugares que requerían su presencia, eran los más mimados, los soldados cumplidas sus obligaciones quedaban libres un rato podían charlar con chicas y chicos en todos los lugares, los convidaban con café y las exquisiteces que preparaban las madres: pastelitos, tortas etc. Y de ahí  volvían al cuartel. Algunas veces les daban unos días de franco. Los del interior habían formado una orquesta, ¡tenían un cantor y todo! el acordeón lo ejecutaba EDGARDO PITIN ROSSIA. Él era de  MONTES DE OCA,  SANTA FE, y de ese pueblo no solo es Abbondazieri, el ex arquero de Boca Juniors, sino también el capitán PELLEJERO. Los soldados iban a tocar en todas fiestas que organizaron  los oficiales y sub oficiales. Si requerían su presencia, iban a casamientos, cumpleaños etc. La pasaban muy bien y algunos pesitos traían.

Otro que estaba en la Banda, era JESUS FERREYRA. El vivía (y vive) en MELINCUE, un pueblito chico y famoso, con una laguna con aguas curativas y un hotel  y casino. En la milicia, era furriel y se encargaba de la agenda, y de las notas.

AMERICO RAMADU, muy sencillo y servicial, era el asistente del maestro director. Era de Alcira Gigena.  PAREDES era el cantor. CAMILATO, que tocaba la flauta, era de Venado Tuerto; y FANTASÍA era del pueblo de Miguel TORRES,  que es un  lugar chico de muy pocos habitantes. Ahí  lo más importante era la estación de tren, que iba de Buenos  Aires a Bahía Blanca. BARUFALDI  era el comodón del grupo. Ahora a esa función en las nuevas bandas, se le llama “plomo”. Él tenia un tambo y vivía en el campo, pero se encargaba muy bien de que todas las cosas estén en su lugar, que los micrófonos anden, y que los atriles tengan las partituras para que la Banda siguiera sonando.

LA CHATA

LA CHATA era la parte más importante e higiénica del cuartel, quedaba estacionada en el galpón de la caballeriza y veterinaria con todos los arneses. Después de la formación los soldados encargados  iban al lugar, agarraban 2 caballos y los enganchaban a ella. Tenían que ir por todo el cuartel y levantar todos los restos de comida, para llevarlos al chiquero. Se necesitaban soldados corpulentos y para que los olores nauseabundos no los afectaran, se iban rotando entre varios.  Generalmente estaba HERALDO CAPELARI que era de Bulines, Córdoba. El tenía problemas con las piernas. No podía calzar los borceguíes, así que le daban  zapatillas comunes. Era un buen compañero, tenía su carácter y en oportunidades se le escapaba el indio que tenia escondido.

OSVALDO MARTINEZ era de María Teresa. Él se anotaba en todas. En la vida civil trabajó hasta que se jubiló como chofer del camión de Osvaldo Di Benedetto, en la fábrica de pulverizadores GOLONDRIN.  El OSVALDO (Martinez) era el encargado de transportar  las pulverizadoras hasta el depósito del futuro usuario y de vuelta aprovechaba los viajes, para traer hierros y demás cosas para la Fabricacion. 

EDUARDO COSIO era el encargado de hacer los alambres y como era grandote lo mandaban a levantar los tachos con la basura y otras cosas pesadas. Lo tenían de “reparador oficial” y colocaba los mejores alambrados de la escuela, hasta que un día lo agarró un sub oficial y le pidió que no ponga los alambrados tan firmes, que no podían saltarlos! (vivos hubo en todas las épocas y en todos los lugares). Cuando terminó la colimba siguió con el trabajo rural.  Vino a trabajar en un campo de Ángel FINA pegado al pueblo de MURPHY, donde hizo una casita chica y vivió allí hasta que la muerte se lo llevo dejando un hijo chico. Era muy buen deportista ganando importantes trofeos de bochas, auspiciado por el club Unión y  Cultura. Llego a las finales  para el campeonato Argentino.

ARNAUDO BARTOLO, de RANCUL, La PAMPA era de los más fuertes y capaces para manejar esos tachos llenos de desperdicios, restos de comida, y moscas “con querezas”. A veces el olor era insoportable. Pero Bartolo, Arnaudo, Cosio, Puseto, y Martinez eran los mimados. Tenían que ir a casino de oficiales bien temprano, antes que empiece el  calor. Los cocineros los esperan con lo que quisiesen comer, o para tomar mate bombilla, masas finas que traían a los oficiales, comidas frias, etc. Todo ese recibimiento, porque después ellos iban a limpiar y desinfectar. En el otro casino hacían lo mismo,  y  hasta terminar. Todos esos  residuos que juntaban eran los que los cerdos podían comer sin problemas.

 El encargado de la QUINTA DEL MINISTRO era a quien le tocaba vigilar el criadero o invernadero.  Ahí tenían chanchas de cría, lechones de todo tamaño y capones listos para carnear, y en ese lugar paraba ONGANÍA, cuando venía de visita.  DANTE PUSETO es de GENERAL CABRERA, CBA. El pasaba a retirar los residuos y se fue haciendo amigo  del encargado del lugar. Éste los convidaba con unos vinitos o gancias, asi que al igual que los otros, comía y chupaba de lo lindo. Charla mas, charla menos, le prometió traer maníes  ya desgranados y con cascara para acompañar el gancia.  En una  oportunidad  que precisaba ayuda le prometí ayudarlo. Había una fiesta en la quinta y decidió carnear un de los cerdos para hacer choripanes y costillar asado. PUSETTO en eso tenía experiencia! le salió de película! y aparte, quedo diez puntos quedando a disposición del encargado,  que tenía la posibilidad de atender todo concerniente al ministro y su familia. Si había invitados oficiales venia un servicio  especializado  y se encargaba de la decoración, preparación de las mesas etc.  Si fallaban algunos de los invitados  y sobraba comida, invitaban a 3 o 4 soldados que hacían guardia  y se llevaron  las bandejas con lo que había quedados y si además había algunas botellas de buen  vivo destapados y no consumidos…  que lo llevaran antes que se arruine y pierda el sabor! ese era el mejor premio para ese grupo de elegidos! No siempre se tenía esa suerte…

PUSETO Y ARNAUDO  tenían la responsabilidad de arreglar todo el tejido olímpico que rodea la Lemos. Lo tenían que arreglar porque los soldados lo rompían para salir un rato al barrio, a ver cine, tomar unas cervecita, o  visitar alguna chica.  Algunos suboficiales que vivan en el barrio y quedaban de semana también lo hacían. Un día, uno de ellos, que también salía por un rato para ir a ver la familia y llevarles carne o alguna menudencia, le pidió a esos soldados que no arreglen todo, que algunos de los boquetes sean espaciados y con alambres más finos,  así con poco tiempo se podían correr y pasar al otro lado.

 BARTOLO  CERRUTI   era de MONTES de OCA un pueblito chico y fuera de ruta que  estaba en el límite de santa fe y córdoba.  El era el encargado de la cortadora de pasto con hélice  tirada por un caballo. Recorría todo el cuartel y después venia la chata con sus soldados, cargaban eso y lo llevaban al lugar donde estaban los cerdos. Los que realizaban esas tareas eran del campo… ¡que casualidad!

LA CHATA (I)
                                                                                                                                                                   
La chata servía para trabajo, placer, y lo más triste: el llevar  hasta su última morada, a un ser querido, un amigo o al que SAN PEDRO designó. Una vez dejado al finado en su lugar de descanso eterno, se tapaba la fosa con tierra, se ponía una cruz de hierro con su nombre, se rezaba una oración por el eterno descanso de su alma y que dios la tenga a su lado. Por aquellos años había muy pocos cementerios. Se alambraba  un pedazo de tierra, y se hacia un cerco, como para que los animales no molesten las tumbas.
Cuando se hacia una fiesta, el baile era con músicos aficionados.  En toda casa o chacra  alguien estudiaba música. Como no había luz eléctrica (apenas un farol a querosene o velas) se cenaba  a  la bajada del sol.  El que no estudiaba, escuchaba radio a galena.  Si se podía, compraban un cargador aéreo con paleta y batería. Tenía que venir un huracán para que cargara esa batería!!!!  Se escuchaban una radio le decían “la 7 mares”, porque abarcaba todo el mundo. Tenía onda corta y larga, y como había muchos inmigrantes, querían escuchar noticias de su país  de nacimiento.
La chata se lavaba y se le sacaban los malos olores con un  chorro  de creolina y ¡que se seque al sol! los muchachos le ponían una baranda de un costado y ahí cargaban las sillas. Enganchaban dos caballos y salían para la fiesta. En cada chacra se iban agregando mas pasajeros, un músico aficionado tocando los acordes  de una canción del momento, siempre había algún cantor o cantora que tenia buena voz, y también  se prendían algunas tías veteranas que ya tenían las esperanzas perdidas! Si había alguna silla o banquitos, las más jóvenes las hacían sentar allí y cuando algún pretendiente las invitaba a bailar se despojaban de algún saco o prenda  para estar cómodas.  Estas tías se encargaban de  la ropa.  Nosotros, los mas pibes, les decíamos “roperos”. Por cuidar las ropa no podían vigilar a las chicas y ver qué candidatos le estiraban el cogote como avestruces! Las chicas estaban en la otra punta, el escenario era la misma chata que un rato antes los había acercado. La iluminación, por faroles a querosén.  Había un encargado de atenderlos, los faroles se apagaban, se prendían fuego… y el pobre tipo se volvía loco! Terminado el baile, cada uno arregló sus cosas, quedando de acuerdo con la chica para seguir viéndose en la misa del domingo a las 10 (leyó bien: en la misa!) o en el próximo baile. Se  desprendían  los  alambres que sostenían la carpa, se acercaban los caballos y se ponía todo en orden ,el farolito que se prendía  indicaba la  presencia  de la chata, qué volvía a su lugar de origen, con su carga de fe, ilusiones  y esperanzas. Algunos tenían arreglada sus cosas y pensaban formalizar pronto, adonde irían a vivir, qué campo trabajarían… eran muchas cosas de pensar, preguntar y actuar. Esa era la forma de vivir de nuestra gente del campo, que con su sacrificio hicieron esta ARGENTINA.

DESPEDIDA Y AGRADECIMIENTO

AGRADEZCO INFINITAMENTE A mi compañera y esposa que siempre estuvo a mi lado en los buenos y malos  tiempos-, que supo aguantar y comprender, cuando me toco vivir esos malos momentos, SAN PEDRO decía “todavía no hay lugar en el cielo para ti. Cuando te toque te llamare. Tu tienes que terminar ciertas cosas”, a mi hijo Gustavo que siempre estuvo a lado y le dio valor a su madre para superar el difícil transe,  a  todos ellos compañeros de la milicia que aportaron sus recuerdos y vivencias las que quedaron grabadas a fuego en el presente y pasado para las futuras generaciones, a JOSE WALLACE,  con quien  hemos compartido este, si se quiere llamar, “libro” para recordar  el pasado, presente y  el futuro, del que nos queda muy poco, hasta que Dios lo disponga, nos llame y volvamos a  formar junto a  él… y todos juntos recordemos los errores y  aciertos, para que las nuevas generaciones no les toque lo mismo. Ellos tienen que hacer un mundo nuevo, sin guerras, sin maldades ni envidias, con mucha fe, con muchas esperanzas, y de esta manera alcanzar la meta y que guiar a las futuras generaciones para hacer una Argentina, libre, justa y soberana, que eduquen bien a nuestros hijos y nietos, para que tengan la tranquilidad y seguridad  de andar por toda la república, sin tener que rendirles cuentas a nadie. También a Sergio Bolix , quien de una manera muy generosa posibilitó nuestras visita al cumplir los 50 años de nuestro paso por la Escuela GENERAL LEMOS.   A   ARNOLDO BARRIOS, OBDULIO AVILA, AL SARGENTO PANADERO ROMERO Y a tantos otros que de una u otra manera me han refrescado la memoria.  Muchas gracias a todos y que Dios los bendiga.       

AZULES Y COLORADOS (I)

Cuando se iniciaron las acciones bélicas, la General LEMOS fue el lugar de  concentración de distintos regimientos que  acamparon allí al mando del general JUAN  CARLOS ONGANIA.    Estaba el regimiento 11 de infantería de ROSARIO, que acampo en  el cortijo, un terreno grande y muchas plantas. Ahí estaban a  cubierto de cualquier ataque de la aviación. También  había venido: un regimiento del CHACO, eran unos soldados acostumbrados a estar en el  monte, que los habían traídos por si se armaba alguna escaramuza, tiroteo o lo que fuese… eran los que iban al frente, algunos los llaman “carne de cañón”, estuvieron acampados allí unos tres meses.  Para mantenerlos ocupados, les dieron los peores lugares de guardia: el puesto del barrio por donde los  suboficiales y  van a sus casas  a ver sus familiares.  Eran incorruptibles! no te dejaban pasar por mas cigarrillos que les dábamos! Vos no pasas por  ese lugar! y había que hacer una vuelta más larga, con la pérdida de tiempo que significaba! Esos tres meses que estuvieron nos complico bastante…
 Eran tiempos confusos….los soldados compañeros nuestros, acompañados por algún oficial, salieron a la ruta y tomaban cualquier vehículo que tuviese 4  ruedas: autos, camiones, colectivos.. y lo pedían en nombre de la patria. Todo para ir adonde hubiese que ir. Había  colectiveros, que no quería dejar que algún soldado manejase, entonces iban ellos; y el resto, se quedaba en la ESCUELA  LEMOS y comían en el casino de suboficiales. De sobre mesa, se armaban unas lindas  timbas por plata, habían reducido las luces del cuartel, al máximo con unos papeles…

 GIASON, que  era de Venado Tuerto y otros soldados, atendían  a estos conductores. El ayudante de GIASON se encargaba  de  tirar la manga, una vuelta de algunas bebidas y algo para comer. Se cobraba un porcentaje sobre  que se estaba jugando y aquí no ha pasado nada…A los soldados que les tocaron viajar a LA PLATA  y PUNTA INDIO  iban mas cagados que vaca sobre camión. Cada vez que aparecía un avión, a tirarse al suelo y ponerse a cubierto, por si el avión quisiera ametrallarlos. Cuando llegaron, la base había  sido bombardeada, los galpones estaban todos rotos, los compañeros nuestros  acamparon allí hasta que se normalizó la situación bélica.

Videos: Azules y Colorados
https://youtu.be/6coginwLbFg
https://youtu.be/H9IDdYZtqNs

https://youtu.be/ou4gHpODnAg
https://youtu.be/n4HSgSPQB3E
https://youtu.be/irK_B4yatnk

EL  REGRESO DE LOS COMBATIENTES

Cuando termino la revuelta, todos los que habían ido se fueron de franco 10 días - los que estaban cerca-  y 15 días -los de pueblos mas retirados-, para que estando con la familia se olviden  de los malos momentos vividos. Al salir para visitar a familiares y amigos, quisieron llevar todas las cosas que habían traído de  la base PUNTA  INDIO.  Los hicieron formar a todos primera fila  a dejar todo lo que habían traído de escondido.  Recién se pudieron ir cuando el ultimo dejó todo, junto a un deseo que se los guarden en el culo, aunque el culo del tipo, no sea un galpón!  Se trajeron dinamos, relojes y  otras cosas. Todo ese material quedo allí, los que esperaron unos días  y mientras  tanto ver lo que pasaba,  tuvieron mejor suerte y algún recuerdo trajeron de esa salida.

 CARTA A UN AMIGO

Estimado ex compañero de la milicia clase 1942.

Hay acontecimientos en la vida de los hombres, que el solo hecho de recordarlos emocionan ,nos alegran y nos  dan fuerza para seguir transitando por los polvorientos, fangosos, y tortuosos camino que la vida nos depara a diario, en este valle de lagrimas.

  El motivo de la presente es para brindarnos la oportunidad de vivir  momentos  de gran recordación; para que por un día retornemos a los felices días de nuestros 20 años, con quienes fueron  nuestros compañeros de cofre, de cama, de trabajo, travesuras, daniñadas y picardias… ver el rostro cambiado del colimba que nos acompañaba en los buenos momentos y malos  de la vida  militar, y al que les contabamos nuestros problemas e ilusiones de muchacho.

Recordar todos juntos y volver a repetir, las bromas y travesuras que les hacíamos  al cabo 1°, al SARGENTO Ayudante y como las purgamos cuando nos descubrían, memorizar el porqué de  los apodos que nos ponían, con la  picardía propia de los 20 años y el profesionalismo que teníamos para “meter el perro”.

En fin, queremos brindarte la oportunidad  de un reencuentro feliz con quienes has compartido una etapa de tu vida.

En la milicia todos éramos iguales, todos angelitos vestidos de marrón terroso, llenos de vitalidad y con ansias de ser algo en la vida. Hoy, después de 50 años de aquel paso militar, la vida nos presentará tal cual somos: algunos todavía casados, otros con hijos y nietos, algunos solos… pero todos canosos, calvos, con mas  barriga de lo aconsejado, con algunas arrugas en el rostro, y  las manos y el peso de los años que van curvando las espaldas. Para algunos, en lo económico, la vida le habrá  deparado un destino satisfactorio. Para otros  habrá sido dura,  pero a pesar de  todo , hayamos sido obrero, empleado, profesional , comerciante, campesino o industrial, nos seguiremos viendo como si estuviésemos haciendo una formación por la mañana, o un orden cerrado.

 Tal vez esta nota te sorprenda y  te  haga pensar, o bien no te acuerdes ya de nosotros, por los años que han transcurrido, quienes firman la presente, tus ex compañeros de  la  LEMOS te recuerdan que se cumplieron 50 años  de tu paso por el  CENTRO DE INSTRUCCION GENERAL LEMOS, motivo  por el cual habrá  festejos que culminaremos con un almuerzo del reencuentro, y por supuesto, quedas invitado junto a tu familia,  estés donde estés, en las condiciones que te encuentres,  abrigamos la esperanza cierta de que contaremos con tu gratísima presencia, para poder aunque sea por breve instante,  retroceder 50 años y ponernos de pie junto a la  mesa y contestar en voz alta y llena de emoción  “PRESENTE, MI SARGENTO AYUDANTE!”.

Hacemos propicia la ocasión para reiterarte la seguridad de nuestra cordial e invariable consideración y fervientes votos de ventura personal, por favor no nos falles a esta cita.

SECCIÓN SANIDAD
Ex soldado c/42
Miguel Angel Luciani

UNA JODA EN SANIDAD
Escribe el Ex Soldado Clase 1942
Miguel Angel Luciani (San Lorenzo)

Un día estando de turno en la Enfermería con Abel Goldsman (soldado raso odontólogo) planeamos hacerle una joda a los negros que estaban de guardia. La jornada había sido tranquila y ya habíamos terminado de limpiar y ordenar todo el laboratorio, además del consultorio. Como ya éramos veteranos y conocíamos todos los vericuetos de nuestro sector, nos pusimos a conversar trivialidades para matar el tiempo hasta la hora de irnos a dormir. Pero la conversación entre las personas que están las veinticuatro horas juntas, siempre resulta un bodrio. Por esa razón planeamos hacer una joda. No sé por qué fui hasta el consultorio odontológico y allí me encontré colgado de un perchero el uniforme completo del jefe del sector Tte. 1º Eduardo Marcos Mammerchtein.  Ahí estaba la llave de la joda. De común acuerdo con Goldsman me calcé el uniforme completo (incluido el sable) y convinimos en que él, ante los colimbas enfermeros, llamaría a la orden avisando que venía el Oficial de Servicio.

Eran alrededor de las diez de la noche y los soldados enfermeros estaban jugando una furiosa partida de truco. Godsman entró a la guardia y les advirtió que el Oficial de Servicio del cuartel estaba de recorrida y andaba merodeando el sector, de manera que tenían que estar atentos.
Foto tomada frente a la Enfermería
PARADOS: ROGELIO PONSONE (Chofer ambulancia) ENRIQUE SUAREZ (estudiante odontología) JOSÉ CHIDERSKY, ABEL GOLDSMAN (odontólogo), HÉCTOR DOBARRO (estudiante medicina) Capitán JOSÉ BALSEIRO (médico) JOSÉ MARÍA CONTI (estudiante medicina) JORGE RIVERO (estudiante medicina)
En cuclillas: CARLOS PIERRAD, MIGUEL ANGEL LUCIANI y N. SANDOVAL (futuro Cabo)
Yo estaba listo al final de la galería y Goldsman me hizo señas de que avanzara. Así lo hice, taconeando fuerte y tratando de mantenerme erguido. En ese instante sale Goldsman y da la voz de “¡Atención, Oficial de Servicio!” haciendo el saludo reglamentario y un fuerte taconeo al que respondí del mismo modo.

A todo esto, los enfermeros todavía no me habían visto, por lo que continuamos con los saludos de rigor con Goldsman:

“Soldado Goldsman, ¿Alguna novedad?” pregunté impetuoso alzando la voz al mejor estilo milico.

“Sin novedad mi Tte. 1º” Responde Goldsman hecho una furia.

Inmediatamente le respondo:

“Voy a pasar revista, soldado” y encaré para entrar a la guardia. En ese instante uno de los enfermeros me reconoce y grita:

“¡Es Luciani!.. ¡Hijo de puta!” y me sacaron cagando.

Me querían cagar a patadas. Por suerte logré zafar y me refugié en el consultorio que alcancé a cerrar con llave. Allí permanecí hasta que Goldsman los calmó y siguieron jugando al truco, no sin rajarme alguna que otra puteada.

Cuando entró Goldsman nos entramos a cagar de risa y a tomar unos mates, aunque el cagaso no me lo podía sacar de encima. Un rato más tarde Goldsman se retiró a dormir y yo me quedé de guardia. No pegué un ojo en toda la noche, tenía miedo que viniera la revancha. Pero felizmente no pasó nada. Solamente pasó a ser una anécdota más de las tantas que hay sobre la colimba. 

CARTA ENVIADA A JORGE RAÚL CORDERO 


Venado Tuerto, 26 de octubre de 2007.-
Señor 
Jorge Raúl Cordero
Avda. Independencia 1449  2do. “F”
B7600DHK  Mar del Plata

Querido y recordado amigo Jorge Raúl:


He sentido una gran alegría de haber hablado con vos por teléfono hace unos días después de tantos años. Te cuento que yo me casé y tengo dos hijos que ya son hombres (35 y 36). Ambos solteros. Uno está viviendo en Buenos Aires y es jefe de laboratorio y auditor en un laboratorio norteamericano que tiene la planta en Pilar (Merck), éste es químico industrial y le va muy bien. El otro es terapista ocupacional en salud mental y actualmente está estudiando psicología. La profesión de este es cuidar y guiar a personas de cualquier edad que tengan dificultades mentales, es una especie de ayudante en psiquiatría y vive en Rosario. De manera que estamos los dos viejos solos en Venado Tuerto. Yo me jubilé y mi señora todavía está trabajando de secretaria en un colegio secundario. 


Acá te mando una foto que sacamos el 15 de septiembre pasado. Te cuento que todos los años nos reunimos en Venado Tuerto los que hicimos la colimba en la Lemos. Primero nos reuníamos los de la clase 42 de la Cia. Mantenimiento, pero resulta que tiraron la bronca los de las compañías Destinos y Comando, entonces convocábamos a los de todas las compañías, pero resulta que se enteraron los de las otras clases que hicieron la colimba en la Lemos y quisieron integrarse, de manera que ahora somos los “ex colimbas de la Lemos” y hasta ahora reunimos a las clases 1942, 1943, 1946 y 1964. Los de la foto somos:


1) Fermín Lacunza (Cia. Destinos clase 1942, Venado Tuerto)
2) Dante Pussetto (Cia. Mantenimiento clase 1942, Gral. Cabrera, Còrdoba)
3) José Bartolo Cerrutti (Cia. Mantenimiento clase 1942, Montes de Oca, Santa Fe)
4) José Víctor Moreno (Clase 1946, Venado Tuerto)
5) Carlos Lorenzo Mina (Clase 1946, Venado Tuerto)
6) Vicente Ramallo (Clase 1946, Venado Tuerto)
7) Néstor Baratti (Cia. Mantenimiento, Clase 1942, Las Rosas, Santa Fe)
8) Jorge Raúl Casey (Cia. Mantenimiento, Clase 1942, Venado Tuerto)  
9) Abelino Scozzina (Cia. Destinos, clase 1942, San Lorenzo, Santa Fe)
10) Rubén Spessott (Cia. Mantenimiento, clase 1942, Ramallo Prov. de Bs.Aires)
11) Oscar Alcides Velásquez (Cia. Mantenimiento, clase 1942, Ricardone, Santa Fe)
12) Hugo Juan Rivoira (Clase 1964, Venado Tuerto)  
13) Constante José Bozicovich (Cia. Mantenimiento, Clase 1942, Arequito, Santa Fe)  
14) Juan Ochoa (Cia. Mantenimiento, cocinero, clase 1942, Venado Tuerto)  
15) Hugo Pieroni (Cia. Destinos, clase 1942, Venado Tuerto)
16) Juan Di Pascuale (Cia. Mantenimiento, clase 1942, Venado Tuerto, de tracción mecánica)
17) Carlos Peralta (Cia. Comando, clase 1942, Venado Tuerto)
18) Eugenio Bigliazzi (Clase 1943, es de Venado Tuerto)
19) Yo
20) Juan González (Cia. Mantenimiento, clase 1942, panadero, era de Firmat, ahora vive en Venado Tuerto)
21) Eduardo Rossia,(Cia. Mantenimiento, clase 1942, pertenecía a la banda de música, Montes de Oca)

Como verás, no somos los pendejos veinteañeros de entonces. Te cuento que cuando fuimos a visitar a la Lemos nos atendieron como los dioses. Te mando un recorte de lo que se publicó en el diario de Venado Tuerto, simplemente para que tengas una idea de cómo nos fue. A pesar de haber llovido TODO el día, la pasamos re bien y los viejos suboficiales que había lloraban los viejos de la emoción.


El cabezón Casey no ha cambiado nada, sigue siendo el mismo. El gordo Bozicovich está embromado de salud, no puede caminar mucho porque se agita, pero es el que hizo todas las gestiones para que nos recibieran en la Lemos. Yo desde Venado hago las cartas y los partes de prensa y él se encarga de hablarle por teléfono a todos los que encuentra en guía. El que ha venido varias veces a Venado Tuerto fue Griffits y también estuvo en San Miguel. Con el negro Diguardi hablé hace unos años pero no nos dio mucha bola, tenía muchos problemas económicos (según me contó). ¿Te acordás de Ceballos, el del depósito de armas o de ropa, no me acuerdo bien, que estaba con Zoruba? Este muchacho era de San Martín y logré ubicar el teléfono y hablé con la señora el mismo día que hablé con vos. Pero con vos tuve más suerte, porque la mujer de Ceballos, cuando pedí hablar con él me dice: “Lamento tener que decirle que mi marido falleció el año pasado” ¡La puta que lo parió! No podía creerlo. Pero son muchos los que han partido. Te digo los que murieron: 

Victor Alonso, de Laboulaye, Córdoba
Enrique Barbareschi, de Venado Tuerto
Heraldo Capelari, Sampacho, Córdoba, el chueco que se cogia las chanchas en el chiquero
Ricardo Cardinale, de Firmat, Santa Fe
Modesto Casadei, de Venado Tuerto (el petisito oloroso de tracción mecánica ¿te acordás?)
Jorge Alejandro Ceballos, de San Martín (Bs.Aires)
Luis Centani, de Hughes, Santa Fe
Eduardo José Cosio, de Murphy, Santa Fe
Antonio José Pase, de Máximo Paz, Santa Fe (vino uno de los primeros años al encuentro)
Ernesto Gerardo Richards, Capitán Bermudez, Santa Fe

Bueno Jorge, por ahora la corto, espero que estés bien y te anticipo que los muchachos parece ser que se quieren reunir el domingo 16 de diciembre en Venado Tuerto a comer un asado. Si te podés hacer una escapada serás bienvenido. Suelen venir de San Lorenzo, Ricardone, tal vez venga el Cholo Vitali (anda jodido de salud me parece, porque hace unos días lo llamé por teléfono a la comuna de Chabás y me dijeron que no había ido a trabajar porque estaba enfermo con gripe). Entonces llamé a la casa en Casilda y me atendió la mujer. Me da la impresión de que lo tiene cagando. No me pasó para hablar con él, me atendió ella y me dijo que se iban al médico, no pude hablar con él. ¡Esto me dio por las reverendas pelotas! Por eso presumo que la bruja no quiere que salga de joda. (¡ja! La mía está curada de espanto).

Bueno Jorge, ahora sí, espero que me llames por teléfono o me escribas. Si tenés correo electrónico, yo te paso las direcciones mías:


josewallace@powervt.com.ar
josewallace1@hotmail.com

Si me mandás un correo electrónico enviámelo a las dos direcciones porque a veces el de powervt.com.ar es un servidor local y tiene un filtro de virus muy jodido y suelen rebotar los mails.

Un fuerte abrazo, nos estamos viendo, con todo afecto

José W. 
Notas:
1) La foto enviada es la del diario "El Informe"
2) Jorge Raúl Cordero falleció el 1º/09/2014 en Mar del Plata


UN RECUERDO ESPECIAL PARA RICARDO CARDINALE (FIRMAT)
Por el ex soldado c/42 José B. Wallace

Con Ricardo ingresamos juntos el 10 de febrero de 1963. Cuando nos dieron destino definitivo, él fue a la Sección Material de la Cia. Mantenimiento, que estaba a cargo del Suboficial Principal Mecánico Armero Martín Díaz (un personaje que también merecería un
Ricardo Cardinale
párrafo aparte). El segundo de esa sección era el Sargento Ayudante Mecánico en Explosivos Osvaldo Parrondo, un suboficial como pocos. Hombre de buen nivel intelectual y sólida preparación educativa.

Cardinale, en Firmat, tenía una tornería con un hermano. Según los expertos en la materia, era muy eficiente y meticuloso en su trabajo. Por esa razón le encargaban que hiciera trabajos en su taller y de paso se ganaba unos días de vacaciones en su casa. Esto le convenía a los milicos, porque además de garantizarse un buen trabajo, a ellos les salía gratis. Este estilo de canjes (trabajo x licencia) era común y corriente en la milicia, lo que demuestra que la disciplina, la honorabilidad y las obligaciones patrióticas (a las que son muy afectos para disciplinar a los reclutas) no se tenían muy en cuenta a la hora de "garronear". Ergo: En todos lados se cuecen habas.

Como dice Constante Bozicovich en sus "Recuerdos de la Milicia", antes de ser destinados definitivamente a la Cia. Mantenimiento, estuvimos en Abastecimiento y Transporte durante dos semanas, y para distraernos a la hora de la siesta -especialmente los sábados y domingos- nos llevaban a descansar bajo los árboles y allí cada uno de los reclutas ponía a consideración sus habilidades de actor, cantor, contador de cuentos, lo que fuere, para entretener al resto de la tropa.

Entre todos los que mostraban sus habilidades, hubo dos que se destacaron: Ricardo Cardinali y Jorge Corona, este último devenido más tarde en uno de los cómicos más populares de la Argentina.

Ricardo estudiaba teatro por afición, actividad que desarrolló en Firmat desde jovencito. Ese mínimo conocimientos actoral, le permitió manejar la escena con habilidad, lo que se notaba al confrontar con el resto de los participantes. Era un excelente imitador y contaba cuentos con mucha picardía; muy simpático y entrador, noble y sincero. Se había ganado el cariño y admiración de todos los reclutas y él sabía cómo capitalizar esa ventaja. Hay una secuencia en mis relatos sobre su manera de ser, cuando se presentó una mañana en calzoncillos largos y un pullover rojo furioso, lo que transformó aquella mañana de lunes en una verdadera fiesta. Hay que tener en cuenta que los lunes eran terroríficos. Mal humor, sueño, fatiga, todo negativo. Por eso, ese lunes fue distinto, divertido, nos dio una lección: tomar la vida en solfa mientras estuviéramos ahí adentro.

En cuanto a Corona, no creo que haya hecho cursos de actuación, simplemente él era así, no actuaba, era por naturaleza "un loco lindo" que estaba en la joda permanente; y para ser un "loco lindo" no se estudia, se nace. A mí me dio esa impresió.  Contaba chistes cortos acompañados por gesticulaciones que arrancaban carcajadas. No actuaba, simplemente embromaba como si lo hiciera en una mateada de amigos. No recuerdo haberlo vuelto a ver en el cuartel después que nos cambiaron de compañía. Sé que permaneció en Abastecimiento y Transporte, y que fue compañero de Alfredo "Lechuga" Delfino con quien se comunicaba con asiduidad. 

Ricardo Cardinali salió en la primera baja y tuvimos oportunidad de reunirnos con él en varias ocasiones. Una vez fuimos a Firmat y nos mostró su fábrica de sinfines. Sin dudas, era una empresa montada con mucho trabajo, esfuerzo y dedicación, que fue construyendo paso a paso, con la fatiga de sus músculos y la asistencia de su inteligencia. Por la información obtenida en Internet veo que sus descendientes continúan con la misma actividad.

En otra oportunidad visitó Venado Tuerto en compañía de Constante Bozicovich (Arequito) y Miguel Ángel Luciani (San Loranzo). Hay una foto que les tomé a los tres frente a la antigua sede social del Club Centenario de Av. Casey y que está en los recuerdos de Bozicovich en este blog.

INTENDENTE

No recuerdo exactamente en qué año fue electo Intendente Municipal de la ciudad de Firmat. Había ganado las elecciones acompañando la lista de Carlos Alberto Reuteman, candidato a Gobernador. Tampoco recuerdo el período en que ocupó el cargo, datos que tampoco pude obtener en el sitio de Internet que tiene la Municipalidad de Firmat. Pero sí sé que estando en funciones, se tomó unas vacaciones con algunos familiares y viajó a Brasil, donde desgraciadamente sufrió un accidente y perdió la vida junto a sus acompañantes. El hecho enlutó a los firmatenses y nos entristeció a quienes tuvimos el privilegio de conocer a Ricardo, que sin dudas era un tipo excepcional.

UNA ANÉCDOTA

No puedo dejar de contarles lo que me sucedió a propósito de la familia Cardinale de Firmat.

En el mes de diciembre de 1997 o 1998 (NO RECUERDO CON PRECISIÓN), vinieron a visitarnos unos italianos primos de mi esposa.

Antes de venir a Venado Tuerto, el matrimonio se alojó durante una semana en la casa de la familia Guardiani en la ciudad de Casilda. A modo de paseo, fui con mi señora a buscarlos a Casilda, y antes de iniciar el viaje de regreso a Venado Tuerto, el tano me pidió entrar a Firmat porque quería darle saludos a la familia Cardinali de parte de un primo, que a la sazón, era su socio de la fábrica de calzados que tenía en Italia. A todo esto, debo acotar que en esa época mi amigo Ricardo Cardinali, ya había fallecido.

Cuando llegamos frente a la fábrica, el tano -que cargaba una enorme cámara filmadora- se bajó y entró por portón del enorme galpón cuya persiana estaba levantada.

Pasaron unos cuantos minutos, y como el tano no regresaba,  me fui a ver si se había encontrado con alguien de la familia Cardinali. Fue entonces que observé desde la vereda  que el gringo hablaba con una persona joven, y que por su manera de gesticular, deduje que no se entendía con el muchacho, razón por la que ingresé al galpón. Cuando llego hasta ellos el muchacho me mira como buscando ayuda y me dice: "Le estoy comentando al señor que don Cardinali falleció ayer y fue sepultado hoy por la mañana". Demás está decir que mi sorpresa fue mayúscula y deduje que el tano no había entendido una goma de lo que le decía el joven, entonces le comenté en mi precario italiano: "Cardinali è morto e sepolto questa mattina". El tano abrió los ojos como dos de oro y me miró sorprendido porque no entendía un corno de lo que estábamos hablando. Pero en un click, reaccionó y salió despavorido hacia donde estaba su esposa, para contarle que el hombre a quien venía a traerle los saludos de su socio, había fallecido.

- "Cugino di Pepino è morto! Avete capito? Mori e sepulto questa mattina! Oh Dio mío! Perché non venigono a visitare prima di lui!" (¡El primo de Pepino ha muerto! ¿Me entiendes? ¡Ha muerto y lo sepultaron esta mañana! ¡Oh Dios mío, por qué no vine a visitarlo antes!) -clamaba totalmente descolocado.

Por supuesto, el hombre estaba en estado de shock. Se reprochaba el no haber visitado antes a los Cardinali estando tan cerca. ¡Para él era una tragedia!

No obstante el doloroso momento que vivíamos, el muchacho nos indicó dónde estaba la casa de familia de los Cardinali y hacia allá partimos.

Cuando llegamos la casa estaba llena de familiares que habían venido al sepelio desde Buenos Aires. Todos nos recibieron muy amablemente y nos sirvieron refrescos para amortiguar el calor del día. Sentados a la mesa, inicié una conversación con el señor que estaba sentado a mi izquierda y le comenté que Ricardo me había llevados en dos oportunidades a visitar a unos familiares que tenía cerca de San Miguel (no recuerdo si vivían en Boulogne o Don Torcuato) y que cada vez que íbamos nos atendían de lo mejor. La cuestión es que este señor era ese familiar adonde íbamos a almorzar y él recordaba que Ricardo aparecía siempre con algún amigo.

Esa tarde querían que nos quedáramos a comer un lechón que estaban asando en el quincho, pero no fue posible, porque nos esperaban en Venado Tuerto, aunque puedo asegurarles que era un ambiente ideal para gastar horas y horas con esa gente tan cálida y jovial. Lástima que las circunstancias no eran las mejores, aunque ellos ayudaban a superar esos momentos de tristeza.

No obstante, cada día me convenzo más de que el mundo es demasiado chico para pasar desapercibido y la vida demasiado breve para no aprovechar los momentos que nos regala para compartir una mesa con nuestros semejantes.

Nota: No recuerdo si la persona fallecida era el padre de Ricardo o su hermano.
Otra: En Internet dice lo siguiente sobre la fábrica de Sinfines:

CARDINALI SRL se inicia en la década del 60' como una tornería de dos Hnos y desarrollaron máquinas para la fabricación de sinfines, la primera máquina para fabricar sinfines con refuerzo.
En 1973 luego de años de experiencia se inicia la fabricación de sinfines.
En la actualidad sus herederos continúan con la calidad y el estilo de más de 30 años de experiencia, adicionando a su línea la fabricación de caños, cabezales y otros nuevos productos para la industria de agropartes.


UN TRISTE RECUERDO VIVIMOS QUIENES SALIMOS EN LA 2ª BAJA
EL CASO DEL SOLDADO ROLDÁN

Al Soldado Roldán lo conocí a los tres días de mi incorporación al Servicio Militar, cuando fui destinado a la sesión legajos. Allí estaban todos los expedientes con los antecedentes de los reclutas y había que completar planilla ampliatoria de datos.

Roldán era un chico extremadamente tímido y analfabeto, por eso asistía a clases que dictaban soldados maestros alistados como “Cabos de Reserva”. Cuando su padre hizo abandono del hogar, él debió asumir la responsabilidad de sostener el hogar compuesto por su madre y cuatro hermanos menores, razón por la que le permitían salir a trabajar tres días por semana a San Miguel, su ciudad natal, ubicada ahí nomás, muy cerca del cuartel.

Cuando apenas faltaban tres días para que dieran la baja definitiva a la clase 1942, Roldán sufrió la mordedura de un perro vagabundo en su mano izquierda y debió ser atendido en la enfermería del cuartel, donde quedó bajo prescripción médica.

El día que nos dieron de baja, Roldán no pudo ser de la partida. Tal vez haya sido el día más penoso para el diminuto soldado. Aquella mañana, desde la distancia, vestido con ropa de fajina y su mano vendada, nos miraba triste en la soledad de sus pensamientos. Sin que nadie reparara en él, lentamente se alejó sin rumbo por las calles pavimentadas hacia el interior del predio…

Todavía conservo el recuerdo de su pequeña y encorvada figura perdiéndose en el ancho camino cuartelero. Aquella fue la última vez que lo vi. Fue la imagen más triste que guardo de aquella desgraciada experiencia.

Quince días después, un diario de Buenos Aires publicaba en su primera página y con letras de molde, la noticia de la muerte por hidrofobia del soldado Roldán. 

A todo esto, los milicos andaban a cuatro manos buscando libros de enfermería y partes diarios, entre ellos el inefable Suboficial Principal Luis María Paniagua que telefoneó en reiteradas oportunidades a Juan Carlos Vitali, "el Cholo" que había estado a cargo del libro de sanidad. No sabemos en qué terminó este desaguisado, pero seguro que los milicos terminaron siendo inocentes víctimas del pobre soldado Roldán que no se cuidó debidamente y con su muerte les creó un problema. 


PARA FINALIZAR
Por José B. Wallace

"¿LOS MILICOS?  A MÍ NUNCA ME CUADRARON"

Con toda honestidad, debo confesar que a mí, todo lo militar nunca me cayó bien. Otros compañeros de colimba parecen embelesados con esta carrera, y sostienen que debería volverse al servicio militar obligatorio. No lo comparto. Respeto la postura de cada uno, pero disiento totalmente con este criterio. Creo que el servicio militar que yo hice fomentaba la vagancia, el choreo, la mala educación y la prepotencia. Y de estas pestes salimos todos contaminados y las voy a ir enumerando paso a paso. El gran deterioro del prestigio de las fuerzas armadas, fueron por los abusos de poder omnímodo que se arrogaron a partir de 1930. No soy historiador, pero de lo que he podido rastrear, en esa época comenzaron a tomar partido en la política nacional y a partir de entonces entraron en un franco declive.

Lo único que valoro ¡y mucho!, es haberme hecho de amigos entrañables durante la colimba. Con algunos muchachos he compartido ese año con gran apertura, habiendo llegado a conocernos cual si fuéramos hermanos. No sé si un año es suficiente para hacerse de “amigos”, pero creo que es bastante para entablar una relación de vida compartida, donde no existen diferencias (sociales, religiosas, políticas) que en otras circunstancias pudieran obstaculizar la consolidación de esa amistad. Por eso, después de 50 años, hoy valoro mucho más ese tiempo compartido. Y cuando hablo de amistad y camaradería, me refiero al tiempo que pasamos juntos los colimbas, no con los milicos profesionales, sino con los soldados rasos, porque con los milicos de carrera, nunca tuve simpatía. Con esto no quiero menoscabar a muchos oficiales y suboficiales que demostraron ser personas de bien y tuvieron un comportamiento respetuoso hacia sus subordinados. Curiosamente (y como sucede en una escuela) aquellos superiores que ejercieron con firmeza su autoridad, pero que fueron correctos en su trato, son los que menos problemas disciplinarios tuvieron, porque el soldado como el educando, no quiere romper el vínculo que lo hace partícipe junto al superior en el desarrollo de su aprendizaje. 

Es muy probable que actualmente se continúen practicando viejos sistemas disciplinarios, pero la diferencia es que los que están hoy haciendo la carrera militar, lo hacen por motu propio, por convicción, no por obligación. Son cadetes o aspirantes, no conscriptos. 
Tener autoridad, no significa maltratar, menoscabar, castigar al subordinado. Muy por el contrario, tener autoridad es ganarse el respeto y la obediencia de quien es respetado y considerado como persona y no como un cascote.

BALAS DE MADERA

Al igual que muchos amigos, estuve incorporado en la colimba durante trece meses y trece días, y en ese período, jamás disparé con un arma de fuego. En nuestra compañía se usaban los Máuser, arma antigua que ya estaba fuera de servicio. (Era la carabina de Caballería fabricada en Alemania, también conocida como DWM, Modelo 1909) Con esas armas los soldados argentinos hacían guardia. Digo “hacían” porque yo solamente hice guardia cuando estalló el conflicto entre azules y colorados el día 26 de abril de 1963.

Recuerdo que un día nos llevaron al campo a practicar tiro con balas de madera. Era para reírse, porque ya éramos soldados viejos y yo no tenía la menor idea de cómo tomar el arma para disparar. Apoyaba la culata contra la clavícula, lo que era incorrecto porque al gatillar, la carabina tira hacia atrás y puede quebrar el hueso. Tengo entendido que la culata hay que apoyarla contra el hombro. Hoy todavía no sé si estoy diciendo lo correcto ya que -repito- jamás disparé con un arma de fuego. Cuando estábamos en esa práctica tirados cuerpo a tierra y apuntando con la carabina, el sargento panadero Ramón Hernández, un tucumano pedorro, me cagó a pedos porque no sostenía la carabina correctamente. El tipo quería ganar galones y tomó nota de mis errores (yo diría horrores) y de cada uno de los que allí estábamos. Con la libreta en mano se presentó ante el jefe de la compañía Capitán Sánchez para dar su informe, pero curiosamente, éste no le dio pelota. El pobre tipo iba de un lado para otro con la libreta y nadie le daba bola. A esta altura del año ¿quién se iba a poner a revisar si sabíamos manejar la carabina o no? Por consiguiente el informe se lo debe haber metido en el culo. Seguramente lo habrían mandado a instruirnos para tenerlo ocupado porque el negro se mamaba bastante seguido. El tipo era jodido, no era fiable. Se ponía a tomar vino con nosotros y se hacía el canchero, pero cuando se pasaba de vueltas mostraba la hilacha; se ponía violento y camorrero. No recuerdo bien, pero deduzco que los que habíamos ido a jugar a los tiros, éramos los que no habíamos recibido instrucción durante todo el año, por lo que necesitábamos una mínima instrucción antes de la baja.

Como he dicho, jamás disparé con un arma de fuego, por consiguiente si hoy tengo que utilizar alguna, me cago encima porque no sé cómo agarrarla, lo que hace que sea más peligroso que mono con navaja.

VAGANCIA

¿Por qué digo que en la colimba se fomentaba la vagancia? Por la sencilla razón de que una vez adquiridos los conocimientos de las normas que rigen el cuartel, el colimba se volvía haragán y ventajero, por consiguiente: vago. Todo el mundo buscaba garronear el 'morfi' por fuera del rancho, porque la comida, además de escasa, directamente era insípida. No la califico de otro modo por respeto a la comida, ya que más de uno hubiera querido comer esa polenta, o ese mal llamado 'locro' (que de locro no tenía un carajo). El colimba, conociendo todos los vericuetos del cuartel, salía a caranchear a la panadería por una galleta, a los casinos por un bife a la plancha, o a la carnicería, por un pedazo de carne para tirarla a la parrilla, costumbre frecuente en Tracción Mecánica, donde hacían 'extras' por la noche arreglando algún cachirulo de algún superior (Oficial o Suboficial) que les conseguía carne y vino para la cena, así le terminaban de reparar su coche particular. El colimba siempre andaba buscando comida, y por qué no un litro de vino para calmar la ansiedad. Dicen que en otros cuarteles los soldados tenían su propio casino, nosotros no tuvimos esa suerte en la Lemos. Debíamos conformarnos con un kiosco pedorro que nos vendía sándwiches de mortadela, leche chocolatada y alguna gaseosa berreta. Los vendedores clandestinos de pasteles, churros, empanadas o pan casero, hacían buenas ventas, siempre y cuando no los descubriera algún botón que los sacaba de raje. 'Comida', es lo que siempre andaba buscando el colimba, y en esa búsqueda consumía gran parte del tiempo pensando cómo conseguirla de contrabando, sin ser descubierto. Era una aventura que luego, con los años, pasa a ser una de las tantas anécdotas (generalmente agrandadas) que se relatan en los encuentros entre viejos camaradas. Entonces todo pasa a ser agradable y ocurrente, lo que no lo era en el momento de consumarse. 

En cuanto al laburo, todo el mundo trata conseguir una salida 'en comisión' para rajar del cuartel; rajar con tal de estar lejos de todo aquello que demanda obediencia, disciplina y trabajo. Pero claro: ¿A quién le gusta estar presionado por su jefe sin poder emitir una opinión o mandarlo a la p que lo p? En la vida civil está la posibilidad de defensa, pero ahí adentro es como en una cárcel, hay que obedecer, agachar la cabeza, poner el lomo y bancarse lo que venga, de otro modo viene el arresto y el calabozo, para que los presos viejos se enfiesten sin que nadie intervenga. Por eso el 'negro Muñoz' (de la Cia. Destinos) se portaba mal, para que lo encanaran porque estaba más cómodo adentro que afuera. 

Constante Bozicovich es claro en sus relatos cuando habla del petiso Ernesto Richards (qepd), a quien había que cubrir cuando estaba durmiendo la mona, para que el castigo no cayera sobre todo el grupo. La historia es así en los cuarteles. Si un colimba se manda una cagada, es muy probable que nadie lo delate, pero todos serán sancionados si el infractor no se hace cargo de su falta. Entonces otros soldados harán el trabajo que el vago dejó de hacer, porque no quieren ser sancionados por macanas ajenas. Acá cabe aquello de que 'el vivo vive del zonzo y el zonzo de su trabajo'. Esto es moneda corriente en los cuarteles, donde por culpa de uno, la paga todo el resto. Hay una metodología injusta en la aplicación de sanciones; se presiona a los demás para que delaten al contraventor, lo que lo convierte en un vulgar 'alcahuete'. Pero el asunto es que nadie quiere ser alcahuete, porque a la noche hay que bancarse la manteada, que también los superiores fomentan liberando la zona. De esta manera se fomenta la vagancia. Los más audaces hacen las mil y una para no laburar y le buscan la vuelta a todo con tal de zafar. En este párrafo hablo en presente, aunque la colimba se abolió, porque los que siguen la carrera de la milicia, seguramente continúan viviendo estas metodologías.

El tema de las guardias era común en mis tiempos. Seguro que entre los aspirantes o cadetes debe suceder lo mismo en nuestros días, donde aquellos que tienen un mejor poder adquisitivo, paguen a quienes tengan menores recursos, para que les cubran la guardia. El tipo con guita paga y se va a su casa piolón y manso, se acuesta a dormir sin preocupación, mientras aquél que no tiene un sope en el bolsillo hace guardias todos los días para ganarse un mango para disfrutar de una salida. Ahora bien. ¿Qué guardia puede hacer un soldado que está dos o tres días seguidos sin dormir las 8 horas diarias como corresponde? ¿Qué rendimiento puede tener en sus tareas si duerme cuatro horas durante dos, tres o cuatro días seguidos? Aquí está la vagancia más vergonzosa. La iniquidad más palpable, donde el rico abusa de la debilidad del pobre que necesita sí o sí esa guita para morfar o poder darse un mínimo lujo de salir un fin de semana y pasear por Buenos Aires con alguna piba. 

Ceferino Reato en su libro “Operación Primicia” escribe en la página 35: 'El soldado Luna, `el Negro Luna´ estaba libre ese fin de semana pero, como solía suceder con los conscriptos del interior que no tenían dinero para viajar a sus casas, había aceptado cambiar su franco por los pesos que le pagó uno de sus compañeros pudientes de Formosa, capital. El propio Cabrera (furriel) supervisaba esos acuerdos para que 'nadie sea estafado'. 
Este canje de guardias, era tan común en Formosa como lo es en Rosario, Mendoza o Buenos Aires. En todos lados, con distintos matices, el estilo es calcado.

CHOREO

Si el soldado pierde algún elemento reglamentario provisto por el ejército, tiene que recuperarlo para cuando se hacen las inspecciones periódicas de los elementos entregados, y si no tiene todos los elementos, tendrá que pagar por el que le falte. Nadie quiere pagar lo que le han choreado, de manera que ¿cómo recupera el soldado lo perdido sin tener que pagarlo? Muy simple. Se lo chorea a otro soldado, convirtiéndose lisa y llanamente en un perfecto 'cagador', además de ladrón. De esa manera se inicia la cadena del choreo. Alguien termina pagando lo 'extraviado'. Pero como en todo negocio delictual, acá también está la solución, que lógicamente tiene su costo. Existe el 'mercado de pulgas', que es el lugar donde van a parar todos los elementos afanados. ¿Quiénes proveen la merca al 'mercado de pulgas'? Misterio, nadie lo dice, pero todos lo saben. Y si alguien lo sabe, no lo dice, porque TODOS entran en la trenza. Muchos dirán 'Yo no me mezclo en eso'. Mentiras. Si es tan así ¿por qué no denuncia esta irregularidad ante sus superiores? ¿Es que acaso no es dinero del Estado Nacional lo que se está manoseando? El Estado maneja el dinero de todos los ciudadanos que aportan a través de sus impuestos para el sostenimiento de las Fuerzas Armadas, por consiguiente le están choreando a todos los ciudadanos argentinos. Todo esto es sabido, no hay que ser un experto para saber cómo funcionan estas instituciones. Entonces preguntémonos: ¿Qué autoridad moral tienen todos los altos mandos de cualquiera de las tres fuerzas armadas, si permiten que sucedan estas cosas a la vista de todo el mundo?

He tenido oportunidad de ver cómo se quemaban bombachas borceguíes, camisas, camisetas, calzoncillos, nuevos, flamantes, SIN USO, por lo que en la jerga militar llaman "Disposición Final". (El mismo término que usaban para liquidar a los subversivos que tenían encanutados) ¿Y por qué? Sencillamente porque había que darlos de baja para no entreverarlos con los nuevos elementos que se recibían conforme al nuevo presupuesto. (No sé si es esta la razón, pero yo he visto cómo se quemaban elementos sin uso con el solo objeto de darlos de baja) También he visto con asombro y disgusto cómo algunos suboficiales carancheaban entre el montón de ropa y calzado, arrebatando elementos del montón con desesperación, cual si fueran caranchos devorando osamenta. Un espectáculo tristísimo, denigrante para un integrante de las fuerzas ‘sanmartinanas’ (como gustan llamarse los milicos). Seguramente los oficiales ya habían guardado lo suyo puertas adentro, como lo digo en un párrafo de mis relatos cuando iban a la carnicería a llenar sus portafolios con carne. Los suboficiales portaban su maleta, los oficiales mandaban a su asistente, donde el soldado Troilo los proveía.

Pero he aquí que en estos encuentros que tenemos periódicamente los ex soldados de la clase 42 de la Escuela General Lemos, me he enterado que un soldado de nuestra clase de la Compañía Abastecimiento y Transporte, que vive en Venado Tuerto, carancheaba en los dormitorios los fines de semana cuando todos estábamos de franco. Lo hacía en connivencia con un suboficial del cuartel que tenía su 'Mini market de pulgas'. Me asombró el testimonio de uno de mis amigos, cuando me dio el nombre del olfa. ¡No lo podía creer!

MALA EDUCACIÓN

Si les digo que antes de entrar al servicio militar yo era un tipo muy recatado en mi lenguaje, ustedes no me lo van a creer. No emitía una palabra grosera y mucho menos un insulto. Un día, viajando en colectivo, me di cuenta de que mi manera de hablar había cambiado. El viernes 11 de octubre de 1963 al atardecer, tomé con otros colimbas, el Chevallier en el cruce de las rutas 8 y 202 de San Miguel. El colectivo venía repleto de pasajeros y como era de suponer, los viernes por la tarde era difícil conseguir un asiento. En aquellos años el transporte llevaba pasajeros de pie, lo que hoy no está permitido (en algo hemos progresado ¿no? Estoy hablando de medio siglo atrás). Recuerdo que por la radio del ómnibus se escuchaba el comentario sobre un tipo que había sido atacado por un OVNI en la Provincia de Córdoba. Se trataba de un tal Eugenio Douglas alias 'Chicharra', un personaje caricaturesco de Venado Tuerto que se presentó con heridas ante la policía, aduciendo haber sido atacado por seres extraños que bajaron de un OVNI. Como los de Venado conocíamos al personaje, comenzamos a elucubrar sobre el tipo y a reírnos del tinte dramático que le daban al caso los periodistas y de cómo querían hacerle 'tragar' a la audiencia la historia de este sujeto que seguramente estaba pasado de tintos, porque al declarar dijo que se había 'hecho encima' (La declaración de Douglas dice 'me cagué todo'). En este contexto nuestros comentarios lo hacíamos en voz alta con un vocabulario desprejuiciado y soez, tal cual hablábamos en el cuartel. De pronto un pasajero nos llamó la atención y fue ahí que me di cuenta (o nos dimos cuenta) que estábamos en el mundo 'civilizado'. No estábamos en el cuartel y el vocabulario que estábamos empleando no era el adecuado. Sinceramente la situación me alarmó, porque me había dado cuenta que estaba hablando groseramente en un ambiente donde había personas que no pertenecían a nuestro mundillo cuartelero; mujeres, hombres y niños a quienes, sin querer, les estábamos faltando el respeto. Este lenguaje lo adquirimos porque nuestros superiores lo usaban permanentemente, aumentando el tono cuando nos querían disciplinar. Un lenguaje muy duro y hasta ofensivo para con los colimbas a quienes nos consideraban inferiores por no tener estrellas o tiras (de esto doy cuenta en mis relatos 'Un maestro de alto vuelo'). 

En resumen: Salimos del servicio militar, hablando como lo hacíamos en el cuartel: ‘para la mierda’.

PREPOTENCIA

¿Cómo salir de la colimba sin un grado de prepotencia? Si desde el primer día nos trataron con desprecio. ¿Cómo no te vas a contagiar de esas conductas? Cuando me dicen que uno sale de la colimba ‘valorando la familia, los amigos, la casa’ y una cantidad de boludeces más, me hierve la sangre y me pregunto: ¿Hace falta pasar por toda esa humillación para valorar a los padres, a la familia, a los amigos, a la casa? Sinceramente, yo no soy la Madre Teresa de Calcuta, pero a mi me parece que los que sostienen esta teoría, deben haber sido unos hijos de mierda, unos amigos muy desleales o directamente unos vagos que vivían sin laburar. Porque, ¿quién no respeta a sus padres?; ¿quién es desleal con sus amigos?; ¿quién no ama a su vieja, que nos lava y plancha la ropa, que nos espera con la comida caliente, que no se duerme hasta que no regresamos a casa después de una noche de joda? ¿Quién puede ser desleal con sus amigos? ¿Quién puede despreciar la casita de los viejos? Realmente hay que ser un mal parido para no tener esas mínimas condiciones de hijo fiel, amigo noble o compañero leal, para necesitar que un bruto mal educado te cague a pedos todo el día, te haga arrastrar como un gusano para que veas que tus viejos, tus amigos y tu casa son lo mejor que tenés en vida.

Bozicovich dice en uno de sus relatos: 'También andaba por ahí el gringo Héctor Merlini, un muchacho muy temeroso y de pocas luces. Estaba permanentemente trabajado y no quería saber nada con meterse en cosas raras (salidas clandestinas, hacerse la rata, refugiarse en algún depósito para fumar y tomar mate, u otras picardías de colimba)'. Según se desprende de sus comentarios después de la baja, para Merlini el haber hecho el servicio militar le sirvió de apoyo para la vida civil, porque aprendió a ver las cosas y vivir la vida de otra manera. Ante todo, hay que ubicarse quién era Merlini. Desde que nació no había ido al pueblo solo, sino acompañado por sus viejos, que a los 20 años todavía no le daban permiso para manejar la Ford ‘A’. Además, daba la impresión que al  pobre muchacho le faltaba un jugador, y hasta el día de hoy me pregunto ¿cómo y para qué incorporaban a muchachos (que eran muchos) de esas características? ¿Dónde carajo estaban los psicólogos? ¿Qué clase de evaluación hacían? Si hasta el más infeliz se daba cuenta que no estaban aptos para todo servicio. Pero claro, esas evaluaciones y revisaciones médicas la hacían tipos que seguramente habían obtenido el título profesional por cansancio y luego para poder ejercer su oficio se metían en el colegio militar, total ahí tenían asegurado un sueldo y la jubilación. Esto no es privativo en la carrera militar. Miremos en las dependencias públicas cuántos contadores, abogados, arquitectos, ingenieros, están atrás de un mostrador atendiendo al público. Dicen que lo hacen porque no consiguen trabajo. ¡Pamplinas! ¡Están ahí porque no saben hacer otra cosa! No tienen iniciativas propias, se conforman con cumplir órdenes y a fin de mes cobrar un sueldito que los ayuda a tironear.

Ahora bien. ¿Quiénes hacían el servicio militar? Los hijos del empleado, del albañil, del almacenero, del plomero, del chacarero; todos los hijos de los laburantes. ¿Quiénes no lo hacían? El hijo del estanciero, el que estaba en el seminario, el sobrino, nieto o amigo del coronel tal, del Obispo cual, del gobernador provincial o de algún ministro de estado. Me dirán que el hijo del estanciero tal hizo el servicio militar. Sí, claro que lo hizo, pero ¿adónde?
Artículo de la Revista "Noticas " del 12 de octubre de 2002 y que se refiere a la muerte de un soldado voluntario. En la  muestra la entrada  que está en la curva de la ruta 202 a San Miguel

¿Acaso en las listas de las compañías no figuraban soldados a quienes nunca conocimos porque estaban 'en comisión' o eran los asistentes del General Equis o del Tte. Coronel Zeta? Esos soldados no venían al cuartel, desde sus casas iban al Ministerio de Guerra, o al Comando General, o simplemente eran ubicados en alguna gobernación u obispado: o  hacían de chofer de la mujer o amante de algún capo. Generalmente destinaban al soldado a un lugar cercano a su domicilio. Por ejemplo, en Venado Tuerto cumplían el servicio en el Tiro Federal o en el Obispado, como chofer del obispo (Mario Picci, íntimo amigo del General Viola). Por lo general eran chicos de familias ganaderas, industriales o autoridades estatales.

PRUEBAS AL CANTO

Si leemos las experiencias que relatan algunos soldados que fueron criminalmente enviados a cambatir a las Islas Malvinas, nos daremos cuenta de las barbaridades que se cometieron, mucho más penosas de las que yo puedo relatar en estas páginas, porque a mí no me pasó nada ni hice nada, simplemente fui un holgazán, donde sólo aprendí a vagar y a fumar, vicio que no tenía pero que adquirí como consecuencia del ocio al que estábamos sometidos en los cuatro últimos meses. Simplemente perdí un año que resultó totalmente improductivo, pero con una ganancia de amigos que no tiene precio. Pero vuelvo a los ex soldados de Malvinas ¿Hay relatos más elocuentes de quienes hicieron un verdadero servicio militar en las islas australes, para que todavía haya quienes sigan sosteniendo que es necesario el servicio militar para disciplinar a los jóvenes, estaqueándolos porque al oficial de turno no le gustaba la cara del colimba, o porque era de piel morena, o tenía un título universitario, o simplemente porque era de religión judía? Esos mismos que imponían esos castigos, eran los que se escondían, desaparecían cuando se oía el traqueteo de metralletas o el rugir de los Sea Harrier ingleses. Seguramente se refugiaban en alguna cueva hasta que todo se calmara y luego volvían a la superficie en medio del silencio aterrador que los circundaba, para continuar con sus fechorías contra los soldados que permanecían en sus puestos de combate y eran carne de cañón del enemigo.

Vale la pena leer a Rodolfo Fogwill en “Los Pichicegos”, donde describe en su personal estilo, la vida de un grupo de soldados en condiciones infrahumanas.

Finalmente, queridos ex colimbas, si ustedes todavía creen que debe implantarse nuevamente el servicio militar obligatorio, piensen en sus nietos y sus bisnietos bajo las órdenes de estos individuos llenos de complejos y adiestrados para el maltrato y el sometimiento de sus subordinados. Yo, particularmente, quiero estar lejos, muy lejos de este tipo de gente que tiene un concepto tan pobre y mezquino de la vida, por eso celebro que se haya abolido el servicio militar obligatorio. Yo pienso así y no creo que haya argumento alguno que pueda cambiar mi parecer. Hasta hoy, los argumentos expuestos son muy débiles.

Un abrazo a todos los ex colimbas argentinos.

ENCUENTROS EX SOLDADOS DE “LA LEMOS”

Cada vez son más espaciados nuestros encuentros y por lógica, en grupos “más reducidos”. Los años, por ley natural, nos están devorando la vida. Pero quienes todavía andamos, guardamos un recuerdo muy especial para los que nos dejaron, y en cada encuentro nos pasamos información sobre la vida de aquellos con los que mantenemos contacto. 

La verdad es que los rituales son siempre los mismos. Allí contamos nuestras “aventuras” colimberas y seguramente siempre decimos lo mismo, aunque con distintos matices. Muchas veces exageramos, y hasta somos capaces de decir que nos burlamos del Oficial Instructor Tte. Primero Jorge Arturo De Vicién o del Jefe de Compañía Mantenimiento Capitán Sergio Juan Sánchez. Digo esto porque eran oficiales con los que no se podía joder porque te bajaban la caña sin pestañar. 

Para nuestros encuentros convocamos a “todos” los que hicimos la colimba en “la Lemos”, no importa en qué año o en qué compañía. El motivo es recordar el año y pico que la mayoría pasamos en la escuela. 

Los encuentros comenzaron a hacerse más formalmente en 2002, siempre por iniciativa del recordado Constante Bozicovich (Arequito) y Oscar Alcides Velázquez, (Ricardone) ambas localidades pequeñas de la Provincia de Santa Fe. 

La idea de reunirnos en Venado Tuerto, se debe a que se encuentra equidistante de la residencia de los colimbas, desde la Ciudad de Córdoba hasta Buenos Aires y desde San Lorenzo y Rosario hasta Laboulaye.


En principio, y ante la insistencia de Bozicovich, logramos reunirnos en Venado Tuerto allá por el año 1970, cuando vino a Venado Tuerto con Ricardo Cardinali y Miguel Ángel Luciani. Los cuatro nos fuimos a almorzar al Club Centenario, entonces ubicado en la Avda. Casey (hoy Supermercados Mami). A los tres les tomé una fotografía. Después de almorzar nos fuimos a visitar a Jorge Casey, que vivía sobre calle Lavalle, a la vuelta del club. Tengo como fecha de referencia el año 1970, porque yo todavía era soltero (me casé en enero de 1971) y recuerdo -para mi sorpresa- la visita de Luciani muy temprano a la casa de mis padres, ese domingo a la mañana.

No recuerdo cuántos encuentros hicimos después del primer fracaso, pero las posteriores comenzaron a ser numerosos. En una ocasión nos fuimos desde Venado Tuerto hasta Firmat, y lo visitamos a Cardinali, quien nos mostró su fábrica de sinfines. 

En el año 2004 hicimos una nueva convocatoria. Esta vez  por los medios de comunicación, pero lo hicimos solamente para los ex soldados de la Clase 1942 de la Compañía
Venado Tuerto (Santa Fe)  24/09/2016
Mantenimiento y logramos un número de alrededor de 80 que vinieron de distintas partes. Pero esta convocatoria (como puede verse en el epígrafe de esta nota) fue hecha a través del diario “La Capital” de Rosario,  “El Informe” y “LT29 Radio Venado Tuerto”, medios que merecen nuestro reconocimiento. Esto sirvió para que se despertaran de su modorra otros ex soldados de la clase 42 de otras compañías de la “General Lemos” tales como Destinos, Comando y Logística, Sanidad, etc. Recuerdo que Roberto Giasson me telefoneó enojado porque la convocatoria se circunscribía solamente a la Cia. Mantenimiento, algo en la que nosotros no reparamos, dado que nos había costando bastante trabajo conseguir comunicarnos, a pesar de tener la ventaja de contar con el listado completo de los soldados de nuestra compañía. Desde ese momento, decidimos hacer una convocatoria más amplia incluyendo a todos los ex soldados de la “Escuela General Lemos” y así logramos integrarnos hasta hoy.


El 19 de septiembre de 2007 nos reunimos para ultimar detalles de nuestro viaje a “la Lemos” programado para el 12 de octubre, fecha que nos asignaron después de nuestro pedido formal efectuado por nota al director de la Escuela. Fue así que concurrimos un número importante de ex soldados de distintos lugares: Rosario, Venado Tuerto, Laboulaye, Buenos Aires, San Lorenzo, Arequito, Ricardone, Melincué, Godekën, Firmat, Alcira (Córdoba). Las autoridades de la Escuela nos recibieron de lo mejor y dejamos un recordatorio a través de una placa que se colocaría en el mástil de la plaza central, recordando nuestra visita. Estuvimos ex soldados de las clases 1942, 1943, 1946 y 1964. A pesar de la intensa lluvia que duró todo el día, pasamos unos momentos muy emocionantes al encontrarnos con ex suboficiales y saborear el tradicional locro que prepararon los aspirantes cocineros. 




Venado Tuerto, 30 de agosto de 2007.-


Al señor Director de la
Escuela de Suboficiales del Ejército
“Sargento Cabral”
Tnt. Cnl. D. ANTONIO DOMINGO PÉREZ
CAMPO DE MAYO

De mi mayor consideración:

                                                                                    Por la presente tengo el agrado de dirigirme a usted en nombre de un grupo de ex soldados clase 1942 que prestamos servicio militar en la ex “Escuela General Lemos”, con la finalidad de ratificar el pedido de visita a las instalaciones de la hoy “Escuela de Suboficiales Sargento Cabral”, conforme entrevista telefónica mantenida con la señora Mónica  por parte del ex soldado Constante José Bozicovich.

                                                                                   En principio anticipamos que la visita quisiéramos hacerla entre los días 11 o 12 de octubre próximo, la que confirmaremos definitivamente después que nos reunamos el día 15 de septiembre en Venado Tuerto, oportunidad en que fijaremos la fecha exacta y se la comunicaremos de inmediato.

                                                                                  A efectos de la organización y con la finalidad de que sea una sola persona la que haga las tratativas, sugiero comunicarse telefónicamente con el señor Constante José Bozicovich de la localidad de Arequito, Santa Fe, que es el coordinador de este encuentro. Su teléfono (03464) 471423.

                                                                                  Quedando a sus gratas órdenes, agradezco la gentileza que han tenido con nosotros a la vez que hago oportuna la ocasión para saludarlo muy atentamente.


                                              
                                                                                                          JOSÉ B. WALLACE
                                                                                                              D.N.I 6.134.031
                                                                                                             Ex Soldado 1942                         





 Carta enviada a las autoridades de la ex Escuela Gral. Lemos  

El último encuentro lo realizamos el 24 de septiembre de 2016 en Venado Tuerto, cuyas fotografías hemos subido al sitio de facebook: Fuimos Furrieles, donde publicamos también esta nota. 

Para el 05 de noviembre pensamos ir a Ricardone, ante la permanente insistencia de Oscar Velázquez. Veremos cuántos somos para la partida, pero seguramente volveremos a encontrarnos para divertirnos con las locuras del negro Roberto Zárate que se mandó una sarta de bromas que nos hicieron reír y no olvidar que la existencia se termina a la vuelta de la esquina, de manera que es momento de disfrutar la belleza de la vida, recordando que ya tenemos 74 pirulos encima y que sin embargo no nos damos por vencidos. Hasta el próximo encuentro.

EL SÁBADO 5 DE NOVIEMBRE 

Como estaba programado, el 5 de noviembre estuvimos en Ricardone (Santa Fe). Allí nos esperaba Oscar Velázquez. 

De San Lorenzo llegaron Roberto Zárate, Jorge Borelli, Avelino Scozzini y Miguel Angel Luciani. Desde Del Viso lo hizo Héctor Griffiths acompañado por uno de sus yernos, y desde Venado Tuerto estuvimos Roberto Giasson, Fermín Lacunza, Juan González, Juan Ochoa, Eugenio Bigliazzi, Ramón Rodríguez “El Turco” y quien escribe este comentario. También estuvo José María Ferreyra de Melincué, infaltable en estos eventos. Lamentablemente tuvimos un inconveniente en el camino. Salimos de Venado Tuerto alrededor de las 10 de la mañana y lo pasamos a buscar a José M. Ferreyra por Melincué. De ahí seguimos viaje hasta Miguel Torres y unos kilómetros antes de llegar a la localidad de Bombal, se descompuso
Ricardone (Santa Fe) 05/11/2016
nuestro amigo Juan González. En Bombal lo llevamos a la Sala de Auxilios donde fue atendido de la descompensación que sufrió a causa de su diabetes. Por recomendación médica debió permanecer en reposo, aconsejando no continuar viaje dado su estado emocional. Una vez estabilizado  nos pusimos en contacto con sus familiares para que lo vinieran  a buscar. En camino nuevamente, llegamos a Ricardone alrededor de las 13 horas donde nos estaban esperando. 


Pasamos una hermosa jornada y -como siempre- recordamos nuestro paso por la colimba, agregando algún condimento a nuestras anécdotas, que seguramente hemos repetido una y mil veces, pero  que para nosotros sirve para rememorar tiempos idos. En esta ocasión notamos que abundaron los comentarios sobre los médicos, las obras sociales, las jubilaciones y los remedios que cada uno debe suministrarse, además de los comentarios sobre el estado de salud de aquellos que no estaban presentes y el recuerdo de quienes dejaron de existir. 

Como siempre, Roberto Zárate con su buen humor y ocurrencias, fue el que animó el almuerzo y aprovechó para invitarnos a la quinta de su hija para el próximo verano. También Avelino Escozzini nos hizo una invitación similar. Ambas propuestas las tendremos en cuenta, dado que los que vivimos en la zona de Venado Tuerto nos resulta más cómodo y más económico trasladarnos en colectivo a Rosario, contrariamente a lo que nos sucede con Ricardone, ya que no tenemos medios de transporte de colectivo y nos vemos supeditados a alquilar remisses, cuya tarifa es muy elevada.

Cuando regresamos a Venado Tuerto tuvimos la noticia de que Juancito González, el pastelero, ya estaba en su casa y se encontraba bien al cuidado de su familia.

Otra sorpresa agradable fue enterarnos de que Héctor Griffiths es un activo actor de teatro en Del Viso. Esperamos poder ir a verlo en la temporada del año próximo. Nos preguntamos si alguna vez habló sobre esta afición actoral con Ricardo Cardinali, amigo fallecido de Firmat, que también era un activo participante del teatro amateur de su ciudad. Tal vez algunos recuerden que los primeros quince días en la Escuela Lemos, Ricardo Cardinali con el inefable Jorge Corona nos entretenían con sus chistes y ocurrencias bajo la sombra de la arboleda. 

Por otra parte, Miguel Angel Luciani trajo el original de una carta que le había escrito Constante Bozikovich en junio de 1969, acompañada de un recorte del diario “La Capital” de Rosario, por el que se convocaba al primer encuentro de ex soldados de la Escuela General Lemos en Venado Tuerto. Hasta hoy no teníamos la certeza de la fecha del primer encuentro,
Carta enviada por Bozikovich a Luciani y
aviso publicado en "La Capital"
pero con esta carta y el aviso publicado en el diario logramos establecerla, además de otros hechos que lo corroboran.  Particularmente, recuerdo que cuando Miguel Angel Luciani  llegó a Venado Tuerto, se presentó en mi casa paterna de Alem 545, lo que indica que ese encuentro había sido antes de mi casamiento, que fue en enero de 1971. Además, el aviso del diario no cita números telefónicos para comunicarnos, lo que sencillamente indica que en esos años tener un teléfono era todo un lujo.


Hay una fotografía que les tomé a los tres visitantes frente al entonces Club Centenario, donde almorzamos. Hoy funciona en ese edificio un supermercado y está ubicado sobre Avenida Eduardo Casey al 540. 

Después de almorzar nos fuimos a visitarlo a Jorge Casey que vivía sobre calle Moreno al 530, a la vuelta del Club Centenario, donde tomamos un café y compartimos un momento con el gordo, que ya era padre de familia; su hijo mayor Tomás había nacido en 1968.


Amigos, hasta cualquier momento. Un abrazo a todos.  


ÁLBUM DE RECUERDOS

Furrieles de la Ca. Mantenimiento
Jorge Casey, Jorge Cordero, Armando Diguardi, José Wallace y Juan Carlos Vitali

Adolfo Boggini, José Wallace, Juan Carlos Vitali, Florencio Ramos y Joseff

Fotografía tomada x José Wallace a José Bozikovich, Carlos Cardinali y Miguel Angel Luciani frente al Club Centenario de Venado Tuerto en julio de 1969. Fue el primer encuentro que tuvimos

Grupo Sanidad
José Chidersky, Abel Goldsman, Américo Barotto y Miguel Angel Luciani

Soldados Rancheros

José Wallace, Ceballos y Casey sostienen a Vitali y apunta Jorge Cordero

Ceballos, Cordero, NN, Casey con el arma y sostienen la copa Juan Carlos Vitali y Sergio Zoruba

Acostados Cordero y Casey, con el arma Zoruba, llegan Vitali y Ceballos

Marcelino Díaz, Alfredo Joseff y Juan Carlos Vitali

Héctor Griffits, Rubén Spessot, Cabo Sastre Jorge Villarreal y José Wallace

En el dormitorio: Joseff Alfredo (acostado) Vitali Juan Carlos, Díaz Marcelino, Gariz Victor y el restante no recuerdo su nombre. Estaba en la misma sección de Gariz.

Alfredo Joseff, José Wallace, Juan Carlos Vitali y Marcelino Díaz

Primera reunión  antes de viajar a la Lemos

Antes de viajar

EN OCTUBRE DEL AÑO 2007 VISITAMOS LA ESCUELA GENERAL LEMOS
Frente al edificio de Mayoría


Los que viajamos de Venado Tuerto y la zona

Cravero (Laboulaye) Bozicovich (Arequito) y el oficial que nos recibió
Con Dante Puzzeto frente a la Ca. Mantnimiento

Descubrimos la placa que se colocó al pie del mástil de la Escuela General Lemos (2007)

Durante el almuerzo
José Wallace, Nelson Quaranta, Juan Ochoa e Hipólito Peralta

REUNIONES ANUALES DE EX CLOMBA DE LA LEMOS. COMPARTIR EN. https://youtu.be/LHu9vTwTXok

ENCUIENTRO EN VENADO TUERTO  - SEPTIEMBRE DE 2016
Juan Dipascuale, Eduardo Arroyabe, Oscar Velázquez, Juan Ochoa, José Wallace,
NN, Fermín Lacunza, Víctor Díaz, Ramón Rodríguez, Roberto Zárate,
Juan González, Jesus M. Ferreyra, Jorge Borelli, Eugenio Bigliazzi,
Roberto Giazzon

Roberto Giazzón, Víctor Díaz, Roberto Zárate, N. Sosa, José Wallace
Oscar Velázquez y Juan González

Carlos di Pascuale, Víctor Díaz y Roberto Zárate

Víctor Díaz, Carlos Di Pascuale, Roberto Zárate, José Wallace, Juan Ochoa y Oscar Velázquez
Nos encontramos en Firmat el 11 de noviembre de 2017 - Wallace, Giazzon, Scozzina, González, Ochoa, Arroyabe, Bigliazzi, Rodríguez, Samboni, Velázquez, Martínes y Ferreyra

Hugo Moreno, Eugenio Bigliazzi, Jesús María Ferreyra (Melincué) Roberto Zárate (San Lorenzo)
Jorge Borelli (San Lorenzo) De pié Juan González









RECORDAMOS A LOS AMIGOS FALLECIDOS
Modesto Casadei
Martín Corapi



Constante Bozicovich




Ricardo Cardinali










Jorge Raúl Casey 

Luis Ernesto Mortelli
Cia. Destinos



Carlos Leali

Luján Verón 








Jorge Raúl Cordero 







Hugo Adelqui Pieroni
+ 18/09/16
Cia. Destinos
Adolfo Boggini falleció el 26 de mayo de 2015
Rogelio Ponsone

Albino Armando Diguardi  12/2/2014



Alfredo Guido Algarbe clase 1946 - + 04/08/17